En el camino de la historia: Una guerra donde no todos ganan

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

La guerra o el simulacro de la misma en Oriente Próximo está dejando trágicas enseñanzas que remueven  capítulos de la historia  que no  difieren   unos de otros, como si fuera un calco; pero lo que sí es evidente es que los maniobreros de la guerra, los que la inventan y programan, son los que están nominados en el   gran espectáculo del mundo como posibles ganadores en principio, o perdedores, no se sabe.

Los que pierden son los que se esconden  en búnker, si es que tienen opción de poder hacerlo; los que    provocan la inflación y sacuden el bolsillo de la gente si es que aún les queda algo que gastar. Sin embargo, en el disloque de la historia cobran protagonismo  aquellos que se definen vencedores, que, navegando en  las aguas  del absurdo, cada vez tienen menos pagadores que pueden hacer que sus saqueos a todos los niveles se queden como un cheque   imposible de cobrar.

Por lo que podemos estar a  las puertas de dar en las narices a los que se han  creído eternamente poderosos, ya que van teniendo claro, en un sincero repaso de su historia,  que si bien han ganado muchas batallas, en  pocas o ninguna guerra han triunfado por sí solos.

Estos habrán desaparecido en un contínuum trágico que, tras la ponzoña que han administrado en su cuerpo los señores de la guerra, aparecerán desasistidos, como haciéndose cuerpo del asombro y vaciados de contenido humano. Estos son perdedores.

Y se les  incorporará a que esperan tras las ruinas producidas por bombas y drones, agazapados a la espera de  la poca alimentación que les llega en camiones cargados de agua y comida, donde la pelea se recrudece por la supervivencia tras los bastidores que el fuego ha calcinado. Así como en los hospitales de cualquiera de las partes que, si sobreviven, tienen muy complicado porque los medicamentos se han liquidado, los médicos han  sido eliminados y solo queda una nueva soledad que, siendo  una constante, duele desde la distancia de los que, de momento, podemos ser testigos de lo que nos cuentan, de lo que oímos y de lo que vemos, que aunque pongamos en  duda  su protagonismo, duele.

Los mensajes de parte y parte continúan como disuasión, como fantasía o como realidad, todo  es  posible, pero que la guerra sin héroes  ha entrado en una fase confusa y peligrosa, donde  el agredido está  enseñando los dientes, lanzando misiles contra bases de EEUU e Inglaterra situadas en el Indico por lo que,  también los poderosos reciben impactos donde la muerte y las heridas  aparecen ; y además  teniendo la llave del estrecho  conductor de petroleros y de  gaseoductos están a la espera se desate  la fuerza de la locura  extendiendo la guerra más allá del primigenio  escenario.

Y, además, rivales del gran señor que inició la guerra, como  China y Rusia,   están en el simulacro de amagar y  no dar, pero que, según el marchamo que lleve la invasión, despierten las zarpas puntiagudas de leones dormidos.

Lo que ha contribuido, según observadores táctico-políticos, al suicidio geopolítico de EEUU, que pone en peligro  su   supremacía, que  motiva a sus grandes amigos de la guerra. China y  Rusia continúan, aparentemente, agazapados a la espera de que buena parte de su arsenal bélico  se extinga y  complique hasta su salida de una guerra que inició ante el cierre del canal de Ormuz y el del bloqueo  del mar Rojo, donde Arabia Saudí  intenta desviar su petróleo para que llegue a los destinos programados y  sea un aliviadero para la  economía de Occidente.

En estas confusas circunstancias aparece  el  ganador de siempre, que a pesar de sus ganancias de millones de dólares con escaramuzas de la Bolsa y precio del petróleo, se puede ver comprometido a participar  en la  ganancia de los otros dos grandes y la pérdida de sí mismo como líder del mundo.

Pero lo más espeluznante de este gran negocio de la guerra, donde unos por un lado ganan y  a veces pierden, en una  situación confusa y disparatada,   existen, como siempre, unos perdedores natos reconocidos por la historia, como es el ciudadano de a pie que desde el patio de butacas  contempla estupefacto  el  escenario de la guerra, que, sometido  a los caprichos y estrategias de los poderosos,  son considerados  como entes invisibles. No existen.

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