En el camino de la historia: El odiómetro

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

El presidente Sánchez está por la labor de tener encarrilada la opinión pública y  sacar conclusiones del pulso que se haga tras la creación del odiómetro con el que se mediría lo referente a una cuestión tan transcendental como el odio y la polarización instalada en la política para que pueda servir de actuaciones sucesivas.

Las que bien pudieran chocar frontalmente con la libertad de expresión. Pero eso es otro cantar.

Cuestión difícil de abordar desde la seriedad científica, además, cuyo trasfondo es muy complicado calibrar, donde lo subjetivo no se aparta del análisis verificable, como es el sentimiento del odio. Para analizar el sentimiento del odio, pretende hacerlo con cierto rigor; no tengo otra alternativa que volver sobre un libro entrañable que publicó mi querido y recordado catedrático de Psiquiatría, Carlos Castilla del Pino, “Teoría de los sentimientos”.

En este texto se encuentra registrado con sabiduría exquisita el comportamiento humano referente a este sentimiento tan  volátil y enrevesado que muchas de las veces no da la cara con nitidez, camuflándose bajo el disfraz de la  hipocresía de un Tartufo cualquiera. Que, al saberse controlado y en momentos de despiste, el malévolo, el que tiene mala uva, puede ser el más apreciable compañero de viaje en tareas de gobierno cuyo sentimiento se pretende  estudiar.

Ateniéndonos a las investigaciones del profesor, considera el odio como una reacción virtual con una persona y con la imagen de esa persona a la que se desea destruir por uno mismo, por otros o por circunstancias tales que deriven en la destrucción que se persigue.

Lo que sí permanece claro es que la destrucción que se pretende, aun de forma parcial, no se consigue; se fantasea con una posible realidad, y a veces ni eso, porque se trata de apartar la fantasía del sentimiento que se persigue, llegando incluso a que esta se le registre igual, llegándose entonces al disparate conceptual  totalmente desviado del odiómetro.


Fue un método, el odiómetro, implantado en su época por el kirchnerismo en Argentina y más recientemente por Nicolás Maduro en Venezuela; a los que se les volvió en contra porque no hay nada más desfavorable  para el poder que alguien se sienta espiado o controlado con vistas a sacar conclusiones donde la toma de decisiones se vuelve en contra. O sea que las cañas se  conviertan en lanzas.

Odiamos con la pretensión de que nuestra identidad esté a salvo del sujeto,  pero ¿qué puede pasar para el poder político? Que el objeto o la persona que nos molesta está en nuestro mundo y, al vituperarlo por sus malas artes, se hace complicado articular un discurso, que muchas veces se traduce en “no lo conozco”, “pasaba por allí, y apenas hablé con esa persona”.

Entonces, en esas circunstancias, el odio se atasca en el odiómetro, se acumula más y más y, en un momento  dado, puede llegarse a la destrucción del ejecutor de una acción política donde el mando es imprescindible. Flaqueando este, volviéndose en contra de la dinámica establecida. Pudiendo acontecer, como  refiere el profesor Castilla del Pino, que “el sujeto que odia termina por odiarse así mismo por la impotencia ante el objeto que odia, por considerar que este no vale nada y, sin embargo, en la práctica, constituirse en el objeto más importante de su propia  vida”.

En este caso, el odio se aproxima al delirio porque el objeto odiado “se convierte en objeto persecutorio el que odia, quien a partir de ese momento tiene motivos, ahora infundados, para justificar su sentimiento”.

Todo lo que se haga para reconducir comportamientos políticos, sobre todo, debe descansar en la gestión responsable, ser explícitos y correctos en las sanciones sin  marcar diferencia entre los  que gobiernan y “los gobernados”.

Cuando los caminos son divergentes enfatizando en discursos muy elocuentes pero falsarios que en nada tienen que ver con los que eufóricamente se han pronunciado en épocas donde el compromiso aun no ha dado la cara, y cuando esta se deja ver, aparece irreconocible, justamente, en ese momento el desequilibrio se instaura haciendo difícil que el odiómetro funcione con debida claridad debido a los chirridos altisonantes que se oyen como música de fondo   en un escenario que se ha vuelto impertinente y mas exacerbado  que el que se  estaba “midiendo”.

DÉJANOS TU COMENTARIO

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *