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Por Armando Hernández Quintero

Es conocido que para los que vivimos en un lugar nos cuesta percibir los cambios que se van dando en nuestro hábitat, bien sea urbano o rural, así como en el modo de vida y en las costumbres. De tal manera, que tengamos la impresión de que nuestro entorno sigue igual y permanece inmutable a través del tiempo, o en el mejor de los casos de que los cambios operados han sido tan pocos y tan pequeños que nos producen la impresión de que todo sigue igual. Sin embargo, lo que ha sucedido es que hemos asimilado las innovaciones y las hemos incorporado a nuestra forma de vida. y a la manera como percibimos nuestro entorno, con lo que hemos conseguido que ellas hayan pasado a ser parte de nuestra existencia y por eso mismo las veamos con naturalidad.

Un punto de vista que contrasta con lo dicho se observa en las personas que han permanecido muchos años alejados del pueblo o los que llegan a él por primera vez. Los que han permanecido fuera mucho tiempo, al regresar tienen en su mente una geografía, un paisaje y una gramática de la conducta de las personas que contrastan inmediatamente con lo que sus sentidos están percibiendo. De ahí que a ellos les sea muy fácil señalar los cambios y ver cosas que los habitantes del lugar, por el hecho de vivirlos y contemplarlas todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia, no los perciben, y por eso no le den la importancia que tienen, ni las vean como algo diferente.

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Por David Cabrera de León*

El reconocimiento a las especificidades de Canarias se incorporó en los tratados de la UE en 1999 a través de la regulación de las llamadas regiones ultra-periféricas (RUP).

Es esta la razón de que Canarias, desde la integración de España en la Unión Europea, haya venido teniendo un tratamiento diferenciado en el ámbito comunitario y haya sido objeto de diversos instrumentos dirigidos a fomentar nuestro desarrollo socioeconómico.

La razón de nuestra especificidad es evidente, se apoya en las especiales y sucesivas dificultades a las que nos enfrentamos los que vivimos en Canarias: la insularidad, la lejanía atlántica, la escasa superficie, el relieve de cada isla, los diversos climas, la necesidad de abastecernos constantemente de materias primas y de los bienes de consumo más esenciales, y también, y no menos importante, el reducidísimo número de productos autóctonos con que podemos comercializar.

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Por: Jonay Acosta Armas*

En la sesión parlamentaria del pasado miércoles, se estableció un intensísimo debate que tuvo como protagonista una manifestación cultural que pertenece a mi historia familiar: el silbo (a secas, como se le conoce en El Hierro y, por supuesto, también en La Gomera). Aún recuerdo cuando mis padres, en los años noventa, se sorprendían del valor que les habían otorgado los gomeros a lo que era una insignificante herramienta de trabajo para ellos, sus padres y abuelos: «¡Pero, si eso en El Hierro ha existido de toda la vida!», sentenciaba mi madre, mientras escuchaba una noticia sobre el silbo gomero en el telediario. En su generación, la masiva emigración herreña a Venezuela hizo que muchas de las cadenas de transmisión del silbo, ligadas a la ganadería de suelta, la agricultura de subsistencia y la pesca de caña, se rompieran. Solo quedaron unas cuantas, cuyos últimos eslabones son los, aproximadamente, setenta silbadores herreños que quedan vivos. Por suerte, puedo decir que uno de ellos es mi tía, doña Trinidad Padrón Peraza, de 78 años y natural de El Mocanal, que aprendió a silbar con su abuelo. 

