El gavilán, soberano del bosque herreño

Foto: Vicente Quilis Figueroa - Gavilán hembra (Accipiter nisus).

Por Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).

Si el halcón tagarote ejerce el dominio sobre la comunidad de aves en espacios abiertos, en los bosques de El Hierro cede el testigo al gavilán (Accipiter nisus), rapaz diseñada para maniobrar en la espesura sorteando troncos y ramas a más de cien kilómetros por hora. ¿Cómo logra esta proeza sin estrellarse? Pues gracias al peculiar diseño de alas y cola. Las primeras, cortas y redondeadas, impulsan rápidas aceleraciones con apenas un par de batidos enérgicos; mientras la cola larga le permite timonear, cambiando de dirección o frenando súbitamente, en persecución de sus presas. Discreto, pegado al tronco del árbol difuminando su silueta, la aguda vista del gavilán taladra las sombras forestales acechando el trajín de las aves. En otras ocasiones cambia de estrategia, irrumpiendo por sorpresa y a toda velocidad en los puntos donde “sabe” que acuden habitualmente pájaros (bebederos, posaderos) para, aprovechando el caos suscitado, apresar al ejemplar rezagado que reaccionó tarde. Detalle relevante de su morfología, la hembra del gavilán es casi un tercio mayor que el macho, ampliando de esta manera el abanico de presas potenciales. Seguimientos realizados en El Hierro constatan que prácticamente todas las aves, desde el tamaño de un herrerillo hasta el de una perdiz o paloma turqué, pueden ser capturadas; pero, sobre todo, el gavilán tiene especial predilección por el mirlo, que supone el 80% de las capturas. De esta manera la rapaz contribuye de manera decisiva a controlar la población de mirlos que tantos quebraderos de cabeza dan a nuestros viticultores. Al respecto, un dato revelador: los gavilanes de El Hierro, sólo durante los meses de crianza, aportarían más de mil mirlos a sus pollos. 

Entre 20-25 parejas de gavilán se reparten la isla. Atendiendo a las presas disponibles, distancia entre territorios y entornos forestales propicios para nidificar, la densidad de población parece ajustada a los recursos del medio y se mantiene estable desde hace casi cuarenta años, si tomamos como referencia el censo realizado por el biólogo Vicente Quilis en 1988. En El Hierro el gavilán alcanza su límite sur y occidental de distribución mundial, estando representado por una raza endémica de los archipiélagos de Canarias y Madeira. La colonización de las islas acontecería durante sus movimientos migratorios entre Europa y África. Precisamente, estos desplazamientos propiciaron la aparición de una sorprendente modalidad cetrera en Túnez y Turquía. Algunos gavilanes de paso eran capturados mediante redes y, apenas amansados, empleados en la caza de codornices. Luego, tras unas semanas de forzada convivencia con el humano, se liberaban. 

Entre los meses de abril y agosto los gavilanes acatan el compromiso reproductor, anunciado mediante exhibiciones aéreas de carácter nupcial y territorial. Fieles a las zonas de cría, las parejas construyen sus nidos en el monteverde (El Golfo, Ventejís), pinar canario (El Pinar) y pinar repoblado (Tiñor, Nisdafe). Suelen seleccionar enclaves al abrigo de vaguadas y próximos a zonas abiertas (pistas, caminos, cultivos, pastizales) que facilitan movimientos y vigilancia. El nido, un amasijo de ramas construido a bastante altura (en general, más de seis metros) cerca del tronco, acoge la puesta de 2-4 huevos. Luego, en función de la comida disponible, saldrán adelante más o menos juveniles. La alimentación de la prole compete las primeras tres semanas al macho; a partir de entonces colaborará la hembra, que hasta ese momento asumió el despiece de la comida y la defensa del nido, ejecutando picados, acompañados de belicosos gritos, sobre las personas que deambulan cerca. ¡Y conocemos a más de uno que corrió perseguido por una gavilana furiosa! Indicio de su frenética actividad venatoria, los amasijos de plumas arrancadas a las presas, esparcidos por suelo, rocas y troncos, delatan los territorios activos. Otra señal son las llamadas desesperadas de los pollos hambrientos, cuando al mes de vida abandonan el nido y deambulan por las ramas de árboles contiguos. Comienza entonces un periodo crítico, aprendiendo a cazar con pájaros cedidos por los padres. Éstos, llegado el momento, dejarán de alimentarlos y, en ocasiones, los expulsan con violencia. Más del 70% de los jóvenes gavilanes no serán adultos, depredados por halcones, aguilillas, gatos o, simplemente, muertos de inanición. Los supervivientes integrarán el contingente de no reproductores a la espera de formar nuevas parejas o sustituir a un miembro de las ya establecidas. 

Juan Manuel Martínez Carmona. Biólogo de la Sociedad Herreña de historia natural y etnografía. 

Fotos: Vicente Quilis Figueroa.

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