Crónicas pretéritas: Discurso sobre la emigración.

Donacio Cejas Padrón. GMº.

Por Donacio Cejas Padrón.

He venido aquí, invitado por esa Asociación de Mujeres Herreñas, tan luchadoras ellas y merecedoras de elogio, a hablar un poco sobre el fenómeno humano de la emigración, en este caso referida a nuestra isla de El Hierro. Yo creo que hay mentes mucho más formadas para hablar del tema, pero ya que han tenido a bien invitarme trataré de salir del parto siguiendo mi estilo marcado por esas Crónicas Pretéritas de La Voz de El Hierro, en cuya revista durante quince años he tratado de ir recordando a personas, hechos y momentos que han marcado la historia de nuestra pequeña isla, por lo tanto mis palabras no aportaran nada nuevo, sencillamente trataré de expresar aquí mis vivencias, mis experiencias como emigrante herreño, siempre respetuosas, mi disertación es producto de tales sensaciones y así comenzaré esta charla.

En pasadas semanas también fui invitado a La Casa Herreña de Las Palmas a una conferencia, allí no me pidieron guion ni tema específico, si acaso ellos pensaron en esas Crónicas a que ya he hecho referencia, pero yo elegí a La Emigración en nuestra isla en pasadas épocas, aportando algunos datos sobre la misma, y me referí principalmente a la emigración de los herreños en general a diversos destinos, entre ellos a la ciudad de Las Palmas como destino de muchos de nuestros paisanos, que jóvenes y de mediana edad se asentaron allí, creando empresas y desarrollando diversas actividades laborales, muchas de ellas relacionada con la distribución de los productos del campo herreño, vino, queso, duraznos, quesadillas, higos pasados etc.

Me pareció observar que los asistentes se sintieron complacidos del tema elegido, pues la emigración forma parte de nuestra historia reciente y pasada, y muchísimos de nosotros hemos sido emigrantes, aquí mismo lo somos, pues aunque gustosamente nos hemos asentado en esta isla tinerfeña de nuestros amores, no deja de ser cierto que no vivimos en la que nos vio nacer y que sigue siendo nuestra patria chica, por la cual nuestros corazones laten desde cualquier lugar que el destino nos haya aventado.

Visto lo expuesto, voy a desarrollar esta charla también sobre el mismo asunto, la emigración y su significado y consecuencias para los herreños, en particular dedicada a dos destinos de los emigrantes, Tenerife y Venezuela. Antes reflejaré brevemente el triste escenario en el que vivíamos allá en El Hierro entre 1950 y finales del siglo, para no hacer demasiado extenso lo que aquí voy a referir.

Comenzaré recordándoles a los mayores, y tratando de enterar a los jóvenes, como era la vida allá por la década de los cincuenta del pasado siglo saliendo de dos cruentas guerras, los jóvenes que regresaban de una larga vida miliar impuesta por las circunstancias, y que en muchos se alargó durante seis o siete años, no encontraban nada que hacer en nuestra isla, años de sequía y penurias extremas, forzosamente les hacían mirar al horizonte infinito, incierto, y desconocido, pero horizonte al fin, y comenzó una emigración masiva a Tenerife, Las Palmas, La Argentina, Venezuela etc., dejando ya atrás la emigración a Cuba que merecerá otro tiempo para explicarla.

Mi infancia transcurrió en el barrio de El Hoyo, en Frontera, junto al Ayuntamiento, y mi ansiosa observación de niño me permitía contemplar a diario el desfile – digámoslo así – de jóvenes que llegaban al Consistorio a tramitar sus papeles para poder emigrar, en su mayoría apenas unos adolescentes, a algunos de ellos se les bajaba el pantalón, como se decía entonces, para vestidos de hombres emprendieran el vuelo, pero en el fondo seguían siendo niños, así, con esa primera visita al Ayuntamiento empezaba el largo calvario que significaba documentarse para poder emigrar, pues a pesar de las difíciles condiciones de vida de entonces, no me oculto para decir, que La Administración o los funcionarios, en todos los despachos oficiales, ponían todas las dificultades posibles, haciendo repetir viajes y viajes a las oficinas para poderse documentar, nunca he podido entender eso, que en vez de facilitar y agilizar los trámites, por el contrario se tratara de complicar y enredar en todo lo que se pudiera el proceso de documentación.

