Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
La rutina marcaba el espacio y los tiempos. Los días de fiesta engrandecían los caminos allanándolos y cubriéndolos de la generosidad de los años, los de la niñez, de la juventud y los del recuerdo cuando mayores nos recreábamos en sus episodios entre los amigos de siempre que los entendían y compartían.
Echedo distante, que se nos acercaba desde Valverde, en vísperas de San Lorenzo y de la Candelaria como la mejor e inesperada aventura que en su plaza podíamos encontrar.
Caía el atardecer cuando por la vieja carretera de tierra llegábamos al camino que se iniciaba una vez rebasamos la Cruz del Calvario y cuesta abajo, a lo lejos resplandecían en las noches mágicas los petromax y las primeras bombillas de 50 bujías que se entremezclaban con las guirnaldas de colores que la brisa mecía como una barca distante camino de Guarisancho hasta llegar al Charco Manso.
Noches de música, de guitarras, de clarinete y de acordeón donde la maestría de los tocadores y los discos de rancheras mexicanas daban al ambiente la magia esperada y la ilusión latente.
Camino de vuelta, a las 3 y las 4 de la madrugada, después de una noche festiva con las compañías que se habían sumado a la subida, ahora con linternas nos gratificaron en las últimas risas envueltas en la nostalgia para que el tiempo se acortara en el camino para iniciar una nueva ruta.
Después aparecieron las bicicletas de la marca stark que una vez que acondicionamos una de sus ruedas con dinamo para esquivar los monturrios centrales de la carretera daban luz a los surcos que dejaban los vehículos de motor, que nos conducían al Mocanal unas veces y otras dejándolas cerca del barranco que nos acercaba a Tenesedra.
Caminos transitados en las tardes de los días de fiesta o en el inicio de anochecer para desvelar sueños que habíamos fabulado; ilusiones que se fueron tejiendo en unos encuentros novedosos que el tiempo engrandeció y acumuló en la alforja del esplendor de una juventud que buscaba dar salida a los entusiasmos de entonces.
En Tenesedra, en su casino, con bandurrias y guitarras las isas y folias de don José el Lindo marcaron un tiempo que se apretujó para abrir un espacio para al recuerdo. Y preparado para no dejar atrás y tenerlos como ruta de la sorpresa y de la amistad novedosa.
A veces por ese mismo camino, bien con las bicicletas stark o en grupo en el coche del recordado pariente Pedro Ávila, avanzábamos hasta el casino del Mocanal donde nos esperaba Marcos Brito, amigo y compañero de los años de bachillerato que nos contaba viejas leyendas que luego abundamos en nuestros encuentros políticos.
Las nuevas amistades construidas en pueblos que apenas nos separan cinco kilómetros, acortaron la distancia poniendo entre medio la inmediatez de lo inesperado; siempre nos acompañó lo inesperado logrando un abrazo de compañerismo tanto en los trayectos de ida como en los de vuelta.
Echedo, Tenesedra, El Mocanal, Valverde, en los caminos de la isla marcaron nuevas rutas en el empeño que se alongaba hacia un nuevo mundo donde su grandeza se definía por el encuentro, la construcción de amistades de una juventud que si a veces miraba más allá, más lo engrandecía. En aquellos momentos la trampa y el cartón era un cuento ajeno a nuestras vivencias.