Desgraciadamente, en El Hierro el silbo ha tenido una fortuna distinta a La Gomera. Ello se debe, sobre todo, a que en nuestra fortaleza volcánica no hubo un puerto en condiciones hasta bien entrado el siglo pasado. Esto, junto a su lejanía de Tenerife, significó, entre otras calamidades, no poder recibir un turismo regular que se maravillara ante una tradición tan extremadamente cotidiana, local y mecánica para los herreños como era el silbo. Tampoco El Hierro recibió las visitas asiduas de intelectuales urbanitas tinerfeños que escribieran sus curiosidades sobre el silbo en artículos periodísticos, ni pudo acoger habitualmente a viajeros extranjeros que lo incluyeran en sus libros. Tal es así, que el primer estudio que se realiza sobre el silbo herreño se lleva a cabo a finales del s. XIX en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria: un contexto totalmente ajeno al uso del silbo

Hasta hace bien poco, para los herreños el silbo era tan instrumento de trabajo como el palo o hasta, la talega, la podona o el burro. Los herreños no tenían grupos de turistas a los que mostrar las maravillas de su silbo para ganarse honradamente unas monedas, no celebraban concursos de silbo para hacerse un nombre dentro de esa cuasi profesión, ni se les llamaba desde Tenerife para hacer exhibiciones de silbo: no contaban con lo que don Ramón Trujillo denominó «virtuosos del silbo». Por esto, a ciertos maestros silbadores gomeros, como don Francisco Correa, el silbo herreño les resulta pobre. En términos similares (aunque con más educación) se manifestaba el «virtuoso de silbo» don Domingo Plasencia Hernández, en una entrevista concedida al diario La Prensa el 24 de abril de 1935, justo antes de una exhibición en la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife: «En El Hierro creo que silban algunas palabras. Pero de “relance” las dicen claras». La historia, en cierta manera, se repite casi un siglo después. 

Joyeria Bazar Elvira pie

El folclorismo ha ido desplazando la función instrumental del silbo, que nació en un contexto determinado y para un uso concreto, hacia un empleo meramente ornamental que ha alterado tanto la función (mensajes largos a distancias cortas) como la forma (cuatro vocales frente a dos) del silbo gomero tradicional. El silbo herreño, sin embargo, gracias a su aislamiento, se ha conservado fiel a su uso tradicional: mensajes cortos a distancias largas. Por 

este motivo, además de por los obvios, desarrollados en mi artículo anterior, el silbo herreño no puede llamarse silbo gomero: no ha sido ni es una cuasi profesión, ni un espectáculo folclórico, ni mucho menos una marca registrada en la Oficina de Patentes y Marcas. 

El silbo de El Hierro ha pasado casi totalmente desapercibido para los canarios, y por eso no ha formado parte de la imagen necesariamente exógena del herreño. En este sentido, el profesor Morera tiene algo de razón cuando afirma que solo existe el silbo gomero. Me refiero a que el español silbado en La Gomera ha trascendido mucho más allá de su uso tradicional y de su expresión local, convirtiéndose en símbolo de lo gomero. Testigo de ello es el exónimo silbo gomero, con el que solo los no gomeros reconocen esta manifestación cultural. No obstante, tanto para los gomeros como para los herreños, es solo silbo (a secas). 

Tampoco le faltaba razón a la portavoz del Partido Popular de Valverde doña María del Carmen Morales cuando, en 2017, sostuvo en un Pleno que El Hierro nunca había tenido una tradición silbadora con peso suficiente: este fue el principal argumento de la intervención del señor Curbelo en el debate del miércoles pasado. En efecto, en El Hierro, el silbo posee un marcado componente social y local: silbar significa ser rabonegro. Esto es, básicamente, ser campesino y haberse criado en un pueblo diferente al de la Villa. Es normal que, para esta señora, el silbo herreño no exista, como tampoco existiría para mí el silbo gomero, de no tener acceso a los medios de comunicación de masas. Pues, pese a haber visitado La Gomera asiduamente durante veinte años, jamás he oído silbar a nadie. Obviamente, ello se debe a que, al igual que doña María, no he estado inmerso en los contextos de uso del silbo