Me acuerdo que lo primero era solicitar de La Guardia Civil el Certificado de Buena Conducta, los de Frontera teníamos que trasladarnos a El Pinar donde estaba el Cuartel, y había que subir allí varias veces, mientras que los miembros del cuerpo se lo pasaban casi a diario en El Golfo, y a nadie se le ocurrió por ejemplo habilitar en El Ayuntamiento una oficina para que éstos miembros del Cuerpo atendieran allí a los solicitantes – esto es solo un ejemplo – y nada digamos después en Tenerife, todavía me parece estar soportando el frío mañanero en el Callejón del Combate para poder optar al Carnet de Identidad, pues había que hacer una inmensa cola desde primeras horas de la madrugada, y recuerdo también otra larga cola en la calle Méndez Núñez. A las puertas del Gobierno Civil, expuestos al sol y al frío para obtener el ansiado pasaporte, cuya oficina apenas funcionaba de nueve a doce de la mañana, con una indolencia cruel, sin importarle para nada la inmensa cantidad de personas que solamente querían que los dejaran marcharse. Y nada digamos de la revisión médica preceptiva para viajar a Venezuela, y que en el colmo del abuso hacían extensa a todos los miembros de la familia aunque no fuera a viajar sino uno, es decir, que tenían que venir desde El Hierro para ser examinados, cobrarles una buena cantidad y regresar a casa; hay cosas que todavía, al recordarlas, siguen produciendo gran dolor.

Pero la situación de precariedad y pobreza imponía todos los sacrificios necesarios para poder emigrar, y nada digamos de los que tomaron los veleros desde nuestras islas, un capítulo aparte del que ya tanto se ha escrito y hablado.

Debemos recordar que en los años sesenta del pasado siglo, ya en las islas capitalinas había elementos de cierto adelanto para el confort. Había semáforos, autopistas, hoteles, hospitales, aeropuertos modernos, etc., mientras que en El Hiero ni se conocía el asfalto, no teníamos luz ni agua, y teléfonos muy pocas líneas, un solo médico para toda la isla, no había ni una ambulancia, el pequeño muelle no permitió hasta el 7 de Septiembre de 1960 que los barcos pudieran atracar, dos veces a la semana, ese era el único contacto de nuestra isla con el exterior, el tiempo de viaje oscilaba entre doce y diecisiete horas de barco, bastantes enfermos murieron en el viaje. Ahora, cuando a veces se oye a algún político quejarse de que un diputado herreño con apenas centenares de votos tiene en su representación la misma fuerza que un diputado de las islas mayores y les parece una injusticia, y han pretendido cambiar la ley para que eso no siga sucediendo, debemos contestarle: GRACIAS A ESA LEY las islas menores, como se dice ahora, han podido elevar un poco su nivel de vida.

En la década de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, El Hierro sufrió una emigración masiva; casi quedaron allí solamente las personas mayores y los niños, y ello sucedió en varias oleadas, la primera a partir de 1950 cuando se abrió la emigración a Venezuela, dejando aparte el periodo de los veleros, que merece otro estudio muy profundo y del que ya se ha escrito bastante.

En esos años, me refiero los primeros de la década de los cincuenta, habían regresado de Las Guerras y del Frente, una legión de hombres jóvenes a los que la vida militar les había consumido una buena parte de su juventud, algunos hasta siete años, y se reencontraron con una isla más pobre aún que le que habían dejado, con años de sequías extremas, los campos apenas producían para la subsistencia de los ganados y el panorama era desolador, y no encontraron otro camino que la emigración, que hoy trataré de concretar a Tenerife y Venezuela.

