Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Un informe del Congreso de EEUU menciona Ceuta y Melilla como “territorios de Marruecos”, y un analista estadounidense, hasta propone una “nueva marcha verde” sobre Ceuta y Melilla.
Lo cierto es que, en el apartado dedicado a Marruecos, dándole preponderancia basado en la histórica alianza entre EEUU y Marruecos formalizada en 1786, el Comité norteamericano apoya los esfuerzos del Secretario de Estado, Marco Rubio, para fomentar la implicación diplomática entre Marruecos y España sobre el futuro estatus de Ceuta y Melilla.
La política de dejación y el misterio sobreañadido sobre el reconocimiento del Sahara Occidental, no por el gobierno español, no por parte del Parlamento español, sino por pura decisión del presidente Sánchez, vienen en estos momentos de apoyo de los EEUU para que Marruecos recupere estas dos ciudades autónomas y el enfrentamiento de Sánchez con Trump sitúe en un incierto futuro lo que puede acontecer en el Atlántico y el norte de África.
Donde las decisiones del mandatario norteamericano son imprevisibles y cambian de un día para otro, ajenas a los conciertos democráticos y “como soy el más poderoso, hago lo que los dioses del Olimpo me sugieren en las meditaciones, no en el monte Focida, sino cuando muevo los palos de golf en el Club Mar-a-Lago”.
Aparte del conflicto que puede estar en ciernes, es histórico el conflicto y las guerras que han propiciado Ceuta y Melilla, que han sido una reivindicación constante de Marruecos para que sean integradas en su territorio avalada por la historia. Partiendo de la base de que la cultura es la que define e identifica a los pueblos y la cultura ancestral que estaba y aún conserva estas dos ciudades es más magrebí que española.
Mucha sangre se derramó y no solo en las montañas del Rif, donde el jefe de la cábila, Abd-el-Krim, infligió una derrota vergonzante a las tropas españolas en 1909 que no tuvieron otra alternativa para doblegar a los rifeños que recurrir al gas mostaza traído de Alemania.
Desde la época de Carlos III hasta Fernando VII, tras el asedio a Ceuta durante más de 25 años, este rey llegó a firmar la cesión de estos dos territorios a Marruecos como premio al apoyo prestado a la corona en la guerra de la Independencia.
Y más tarde, Primo de Rivera quiso canjear Ceuta por Gibraltar; y posteriormente, andando el tiempo, Manuel Fraga en el Libro Blanco, cuando fundó Reforma Democrática, preconizó la cesión de Ceuta y Melilla a Marruecos. Y si retrocedemos más aún en la historia, no habrá que olvidar el cerco constante a Ceuta de Muley Ismail y del sultán Muley-Yasid durante más de treinta años.
Marruecos, una vez superadas, pero aún vivas, las exigencias del Sahara Occidental con un proceso de regionalización de carácter político-administrativo, considerando al Sahara como nuestra querida provincia del Sur. Ceuta se integrará en la Región de Tánger-Tetuán y Melilla en la Región del Rif Oriental.
Ante lo que se avecina, bien por la influencia del Congreso norteamericano o por los pactos secretos de Sánchez, las dos ciudades norteafricanas pasarán al dominio de Marruecos.
Entre tanto, por aquí, por Canarias, estaremos en la tesitura de saber qué sitio vamos a ocupar en las políticas que se establezcan entre España y Marruecos, políticas siempre oscuras donde Canarias, en las reuniones bilaterales Marruecos-España, en temas que se refieren a Canarias, la noticia más sonada es que nada suena, solo agachadillas y conversaciones cruzadas que se pierden en un horizonte confuso, y más cuando los líderes del partido nacionalista marroquí Istiqlal, fundado en 1943, no cesan de reivindicar el Gran Magreb, del que también Canarias formará parte.
Mientras otros hablan, proponen, insinúan, hasta amenazan, a Canarias le toca esperar desde un conformismo expectante y, como siempre, a verlas venir.







