Por Donacio Cejas Padrón.
Por decisión del Ayuntamiento de La Frontera, una sala del complejo cultural El Cine en Merese lleva ya el nombre de Hilario Fleitas, más conocido como “Julin”.
Recuerdo con gran nostalgia aquellos años sesenta de mi adolescencia y juventud, en particular el 1961, cuando en el mes de agosto vine de vacaciones desde Las Palmas, a donde había emigrado un año antes como consecuencia de mi infortunada situación personal. Contaba los días para venir a nuestra isla, saqué el pasaje unos meses antes, y creo que todos los días hacía una marca en el almanaque, hasta que por fin llegó el día soñado y tan esperado. Pasé el mes de agosto entre los míos, disfrutando de los bailes, las luchadas, las excursiones al mar, tanto a La Maceta como al Charco Azul, y con gran desconsuelo volví a mi trabajo y estudios de bachillerato nocturno en la querida ciudad de Las Palmas, empezando a contar las semanas y los meses para que llegara el verano del 1962.
Y también llegó, y volví a nuestro pueblo con la misma ilusión y alegría, ignorando entonces que aquel verano sería determinante en mi vida, en particular porque conocí a una niña quinceañera.
En la verbena de víspera de Candelaria, en un baile en la plaza, y quiso Dios que aquel encuentro inesperado sería el preludio de toda una vida en común que ya este año suma sesenta y cuatro años, rodeados de nuestros hijos y nietos.
Pero aquel verano del 62 tuvo un nuevo aliciente para la juventud de entonces, la inauguración del CINE DE MERESE, iniciativa de Hilario Fleitas, “Julin”, un emigrante retornado de Venezuela, que se arriesgó en algo que no conocía, pero que esperaba pudiera serle provechoso, como así fué, los domingos pasaba la pelicula semanal, a eso de las seis de la tarde, en la antigua casa de su padre, y desde entonces ya el cine llenaba un espacio todos los domingos y días de fiesta, con peliculas de la epoca, entonces aún con mucha influencia mexicana, pero además Julín fué tan oportuno y generoso, que después de la pelicula recogía las sillas y mobiliario, y con musica casi toda mexicana, celebraba baile en el salón, que duraba hasta la puesta de sol. Los chicos deseando que las piezas duraran lo más posible, y las chicas pendientes de la puesta del sol para salir corriendo para sus casas de acuerdo a las normas impuestas por los padres en aquellos tiempos.
Aquellos ratos de baile, los jóvenes de mi tiempo los recordamos como algo mágico y sublime; aquellas canciones del momento, melodiosas y con cadencias de amores juveniles, marcaron nuestra juventud, y muchas parejas formalizaron sus noviazgos y, al paso del tiempo, se convirtieron en familias, como mi propio caso.
Por eso, siempre le he tenido a don Julio un cariño muy especial, pues era generoso con los jóvenes que siempre le pedíamos una pieza más, y él nos complacía, y por eso le dedico con gran afecto esta humilde crónica, y manifiesto mi gratitud al Ayuntamiento por haberle tributado a don Hilario un reciente homenaje, y haberle puesto a una sala del complejo municipal su nombre, para que las generaciones venideras conozcan y tengan una referencia de cómo fueron los comienzos de El Cine en Frontera.
D. Julio también tuvo otra actividad comercial por varios años, la venta de muebles; al mismo tiempo adquirió la finca de D. Rafael Quintero en Merese, famosa por sus vinos tintos. Creo que D. Rafael fue el primer viticultor que produjo en Frontera esos vinos y tuvo grandes éxitos con ellos; especialmente se vendían en El Bar Jinama de Valverde.
Hoy D. Julio pasa sus mañanas en Tigaday sentado con familiares y amigos, y recordando sus tiempos de antaño. Que Dios le dé muchos años de vida, para que nos siga contando anécdotas de su vida.
Qué bonito es vivir en La Frontera.