AHORA HABLEMOS DE TENERIFE

A Tenerife venían los jóvenes a trabajar en bares principalmente, pues su poca preparación no les permitía otras aspiraciones, salvo algunas raras excepciones. Al mismo tiempo, algunos herreños lograron hacerse empresarios aquí, casi siempre relacionada su actividad con la venta y distribución de los productos herreños; me acuerdo ahora de los hermanos Quintero de Sabinosa, D. Lucas y D. Domingo, D. Maximiliano Cejas. Los Almacenes Araiza de D. Tomas Rodríguez y D. Pedro Reboso, D. Gonzalo Barrera, D. Cenobio Padrón, D. Augusto Gutierrez, D. Zoilo Reboso, y una cantidad importante de pequeñas tiendas que detallaban esos productos, y que con esa labor modesta y sacrificada lograron darle estudios a sus hijos, muchos de ellos hoy universitarios ocupando buenos puestos en diversos estamentos de la sociedad tinerfeña. Esos comerciantes herreños merecieron y merecen el reconocimiento de nuestra isla, pues gracias a ellos se dieron a conocer aquí las ventajas y calidad de nuestros productos, a la vez que rindieron buenos beneficios económicos para los productores herreños, se debe recordar por ejemplo que los duraznos de El Golfo fueron un cultivo de mucha importancia, que muchos de nuestros vecinos tenían en los duraznos su principal sustento económico, según algunos datos que he podido recoger, en aquellos años de la década del cincuenta y sesenta, salían de El Golfo cada año entre los meses de Abril hasta finales de Julio entre cinco y diez toneladas de duraznos cada semana, lo cual refleja la importancia del cultivo, esta fruta se exportaba tanto aquí a Tenerife como a Las Palmas.

También algunos herreños adquirieron casas de huéspedes, o pensiones como se decía entonces, y de esa manera entraron a formar parte de la sociedad santacrucera; eran además los receptores de los paisanos a los que orientaban cuando venían aquí a tramitar papeles o en visitas médicas. Pero además, esta isla de Tenerife acogió a muchísimos emigrantes herreños que de regreso d e Venezuela decidieron quedarse a vivir fuera de nuestro marco insular, dedicándose a la construcción de viviendas algunos de ellos, otros se hicieron taxistas, me parece saber que por ejemplo una línea de taxis fue creada casi por herreños, y que tuvieron emisora antes que la misma Policía, otros adquirieron o montaron negocios, y en fi n de cuentas ha sido esta isla el sitio elegido para vivir en la segunda y tercera edad como se dice ahora, sea pues por lo tanto este momento para, pretendiendo hacerme eco del sentir de los herreños en general, mostrarle nuestra gratitud a esta isla que nos ha acogido generosamente y nos ha brindado la oportunidad de una vida más placentera de la que nos esperaba allá en El Hierro.

No obstante ello, y por sobre todas las consideraciones, seguimos siendo herreños de corazón, nuestra especial manera de hablar nos identifica, vivimos aquí pero de una u otra manera nos sentimos pegados a nuestra tierra a la cual regresamos siempre que nuestras ocupaciones nos lo permiten, en especial en los veranos, y también y con mucho gusto le hemos inculcado a nuestros hijos nuestra honrosa condición de herreños y hemos logrado también que ellos, aunque nacidos fuera, se sientan como sus padres y abuelos herreños de corazón. Una vez me dijo mi hijo: «Papi, pasar un verano sin venir al Hierro es como no vivirlo» y yo me sentí muy complacido por esa expresión de mi hijo.

Y ahora hablemos de Venezuela, esa nación inmensa y generosa que nos acogió en difíciles épocas de nuestra historia. Debemos ahora hacer una semblanza del escenario de nuestra isla, que era el que propiciaba, exigía la emigración a donde fuera. Nuestra isla pobre y alejada como la que más no disponía de los elementos mínimos para darnos una vida digna, con servicios médicos a la mínima expresión, y será momento para agradecer a nuestro ilustre paisano D. Juan Ramón Padrón Pérez su dedicación tan esforzada durante muchos años en El Hierro. Sin medios de transporte, sin luz eléctrica ni agua, sin colegios adecuados, sin fuentes de trabajo estables obligaba a marcharse a un mundo desconocido, en este caso a Venezuela, cuya emigración comenzó cerca de 1950. Y poco a poco nuestros pueblos se fueron quedando solos, al principio la emigración era de hombres jóvenes y también padres de familia, éstos por pocos años pues la meta era hacer una casita en el pueblo y regresar con la familia que quedaba aquí, y como mucho comprar alguna finquita, y así fue como las grandes fincas de las gentes de Valverde fueron pasando a manos de los vecinos del Golfo, por ejemplo D. Julian Quintero compró la finca de El Pino en 200000 ptas.; a D. Onofre Sánchez, Hilario Acosta compró la finca de D. Julio Quintero, D. Elías Zamora compró la finca de D. Julio Ayala, D. Baudilio Padrón compró la finca de D. Aniceto, D. Leonardo compró la finca de Dª Juana Quintero. Y así poco a poco, en apenas unos años hubo un importante trasvase de propiedades de las principales fincas de El Golfo, y lo mismo sucedió en otros pueblos, aunque tengo pocos datos; por ejemplo, D. Juan Ávila compró a D. Enrique Quintero la finca El Tesoro y su casa en Valverde por 800000 ptas., D. Juan Castañeda compró importantes fincas en El Pinar, es decir, que cambió radicalmente el panorama de la propiedad de la tierra en El Hierro.

