Canteras.1

Por Luciano E. Armas Morales

El paseo de Las Canteras, no sólo es un grato recorrido por esta playa urbana en la que en los atardeceres el sol se oculta tras la silueta del Teide, sino que además es un lugar de encuentro de amigos y conocidos.

“¡Hombre, cuanto tiempo!”. Se levantó de la silla en la terraza y nos dimos un abrazo. “Siéntate, toma algo y cuéntame. Que hace unos cuantos años que no nos vemos…”.

Juan Carlos había sido compañero de profesión, y aunque trabajamos en entidades financieras diferentes, sus hijos eran de la edad de los míos y además habían coincidido en el mismo colegio. En ocasiones compartimos algunos eventos y asaderos en el campo junto a otros matrimonios y los hijos. El tocaba el timple en los tenderetes, siempre tenía un chiste preparado y era del Real Madrid. Fue un profesional responsable y cumplidor, y realizó una buena gestión en su empresa.

“¿Y Cristina que tal?”, le pregunté. - “Ah, pues muy bien. Ella se jubiló hace dos años, un año después que yo. Dice que después de treinta y cinco años de casados, ahora es cuando estamos disfrutando de verdad. Porque tú sabes que el trabajo nos exigía mucho: la tremenda presión teníamos día a día para lograr objetivos, y que ahora, según los compañeros que continúan trabajando, parece que es peor. Y mi mujer también tenía su estrés: las guardias en el Hospital, los niños, la casa, los colegios…

“Si claro, ya tus hijos son mayores… ¿Ya eres abuelo?”.

“Si. Mi hijo Rafael me hizo abuelo. Un encanto de chiquillo de tres años. ¡Nos tiene locos! A veces voy a buscarlo a la guardería… cuando no estamos de viaje, claro, porque mi mujer y yo hacemos como cuatro o cinco viajes al año… ¿Y tú que haces? Me parece que alguna vez te he visto en un noticiero por TV…”

“Bueno, yo después de prejubilarme, “no me amañaba a estar quieto”. Mi mujer también se jubiló, y yo me metí en el terreno de la política...”

“Ya, ya,… un terreno pantanoso que huele a corrupción. ¿Cómo te metiste en esa mierda? ¿Qué necesidad tenías?”

“Verás, Juan Carlos. Necesidad ninguna, es obvio. Pero llega un momento en que has cubierto una serie de etapas, tus hijos han terminado sus estudios y han comenzado a trabajar, tienes una situación económica razonablemente estable porque no eres ambicioso, y sientes el impulso de tratar de contribuir a que tu gente viva mejor, porque si nuestros padres se sacrificaron mucho para dejarnos un mundo mejor, nosotros tenemos la obligación de contribuir a dejarle a nuestros hijos un bienestar y una sociedad más justa y solidaria…”

“Y más corrupta, ¿No? Con lo que estamos viendo…”

“La corrupción nace de la avaricia, el egoísmo y la ambición desmedida. Siempre ha habido corrupción y siempre la habrá, de la misma forma, que siempre habrán enfermedades. Pero así como tenemos un sistema sanitario bastante eficiente para prevenir, mitigar y curar las enfermedades, desde una simple gripe recetando medicamentos, a casos más graves con intervenciones quirúrgicas si fuese necesario, nuestra sociedad en cambio no está preparada para combatir la corrupción en su justa medida…

“¿Y por qué?

“En parte porque el sistema policial y judicial, no cuenta con los medios adecuados. Y en parte, porque existe una especie de corrupción endémica. Ocurre por ejemplo, que los jueces que han de juzgar a unos políticos por corrupción, son nombrados por esos mismos políticos que van a ser juzgados, y mucha gente lo acepta y se resigna. Ya me dirás…”

“Así nos va…”

“Pero déjame que te diga una cosa: los políticos corruptos son una minoría. No se puede generalizar. Hay muchísimos ciudadanos dedicados a la política que lo hacen por auténtica vocación de servicio; que trabajan con ilusión día a día tratando de mejorar el pueblo, la ciudad o el lugar donde viven; que se dejan la piel en ese empeño, pero que pasan desapercibidos y no salen en los telediarios. Los que salen en los telediarios son los chorizos, que de todas formas son minoría…”

“¿Y tú crees que el ser humano es solidario por naturaleza?”

“Yo creo que sí. Hay una parte del ser humano, mas evolucionada, digamos, que se asocia a sentimientos de solidaridad, sociabilidad, generosidad y a la imaginación y los sueños entendidos como anhelo o deseos colectivos. Y la otra parte, que se asocia a sentimientos más primitivos de posesión, egoísmo, temor y seguridad. La base de la civilización es la razón y la moral. El fanatismo irracional y la falta de ética, son dos factores que están el origen de las páginas más negras de la historia de la humanidad”.

“Bueno, vamos a ver… ¿El progreso no será más bien por la iniciativa y la capacidad de crear de los emprendedores?”

