En el camino de la historia: La Bajada de 1957, la primera de nuestra juventud

En el camino de la historia: La Bajada de 1957, la primera de nuestra juventud

Por Juan Jesús Ayala. 

Fue la Bajada de 1957 la primera de nuestra juventud, por lo que deseábamos que  el mes de mayo apareciera pronto en el almanaque y no solo por los acontecimientos que imaginábamos se iban a producir, sino por el empeño de llegar a La Dehesa la víspera haciendo el recorrido de ida y vuelta, pasando la noche en la Cueva del Caracol. 

Fue una caminata que deseamos hacer con nuestros recordados amigos, Fernando Ribera, Pepe Reboso, Manolo Trujillo, Luis Espinosa, Ceferino Sánchez, mi primo Ramón Ayala y algún otro que se me hace difícil recordar. 

Salimos de Valverde al amanecer  rumbo al Mocanal  para una vez  que subimos  la cuesta de Betenama adentrarnos en la mole de Los Lomos dejando atrás el lugar donde se encontraba el Garoé, abarcando con la mirada la comarca de Azofa y la inmensa planicie de Nisdafe donde las amapolas se entremezclaban entre los trigales y las vainas de las habas daban al ambiente una serena gratitud.

Bordeamos la cresta de Malpaso teniendo a nuestros pies las imponentes laderas de El Julan que seguían soñando historias de pastores  y  de navíos.

Y una vez pasando  por las “rayas” del “Cepón” “Binto” “Tegeguate”, “Las Cuatro Esquinas”, llegamos a La Dehesa al atardecer y saludando algunos peregrinos del Valle del Golfo y Sabinosa que iban a hacer noche en las dependencias aledañas a la Ermita nos dirigimos   hacia la Cueva del Caracol para pasar la nuestra. 

La noche  en ella  fue de un frío intenso que  nos hizo incapaz de dormir ni siquiera unos minutos. Y gracias a los destartalados pesebres de las cabras y ovejas donde pudimos resguardarnos algo, pero ni por esas. Menos mal que las jaranas y las risas como era de esperar tomaron presencia y hasta el miedo de coger la neurotoxina  tetánica no nos abandonó dado los excrementos  que se esparcían por el lugar. 

Joyeria Bazar Elvira pie

Recuerdo que en los silencios que se producían y mirando la luz tenue de los mechones de tabaiba seca  en los rescoldos de la cueva, uno imaginaba retazos de la historia de la isla, y en aquel momento se inventaba arrinconando tal vez alguna que otra cuestión que nos decían los historiadores y que no acabamos de comprender. Uno que cuestionaba los moldes de lo establecido y roto el silencio hasta se discutió por qué fue la Cueva el primer recinto de la patrona herreña. Quizás fueron impulsos de la juventud de entonces que hacía se disparara la imaginación soñando otras leyendas que pudieran adecuarse a los diferentes tiempos históricos. 

Pero lo cierto  es que  la noche de la cueva del Caracol de aquella primera Bajada tuvo un aspecto significativo en el acontecer de la vida de un muchacho de diez y seis años. Y cuando  ya ha trascurrido demasiado tiempo,  el recordarlos funciona como un viejo impulso que aún vive en el inconciente y que se desarrolla como frustración de un deseo hoy inalcanzable.

Fue una Bajada que hemos situado en los mejores recuerdos donde el “mantel” de la Cruz de los Reyes se hizo único abarcando toda la explanada para una vez que refrescamos la garganta por el polvo del camino con las botas de vino y la exquisitez de las quesadillas herreñas se reiniciara el camino hacia la Villa donde había que llegar a las siete de la tarde. 

Y así fue, llegando la comitiva a la montaña de Ajare nos despegamos de ella para contemplar desde la distancia el inigualable espectáculo engrandecido cuando  peregrinos y bailarines con sus chácaras, tambores y pitos inundaron de sentimiento el recinto de la iglesia de la Concepción donde se nos puso un nudo en la garganta y el retumbo de vivencias ancestrales se estiró hasta el infinito.