Ya en 1957, aprovechando que era año de Bajada, regresaron una buena cantidad de jóvenes que habían emigrado entre el 50 y el 53. A todos se les veía bien vestidos, alegres y con dinero para disfrutar de las vacaciones; hubo algunos como Victorino Castañeda, que trajo un precioso automóvil Pontiac para pasear en el Hierro, y que casi no cabía por las precarias carreteras de entonces. Eladio Acosta de Los Llanillos ya había regresado y adquirido un Land Rover matrícula 9,176, el segundo en la isla, pues el primero lo habían traído los hermanos de D. César Padrón unos meses antes, el TF 8686. También D. Juan Castañeda de El Pinar trajo un Oldsmobil y, en fin, empezó a llegar un flujo de dinero desde Venezuela que contribuyó a cambiar radicalmente las viviendas de nuestros pueblos, hasta entonces de colmo y teja, por casas de nueva planta y nuevos servicios. Por ejemplo, Sabinosa, San Andrés y El Pinar, en pocos años se transformaron y ampliaron significativamente.

Estas circunstancias anotadas estimulaban a los que no habían emigrado a tomar también el camino de la emigración a Venezuela, y llegó el momento en que había más herreños en Venezuela posiblemente que en El Hierro, al menos jóvenes. Pero este fenómeno también tuvo sus consecuencias de desarraigos, tristezas, separaciones y situaciones dolorosas, como siempre suele suceder en toda transformación de la sociedad. Hubo unas cuantas «camadas» de jóvenes que no tuvieron oportunidad de vivir, de disfrutar un poco de la desentendida juventud, pues al marcharse jovencitos aún, dejaron atrás sus padres, abuelos, tíos y recuerdos de los mejores años de la vida, y eso no se puede recuperar jamás, pues la vida es de adiciones incesantes. nada se repite, nada vuelve a ser igual, porque aun habiendo triunfado en América, como se decía entonces, al regresar años después ya no se encuentra el panorama que se añoraba, ya nada es igual, ni siquiera el mismo emigrante es la misma persona pues en su lucha por la integración en un país extraño ha tenido que modificar muchos de los conceptos de la vida que al principio le acompañaban, además encuentra también bastantes sillas vacías entre sus familiares, especialmente sus queridos abuelos, tíos, y a veces hasta su propios padres, Así ha sucedido a muchos de los emigrantes entre los que me cuento. Al regresar me faltaron seres queridos, mis abuelos, algunos tíos, vecinos, etc. Es sencillamente el paso del tiempo, que nunca se detiene.

Una vez más, y como tantas veces he expresado, y lo han expresado tantos y tantos canarios y herreños en particular, y aprovechando la presencia del Sr, Cónsul de Venezuela en Canarias que nos acompaña esta tarde lo cual nos honra noblemente, expreso en voz alta, con el corazón, con el alma, con el espíritu, con todo mi ser, mi infinita gratitud a Venezuela, pais al que llegué un 29 de Agosto de 1966 y que desde el mismo día que pise sus tierras calientes me enamoró, me enamoraron sus gentes alegres y generosas, sus paisajes, y las facilidades que como a miles y miles de emigrantes ofrecía para que iniciaran su nueva vida allí. Nunca yo había visto un pollo asado como el que me ofrecieron en El Tigre en casa de unos queridos amigos, Valentín y Mirita, cuando junto a mi joven esposa pasamos por allí camino de San Félix a donde el destino me aventó y donde pasé toda mi juventud, donde me inicié en la actividad comercial en la cual continúo y donde tuve y conservo grandes amigos e inolvidables vínculos de familiaridad y cariño. Fue para mí Venezuela, una segunda patria amplia y generosa, donde aprendí de sus gentes muchas cosas buenas, en la cual nació mi hija mayor, donde conocí a las personas que me enseñaron los conocimientos necesarios para dirigir una modesta empresa, donde junto a mi socio Andrés Lorenzo Hernández y otros canarios y herreños fundamos la Asociación Canaria de Ciudad Guayana, y en fin donde dejé una parte de mi corazón cuando decidimos regresar definitivamente a nuestra patria, la España inmortal.

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