«Eso es como hablar», decía el pastor nonagenario don Berto Castañeda en una de las numerosísimas entrevistas publicadas en el canal Silbo Herreño de YouTube. Y no hay frase popular que describa tan acertadamente el funcionamiento de los denominados lenguajes sustitutivos. Así pues, el silbo herreño no puede haber copiado la fonética del silbo gomero, tal y como sostuvo el señor Curbelo en su intervención. Simplemente, porque los aspectos fónicos del silbo gomero, como los del silbo herreño, están tomados de la lengua española que se habla en esas islas. Si los silbadores herreños han copiado la fonética a los gomeros, como dice el señor Curbelo, fue porque estos antes se la copiaron a García Márquez, a García Lorca, a Darío, a Valle-Inclán, a Bécquer, a Góngora, a Cervantes, a Manrique, a Mena, a Juan Manuel, a los trovadores... y así hasta llegar a las Glosas Emilianenses y Silenses. La fonética del silbo gomero es un patrimonio universal, sin que tenga que manifestarse la UNESCO al respecto, porque se basa en la fonética de los casi 500 millones de hispanohablantes. 

Tras haber visualizado el debate parlamentario, tengo claro que los lenguajes silbados de Canarias no pueden seguir siendo un negocio, ni mucho menos objeto de mezquindades políticas. Sería necesario crear una Cátedra Cultural de Silbo menos parcial que la actual Cátedra Cultural de Silbo Gomero para que los profesionales encargados de ella no dependieran económicamente del Cabildo de La Gomera y así poder estudiar con todo el rigor y la independencia necesarios los lenguajes silbados de Canarias. Considero que, en este sentido, el primer paso es referirse al fenómeno como lo que es, evitando cualquier afán de apropiación: «español silbado en Canarias». Además de en La Gomera, actualmente se sabe que también se ha silbado ininterrumpidamente en El Hierro desde hace, al menos, 150 años. Habría que estudiar detenidamente la historia del silbo en las Islas, incluyendo también, al menos, Tenerife y Gran Canaria para sacar unas conclusiones globales y poder hablar sin prejuicios sobre el silbo canario.

Jonay Acosta Armas*

Sobrino, nieto y bisnieto de silbadores herreños.

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Por David Cabrera*

La gente quiere que nos dejemos ya de palabrería política, quiere que se hagan cosas, que trabajemos en que se vea como nuestro entorno cambia y se mejora, por ejemplo, cualquier canario que tenga un problema de salud encuentre una respuesta rápida y cercana; que a nuestros hijos no solo se les enseñe sino que también aprendan; que abaratemos el transporte; que dignifiquemos lo pequeño frente a lo grande, y, en definitiva, que reconozcamos estar unidos, muy unidos, porque estamos muy, muy lejos, y no sólo geográficamente del resto de los intereses nacionales.

El Nacionalismo Canario debe en primer lugar asumir que está formado por Insularismos, y, en mi opinión, así es como debe ser, cada isla debe preservar su identidad en el proyecto común y de consenso, que debe ser Canarias.

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Por: Luciano Eutimio Armas Morales

“Llevo quince años viajando, y este es el lugar más fantástico que he visto nunca. Porque si el Everest es el máster de los escaladores, y Cabo de Hornos el máster de los navegantes, este lugar es el máster de los viajeros. Es casi como llegar a La Luna”. Con estas palabras se expresaba Alejandro, el coordinador de la expedición, mientras el barco permanecía en un margen de la bahía, rodeado de una cordillera en semicírculo, con infinidad de glaciares desembocando en el mar.

Paradise Bay, o Bahía Paraíso, dispone de uno de los dos puertos naturales para desembarcar en el continente antártico, próxima de la cual están las estaciones de la Antártida Base Brown de Argentina y Base Presidente Gabriel González de Chile. Estar en este espacio cerrado, rodeados de acantilados de hielo, en el silencio profundo de un día apacible y soleado, y viendo de vez en cuando el chapoteo en el agua de algún pingüino o el surtidor y la cola de una ballena, es un espectáculo excepcional.

