Por Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).
En un penúltimo alarde de primavera desatada, varias plantas exhiben su plenitud en junio, cuando empiezan a percibirse indicios del estío. Deslumbrante, irradiando en sus floraciones la potente luz que recibe, el fare (Gonospermum canariense), también llamado faro, ofrece un maravilloso espectáculo en los campos de El Pinar. La impresión suscitada por sus cientos de florecillas reunidas en corimbos es tan agradable, que la planta ha sido adoptada en los jardines de muchas viviendas y embellece vías públicas, aprovechando además que solo precisa el agua de la lluvia para prosperar. El fare acapara, visual y aromáticamente, la atención de los insectos coincidiendo con el ocaso de la primavera y la mengua general de floraciones. Gigante en la familia de las compuestas (magarzas, moles, cerrajones, etc.), su vigorosa ramificación puede superar los tres metros de altura, desplegando las hojas en el extremo superior de los tallos. Otro detalle a tener en cuenta: en las inflorescencias del fare faltan las lígulas, esto es, los pétalos ficticios característicos de su familia. Pero no sólo valor estético, el fare brinda también bondades medicinales. La infusión obtenida de hojas y racimos florales expulsa gusanos intestinales, tiene virtudes astringentes (favorece la cicatrización), alivia tanto catarros como diarreas y posee, además, propiedades abortivas. Por último, apelando al “orgullo herreño”, cuando disfrutamos de los fares en flor asistimos a un espectáculo exclusivo de El Hierro y La Palma, dado que la especie, integrante de una singular estirpe canaria, es endémica de estas dos islas.
Festejando el solsticio de verano, los granadillos (Hypericum canariense), engalanados con múltiples y olorosas floraciones, visten de amarillo las laderas de El Golfo y los campos de Isora y El Pinar; una exhibición que culmina avanzado el verano. Luego sobreviene la transformación radical, adquiriendo las hojas bellos tonos anaranjados antes de caer. Así, desnudo de follaje, afronta la estación seca evitando fugas de agua. En la actualidad asistimos a la expansión imparable del granadillo ocupando terrenos de cultivo abandonados que fueron arrebatados al sabinar. Por tanto, lidera la restauración del antiguo bosque termófilo. Magnífico arbusto que alcanza cuatro metros de altura, desarrolla profusa ramificación que aporta forraje a las reses. Con su madera durísima se elaboraban palos para caminar, horquetas que alzaban viñas o cabos de azadas y mazos. Además, proporcionaba leña empleada, entre otros usos, en el ahumado de quesos. El granadillo, como otros miembros del género Hypericum, atesora principios químicos con potencial antidepresivo y ansiolítico. Escapado de los jardines botánicos, ha arraigado como especie invasora en California, Hawái o Australia occidental, formando intrincados matorrales que impiden el desarrollo de la vegetación autóctona.







