¡Adiós a la ONU! Demolición controlada

Ilustración: Luciano Eutimio Armas Morales.

Por Luciano Eutimio Armas Morales.

Ante la verdadera avalancha de noticias trágicas y alarmantes de cada día, me llamó la atención un titular de prensa: Trump advirtió con imponer aranceles del 200% al vino de Francia, tras la negativa de Macron a formar parte del “Consejo de Paz”.  Y aunque tenía algunas referencias del Consejo de Paz, traté de profundizar en los fines y la estructura del mismo. 

No es nada nuevo, que Trump utilice la guerra arancelaria, no como un instrumento para equilibrar la balanza comercial, sino como medio de presión a otros países para chantajearlos con los fines más diversos, por ejemplo:

1. Israel: Sugirió que recortaría la ayuda económica y militar a Israel e impondría aranceles, si no ponían fin a la “caza de brujas” contra “Bibí”, (Así le llaman a Netanyahu). El hecho es que el presidente de Israel se enfrenta a varios juicios, acusado de fraude, soborno, conflicto de intereses, abuso de confianza y corrupción, y Trump presiona a la justicia de ese país para que indulte a Netanyahu.

2. Brasil: Exigió al presidente Lula da Silva que detuviera el proceso contra Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado, y para presionar, le subió los aranceles sobre el café y el zumo de naranja al país, e impuso sanciones personales a los jueces que juzgaban a Bolsonaro.

3. México: Trump ha presionado a este país con aranceles, exigiendo reformas en ciertas leyes que afectan a empresas estadounidenses.

4. Europa: Como respuesta a la multa de 2.950 millones de euros que impuso la Unión Europea a Google por abuso de posición dominante, Trump ha reaccionado con imponer aranceles al sector del automóvil europeo y con sanciones y restricciones funcionarios de la UE.

5. Corte Penal Internacional: Tras la orden emitida por la CPI contra Netanyahu por presuntos crímenes de guerra en Gaza, Trump firmó una orden ejecutiva imponiendo sanciones financieras y restricciones de visado a jueces y fiscales de la CPI.

    Hay más ejemplos de casos en los que Trump utiliza la economía y los aranceles de EE.UU. como una especie de “garrote”, para obligar a países soberanos a cambiar o ignorar sus propias leyes y constituciones para favorecer sus intereses. Y en esta espiral delirante, la última ocurrencia de Trump, de momento, es crear, con el pretexto de comenzar a actuar en la reconstrucción de Gaza, una organización internacional a la que llama Consejo de Paz. 

    Este Consejo de Paz estaría presidido obviamente por el mismo Trump con carácter vitalicio, aunque el término técnico utilizado es «presidente Inaugural», le otorga un control que, en la práctica, se asemeja a una presidencia personalista y de larga duración, pues Trump seguirá como presidente indefinido de la Junta, cargo que podría extenderse más allá de la duración de su segundo mandato como presidente, y solo será reemplazado por “renuncia voluntaria o como resultado de incapacidad”, según lo determine un voto unánime de la Junta Ejecutiva. Un futuro presidente de Estados Unidos puede nombrar o designar al representante estadounidense ante la junta, pero Trump seguiría de presidente, y tendría: 

    • Poder Absoluto: Trump es el único miembro mencionado por su nombre en los estatutos y tiene el poder unilateral de invitar o expulsar a cualquier país miembro.
    • Derecho a Veto: Todas las decisiones del consejo requieren la aprobación personal del presidente (Trump), lo que le otorga un veto total sobre cualquier iniciativa, incluso si el resto de los miembros vota en contra.
    • Duración: Los países miembros rotan cada tres años, pero esta limitación no se aplica al presidente, quien controla los tiempos de reunión y la agenda.
    • En el comité ejecutivo de esta organización estarían el secretario de estado Marco Rubio, el ex primer ministro británico Tony Blair y Jared Kushner, yerno de Donald Trump.

    Analistas internacionales y medios, como The Guardian, han descrito la estructura no como un organismo diplomático tradicional, sino como una «corte imperial» donde los estados actúan como vasallos bajo el mando directo de Trump.

    Los países invitados a participar en este Consejo de Paz, deben contribuir con 1.000 millones de dólares cada uno, para conseguir un asiento permanente por un plazo de tres años, y ese dinero lo administra él, claro, y entre los invitados figuran como miembros fundadores, junto a EE.UU. Marruecos y Emiratos Árabes, y han aceptado ser socios de este organismo hasta ahora, Argentina, (Javier Milei); Hungría, (Viktor Orbán); Paraguay, (Santiago Peña). Y han sido invitados, aunque no han confirmado su aceptación: Canadá, Egipto, Turquía, Vietnam, India, Grecia, Italia, (Georgia Meloni), Australia, y Francia, entre otros.

    Y aquí surge el problema, Francia ha dicho que no, y Donald Trump ha sacado el garrote, y se ha lanzado contra Francia anunciando aranceles del 200 % al vino y al champagne francés, si no acepta forma parte de esta organización.

      ¿Y Qué pretende realmente Donald Trump con la creación de ese Consejo de Paz a su medida, y sometido a su arbitrario criterio? Nada más y nada menos, que tratar de desmantelar la ONU.

    Estados Unidos ha salido del Consejo de Derechos Humanos de a ONU, está en proceso de salida de la Organización Mundial de la Salud, ordenó la salida de la UNESCO, de la Convención del Marco de la ONU para el Cambio Climático, así como cancelar diversos programas de ayuda exterior, como Programa Mundial de Alimentos, distribución de vacunas y programas contra enfermedades como VIH o malaria, programas de ayuda humanitaria o misiones de paz. 

    Pero estas decisiones llevan aparejadas también la suspensión o congelación  de la aportación financiera de EE.UU. a la ONU, con lo cual estas organizaciones podrían estar al borde de una quiebra técnica en meses. Lo que podríamos llamar, una demolición controlada de instituciones internaciones.

    El objetivo Trump en realidad, es vaciar de contenido a la ONU, y al mismo tiempo, fundar una nueva ONU bajo su autoridad imperial absoluta, cobrándole una entrada de 1.000 millones de euros a cada país por estar tres años, decidiendo él personalmente quien entra y quien no, o expulsándoles llegado el caso, pero si a alguno lo invita y rechaza la invitación, utilizar el garrote de los aranceles contra ese país díscolo.

    Si hace un tiempo alguien hubiese pronosticado que surgiría un presidente de EE.UU. que trataría de ejercer de emperador del mundo, despreciando leyes y tratados internacionales y actuando con total impunidad, diríamos que formaba parte de una distopía fantasiosa. Pero lo tenemos aquí. 

    Normalmente, estos tiranos y déspotas, acaban colgados de un palo, como Mussolini, fusilados como Ceausescu, suicidados como Hitler, o con la cabeza cortada en una guillotina como Luis XVI de Francia. Pero nada de esto es previsible que ocurra con Trump. 

    Y como, por otra parte, esta deriva puede acabar con consecuencias trágicas para la humanidad si sigue gobernando los años que le restan, la esperanza es que en las elecciones a mitad de mandato de noviembre, los demócratas obtengan mayoría en el Congreso e inicien un proceso de destitución, como hicieron con Nixon.

    Para ello podrían utilizar los distintos procedimientos judiciales que tiene iniciados, aunque se suspendieron al acceder a la presidencia, tales como casos de falsificación de registros, fraude fiscal, etc.  Y quizá otros nuevos, como deterioro cognitivo o trastorno de personalidad paranoide.

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