Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).
“Mi niño, tómate una agüita de poleo y tomillo para ese catarro”. Las madres siempre tenían el remedio perfecto para nuestras dolencias y, en ocasiones, lo encontraban en la naturaleza. Amantes de la luz, en pleno verano florecen tomillo, poleo y algaritofe, reivindicando la esencia mediterránea de su familia botánica (labiadas). Este grupo reúne plantas reconocidas por sus bondades medicinales (romero, marrubio, hierba clin) y culinarias (orégano, albahaca, hierba huerto). Rasgos distintivos de la familia son los pétalos fusionados, las hojas opuestas, los tallos de sección cuadrangular y atesorar glándulas repletas de aceites esenciales.
Iniciamos este capítulo en la cumbre herreña; allí, colonizando laderas de jable en Malpaso y Fireba, el tomillo (Micromeria hierrense) despliega sus floraciones acaparando la atención de los insectos polinizadores. Hierba de porte rastrero, sobrevive con dignidad en suelos exiguos expuestos a ventoleras e insolación severa. Otra prueba del vigor de este tomillo endémico es su amplia distribución en la isla, de costa a cumbre, evitando sólo las espesuras forestales. Toda la planta desprende aromas contundentes proclamando bondades culinarias (hojas y flores aportan su “toque” especial a guisos, salsas y revueltos) y medicinales. Tomada en infusión (una cucharada de ramitas por cada taza de agua), cinco veces al día entre comidas, tiene virtudes antisépticas frente a infecciones de las vías respiratorias, regulando la tensión arterial y circulación sanguínea. Y, por si fuera pobre este compendio terapéutico, el modesto tomillo nos brinda una miel balsámica de tonos claros elaborada por las abejas visitando sus flores ricas en néctar.
Arbusto ramificado, que puede alcanzar dos metros de altura, los pompones cuajados de flores diminutas del poleo (Bystropogon origanifolius) perfuman el ambiente veraniego en rincones de El Pinar, Isora y San Andrés; reductos de una especie que estuvo más extendida por claros y riscos en los dominios del pinar. Mato que desprende, al palpar sus hojas, un potente olor mentolado, el poleo es también denominado “jedionda” (que “jiede” o apesta); apelativo un tanto despectivo que asimismo parece aludir a su rechazo por las reses, atributo imperdonable en una isla de arraigada tradición ganadera. Popular planta medicinal, no hay nada como la agüita de poleo, preparada con miel y zumo de limón, para calentar el estómago, descongestionar fosas nasales y afrontar gripes y catarros. Además, durante el estío, cuando apenas hay flores disponibles, las abejas agradecen la ofrenda floral, elaborando una miel de intenso sabor. Pariente cercano, el poleo de monte (Bystropogon canariensis) desarrolla portes casi arbóreos en los claros del monteverde, luchando por alcanzar la luz dentro de la espesura. Eso sí, la fragancia jabonosa que desprenden sus hojas resulta más bien discreta.
El algaritofe (Cedronella canariensis), también llamado hierba cumbre, crece en el monte de hayas y brezos (Llanía, Hoya del Creal, camino de San Salvador) aprovechando los claros en bordes de pistas y caminos. Sus hojas exhalan uno de los perfumes más intensos de la naturaleza canaria, aromas de alcanfor que delatan acopio de aceites esenciales, materia prima de la medicina popular. Potente antimicrobiano, hojas y flores sustanciaban infusiones balsámicas frente a gripes y catarros, aliviando dolores de oído y conjuntivitis. Hubo quien aprovechó los tallos tiernos como alimento, pero, quizás, su propiedad más popular fuera la de tónico capilar (“con algaritofe y tomillo te crecerá el pelo hasta los tobillos”). Las flores, tubulares y con abundante néctar, reciben la visita de abejones y de la espectacular esfinge colibrí. El algaritofe, único representante de un género endémico de La Macaronesia, atesora gran valor científico como superviviente de la flora ancestral de Canarias, experimentando apenas cambios desde que surgió hace más de treinta millones de años.