Joyeria Bazar Elvira pie

Le preguntamos al capitán Héctor Travechia, si había observado cambios en la dimensión de los glaciares y la capa de hielo en la Antártida, y nos dijo: “… no tengo datos científicos de mediciones del hielo en esta región, ni de la repercusión que la actividad humana tiene en estos cambios, pero en los años que llevo navegando por la Antártida, que son muchos, se observa a simple vista un retroceso muy significativo de los glaciares y de la masa de hielo.”

En estos días, por otra parte, es noticia en los medios de comunicación las altas temperaturas alcanzadas en la Antártida, que baten récords históricos superando en algún caso los veinte grados, cuando las temperaturas medias son de 49º bajo cero en invierno, y de 0,º en verano (Enero y febrero). “Los glaciares tienen ahora un notorio y acelerado retroceso”, declara también Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno.

Cierto es que, a pesar de las evidencias, hay negacionistas del cambio climático. Como hubo negacionistas de los daños del tabaco sobre la salud en su momento y como los hubo del daño de los clorofluorcarbonos sobre la capa de ozono, hasta que las evidencias científicas se hicieron abrumadoras. Ocurre también con el calentamiento global. Los poderosos intereses de multinacionales financian estudios negacionistas, recurriendo a argumentos como el informe de la NASA sobre aumento del hielo en la parte central de la Antártida, cuando en realidad, esto es una consecuencia transitoria de ese calentamiento global.

Porque si bien es cierto que siempre se han dado en la Tierra periodos glaciares, alternando con períodos interglaciares más cálidos de forma natural, no podemos negar la evidencia de que mil doscientos millones de automóviles circulando, veinte mil aviones volando permanentemente, millones de fábricas e industrias funcionando a diario, y todos consumiendo combustibles fósiles y emitiendo CO2 a la atmósfera, que ha pasado en cien años de 275 ppm. A 415 ppm. circunstancia que no se daba en la Tierra desde hace millones de años, algún efecto debe tener sobre el clima.

En cualquier caso, lo más grave de este proceso no es quizá el incremento del nivel del mar, con ser grave en sí mismo, porque si se derritiese todo el hielo de la Antártida el nivel del mar subiría sesenta metros. Lo más grave, entiendo, es la profunda alteración del medio ambiente, extinción masiva de especies animales y vegetales, contaminación por plásticos y otros residuos, incendios forestales y destrucción masiva de hábitats, intoxicación por metales en la cadena trófica, etc. etc. etc.

Estamos, según criterio de muchos científicos, en el comienzo de la era antropogénica: Sexta extinción masiva de especies y alteración del medio ambiente. Pero a diferencia de otras que se produjeron por fenómenos naturales, como una época de volcanismo intenso, la fractura del continente Pangea, o el impacto de un meteorito, en este caso asistimos a una extinción mucho más rápida y provocada por un ser vivo: la especie humana. A pesar de lo cual, los gobiernos no se deciden a tomar las medidas necesarias para paliar esta emergencia.

El planeta Tierra, a fin de cuentas, es una habitación esférica cerrada sin puertas ni ventanas en la que vivimos, sin otra alternativa posible a la que mudarse, y de la que desde hace cuarenta y siete años en que salió Eugene Cernan no ha vuelto a salir nadie, y cualquier actuación que se realice en un rincón de la habitación, repercute en el resto de esta.

Hace poco, en un pequeño debate, comparaba yo esta situación con la del hundimiento del Titanic. Cuentan que, cuando alertaron a los pasajeros de primera clase, de que había riesgo de hundimiento del barco y convenía prepararse para abandonarlo, algunos dijeron: “Esto es una falsa alarma. Que la orquesta siga tocando, que queremos seguir bailando”. Al final, la orquesta siguió tocando, ellos siguieron bailando, el barco se hundió, y se ahogaron casi todos. Y los negacionistas los primeros, claro.

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