“Piensa una cosa: cuando el hombre primitivo vivía en la sabana, era el animal más indefenso que había: No tenía poderosos colmillos y garras como los depredadores; no corría como los rumiantes, para poder huir de los mismos; no era fuerte y robusto como un elefante; no tenía una coraza protectora como los cocodrilos… ¿Y cómo un animal tan enclenque como el hombre, pudo sobrevivir y dominar a todas las especies? Por dos razones: El desarrollo de su inteligencia, y la sociabilidad y solidaridad del ser humano. Un hombre sólo en aquellas circunstancias, aunque tuviese una lanza, no podía enfrentarse con éxito a un tigre, o cazar un antílope. Pero un grupo de hombres armados con lanzas si podían hacerle frente al felino, o usar su inteligencia y su astucia para coordinados tenderle una trampa y capturar al herbívoro, y repartir la presa entre los miembros de su horda o su tribu… “

“¿Tú crees entonces, que el hombre es generoso y solidario por naturaleza?”

“Yo creo que sí. La felicidad que proporciona la satisfacción de los instintos, es una felicidad efímera. Una fuente de felicidad más consistente, es la derivada de tratar de contribuir a la felicidad de los demás. Ya lo han dicho hace mucho tiempo pensadores como Erich Fromm: “No es rico quien tiene mucho, sino quien da mucho”.

“Pero para dar hay que tener, ¿No?. Cierto que hemos pasado una crisis y hay gente que vive con dificultades, pero en términos generales, la gente vive satisfecha con los medios que posee. Así lo dicen las encuestas.”

“No creas. La crisis no ha terminado. Más bien, apenas ha empezado, y la que anuncia ahora dicen que sería peor que la de 2.008. Además, está surgiendo un populismo que se nutre de ciudadanos temerosos y consumidores compulsivos. En general la gente busca lo emocionalmente satisfactorio y renuncia al espíritu crítico. Una situación parecida a la de los años treinta, de la que surgieron los profetas que nos llevaron a la hecatombe con setenta millones de muertos.”

La suave brisa del mar y la fresca cerveza hacían agradable aquella charla con un viejo amigo en una terraza del Paseo de Las Canteras, mientras transeúntes de procedencia multiétnica y multicultural iban o venían por aquel lugar, y los bañistas se iban retirando de la playa con la caída de la tarde.

“¿Y tus hijos que tal? ¿Qué estudiaron? ¿Cómo les va?”, dije yo tratando de ir a un terreno más concreto y familiar.

“Verás, Ismael tú sabes que siempre fue un niño muy estudioso. Hizo ingeniería industrial, y nada más terminar la carrera, al hacer las prácticas lo contrataron en la misma empresa. Se casó y tienen un niño de tres años… ¡Un encanto de chiquillo, nos tiene locos a la abuela y a mí!

“No es para menos. Los nietos son un regalo del cielo que nos hace rejuvenecer. ¿Y a Carolina? ¿Cómo le va?

“Bueno, mi hija siempre fue un poco más inquieta, rebelde y con mucha imaginación. Vamos, que nunca fue la típica empollona… Hizo bellas artes, estuvo en un grupo de teatro en Madrid, se fue dos años a París. Es muy independiente, vive su vida y no tiene pareja, vive…”

“¿Sigue en Francia?”

“No. Volvió y se estableció aquí. Después de muchas vueltas y ocupaciones, se estableció por su cuenta y montó una tienda. Le va muy bien. Económicamente mucho mejor que a mi hijo, que vive de su sueldo.”

“¿Una tienda? ¿Y que vende?”

Juan Carlos me miró y sonrió. Con ese tipo de sonrisa enigmática que quiere decir algo así como: te va a sorprender y no te lo vas a creer.

“Vende humo”, me soltó a bocajarro.

“¡Vete a …..!”, empecé a decirle.

“Sabía que no te lo ibas a creer, pero es cierto. Vende humo. Humo en forma de hongo, con penachos, con recorrido helicoidal… Humo de color naranja, o verde, o azul, o rojo… incluso hasta formando un arco iris de colores…

“Bueno, menos cachondeo…”.

“Créeme, que es verdad”, me dijo Juan Carlos, ahora en un tono serio.

“¿Pero cómo me vas a decir a mí que alguien monta un negocio rentable, vendiendo algo tan volátil, efímero e insustancial como el humo?”

“Eso mismo le pregunté yo a mi hija. ¿Y sabes lo que me contestó? “Papá, vender humo puede ser un buen negocio, por la sencilla razón de que hay clientes que lo compran”.

Miré incrédulo a mi amigo. Con su expresión parecía que me estaba diciendo: “Créeme, que es verdad”. Mis neuronas aumentaron vertiginosamente su velocidad de transmisión para procesar esta información. ¡Cómo era posible, que algunos ciudadanos pagaran para comprar humo y enriquecer a quien lo vendía! Miré la arena amarilla de la playa, los bañistas que se iban retirando, las tranquilas aguas de la bahía, la barra, y allá en el horizonte, la silueta del Teide y el sol que estaba ocultándose.

Y en mi mente seguía retumbando aquella frase de Carolina, la hija de mi amigo. “Si alguien monta un negocio para vivir bien vendiendo humo, es porque hay clientes dispuestos a comprarlo”.
“¡Camarero, por favor. Otras dos caña!”

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