Por Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).
En el despliegue floral que consagra la espléndida primavera herreña despuntan los carismáticos ajinajos, denominados tajinastes en el resto del archipiélago; en todo caso, idéntica expresión (fijémonos en las consonantes) de raíz amazigh ligada a la voz taynast, empleada por los tuaregs para denominar una planta del mismo género. Canarias, con 23 especies endémicas, destaca como santuario mundial de los tajinastes (género Echium), prosperando en todo tipo de ambientes, desde los áridos arenales costeros hasta las cumbres. Estupendo ejemplo de evolución a partir de una planta pionera que colonizó el archipiélago hace unos cuatro millones de años. Además, mientras en Europa y norte de África crecen como hierbas, en nuestras islas desarrollan portes extraordinarios. El Hierro acoge cuatro especies del grupo, asumiendo ajinajo pinchudo y ajinajo manso distintivo protagonismo en sus paisajes.
Las vehementes floraciones del ajinajo manso (Echium hierrense) revitalizan riscos y laderas en Tiñor, Sabinosa, Las Playas y Tibataje. Endemismo herreño, al despliegue de sus flores azuladas repletas de néctar acuden las abejas que, engolosinadas, elaboran balsámica miel de tonos claros. El lagarto participa del festín, encaramándose al arbusto para sorber el nutritivo jugo, contribuyendo de paso a la polinización. Ricas en alcaloides (echiupinina y mioscorpina), las hojas del ajinajo, frotadas sobre la piel, alivian dolores articulares; atemperando en infusión fiebres, catarros y cefaleas. Indicio del estrecho parentesco entre los distintos miembros del género, el ajinajo manso hibrida en la isla con ajinajo pinchudo y tajinaste blanco de Tenerife que, introducido como ornamental, se ha convertido en invasora.
En contraste con el manso, el ajinajo pinchudo (Echium aculetaum) exhibe flores blancas y presenta hojas estrechas recubiertas de pelos espinosos. Eso sí, comparte con su pariente el aprecio de los apicultores. Recio y austero, adaptado a los ambientes secos (La Dehesa, Taibique, Malpaso, etc.), el ajinajo pinchudo arraigó en jardinería por sus vistosas floraciones y resistencia a la sequía. Pero los habitantes de El Hierro y La Gomera apreciaban otras virtudes, aprovechando el tronco y las raíces para teñir de rojo: “la cáscara de ajinajo se hervía y ponía en remojo dos o tres días, después se metía la ropa de lana y se teñía” (Francisca Morales Morales). En El Hierro hubo mujeres que pintaron sus uñas con tinte de ajinajo, mientras los niños de El Pinar coloreaban de encarnado trompos y boliches frotándolos con raíces secas al sol. Como no, el origen de la tradición nace del norte de África. Entre los tuaregs, las raíces del taynast (Echium humile) aportan colorante escarlata al maquillaje de las mujeres.
Aportando fogonazos violetas al lienzo de colores que define el campo herreño, el embudillo (Echium plantagineum) irrumpe vivaz, alcanzando su tallo floral casi un metro de altura. Planta anual (que nace de semilla todos los años) distribuida en regiones templadas de Europa y norte de África, tiene condición de invasora en Estados Unidos y Australia. El ganado suele evitarla por sus altos niveles de pirrolizidina, alcaloide que puede ocasionar daños hepáticos en los herbívoros, en particular a caballos y burros, por sus aparatos digestivos más simples. Pero la naturaleza química del embudillo también propicia remedios terapéuticos. En particular, aplicaciones cosméticas (tonificación de la piel y tratamiento de acné, eccemas o cicatrices) utilizando tanto el aceite obtenido de las semillas como la infusión de hojas y tallo. Además, la agüita preparada con sus flores alivia catarros, fiebres y bronquitis. Mucho más escaso, puesto que sólo está citado en el camino de Jinama, el discreto ajinajo salvaje (Echium strictum) aprovecha los claros con entradas de luz en ambientes forestales. De un metro de altura e inflorescencia abierta, su escasez en El Hierro quizás obedezca a la presión ganadera sufrida en el pasado.







