Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Entrañables, deseadas y esperadas “mudadas” que se iniciaban por San Juan, el 24 de junio, aunque la mayoría concluían allá por el 15 de julio.
Inconscientemente, según comentarios que se habían hecho en Valverde referente a cuándo unos y otros iniciarían la mudada, se tenía como una especie de calendario donde, con la espera siempre rebosante de alegría, se iban sumando los veraneantes que irían a dar vida al verano del Tamaduste.
Coches y camiones que pudieran en aquellos años de 1950 facilitar las mudadas de sus dueños eran escasos. Aunque alguna que otra familia de ellos dispusiera para equipar sus carrocerías con los atarecos de la carga, que una vez que daban la vuelta apareciendo por la curva que se inicia en la carretera situada sobre el Roque Grande, también formaban parte de nuestro alborozo de niños de 9 años.
Nuestras familias, las pocas que en aquel momento estaban en el Tamaduste, situadas en la espera, nos transmitían el deseo de que estas fueran incorporándose y vinieran acompañadas de los que teníamos la misma edad para comenzar nuevos juegos, nuevas correrías. Y no solo por la carretera de tierra, no solo por los charcos de la Puntilla donde los pejes verdes se escurrían, o por el “roque de los meros” que se escondían debajo de las piedras; así como el retumbo de las olas en las rocas que guarnecían el Cantil Chico.
Puesto que nuestros juegos, una vez que habíamos trazado las carreteras por donde circulábamos con los camiones de “latas de sardinas vacías”, procurábamos evitar los choques en las curvas cerradas y con las bocinas de nuestros labios, pi, pi, pi.
Todo acontecía antes de ponernos el bañador y bajo el aprendizaje de nuestros padres, mientras nos sostenían por la barbilla para que chapoteáramos al lado de la “plancha” donde se hiciera pie y, cuando no, con los apoyos de los palos de pitera, que funcionaban como los mejores salvavidas del mundo.
Y por la mañana, antes de las once, ya habíamos preparado el territorio en nuestra imaginación para adentrarnos en los picachos de lava del malpaís cuyas heridas, sobre todo en las rodillas, manteníamos durante el verano porque el yodo del agua del río no era capaz de curarlas al reincidir en la aventura entre la lava seca y petrificada.
Los que bajaban aparecían arriba en la altura de la “asomada alta”; los que por el camino del “Jable”, que se inicia debajo del cuartel de Asabanos, ya llegaban, saludando con un “juuu” a los que estábamos en la espera y que teníamos que averiguar quiénes eran.
— Pues se parece a María Antonia — decía mi madre; más bien a don Claudio Morales, comentaba mi tía Julia Díaz. ¿O tal vez, tío Aquilino?. Puede, pero más bien diría que es la familia de don Miguel Ayala. Tal vez por las pamelas grandes, quizá sea la gente de don Pastor Fonte o la de don Miguel Fernández.
Siempre el deseo de la espera se traducía en la incógnita de quién pudieran ser los que veíamos empequeñecidos en la gran distancia. Teníamos que esperar a que, una vez rebasaran la Asomada alta y dejaran atrás la Asomada chica, aparecieran por la primera curva del Roque de Las Campanas, a donde ya podíamos, aunque con cierta cautela, decir quién se sumaba al verano del Tamaduste.
El camino del Jable guarda en su trayecto no solo las mudadas, sino la animosidad de los que tenían una yegua como la de tío Pedro, que con las alforjas repletas, las tajarrás bien ajustadas y el garrote bien afirmado sobre la sobrecarga, entongaba la carga con verdadera maestría, además de las alforjas, talegos y cestones.
Por el camino del Jable transcurrieron mudadas y subidas de gran parte de las familias del Tamaduste, así como los que iban de jira para pegarse un baño en el río y luego hacerse una paella en la sombra de la Cueva de los Barcos; y aunque algunos cogían el camino del Jorado, el Jable era el camino común que tenía las veredas señaladas por las huellas de los animales de carga y los pasos de los caminantes, que presenciaban un paisaje donde los pámpanos de las viñas y el esplendor de las higueras cotias incitaban a hacer algún que otro pequeño “saqueo”.
El camino del Jable soportó mudadas, excursiones de juventud, visitas entusiasmadoras de novios a los que esperaba un trayecto común hacia el Roque Fresco o hacia la Playa del Picacho.
El camino del Jable ha desaparecido, está cubierto por la ignorancia y endurecido por los que aprovecharon su trayecto, desfigurándolo por unas traviesas amazacotadas que liquidaron recuerdos para dar entrada a vehículos que buscaban el garaje de sus espléndidos chalets, borrando convivencias que deberían ser imperecederas.
El camino del jable se lo tragó la tierra, como decía una inolvidable maestra de Valverde, doña Alicia Padron: “La tierra se comió a la tierra”.
¡Qué pena que esto hubiese sucedido! ¡Lástima que estas páginas de la historia de la isla estén en el olvido! Apenas existan en su memoria colectiva, aunque alguna que otra vez se rescate por personas que sí las vivieron, y que, al menos, en este momento procuren que se mantenga viva.








