Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
El caso Zapatero dio mucho que hablar tras la entrevista, muy esperada, a la que fue sometido por el periodista Javier Ruiz, en “Mañaneros” de TVE el 23 del pasado mes de julio, y que ahora, tras acontecimientos, también de enjundia, se ha silenciado, ha desaparecido del debate político como si tal cosa, con la relevancia que el caso tiene por las dudas que acarrea.
En su momento, una vez oídas sus explicaciones, se encontraron los que defienden a ultranza que su actitud ha sido correcta dentro de la objetividad referida por él mismo y, por otro lado, los que vituperan sus últimas manifestaciones y fallidas justificaciones que son calcadas a las que venía manifestando en el tiempo y con idéntico formato.
Pero, debido al alto calado político del personaje, como por su influencia en el Partido Socialista, al ser erigido el “faro moral del socialismo”, los militantes, los socialistas de toda la vida y los recién incorporados que han tomado a Zapatero como guía a seguir para el fortalecimiento del PSOE y de la sociedad en general, ante lo visto, tendrán que encontrarse, en estado de perplejidad.
Porque si de algo debe vanagloriarse la izquierda es de su estructura moral ante un compromiso de valores, como el horizonte axiológico que a lo largo de los tiempos se apuntaló desde los campos de concentración,( no puedo evitar el recuerdo), como el de Albatera en Alicante, donde millares de prisioneros morían de frío, de hambre y ante el pelotón de fusilamiento al amanecer.
Esos que hoy no están, que hace algún tiempo nos han dejado, donde muchos de ellos regaron la rosa del socialismo con su sangre, no son merecedores de tanta fanfarria, de tanto quiebro; en ciertas determinaciones y, sobre todo, cuando se trata de emitir un juicio moral, deben ser directos, sin ambages y con prontitud, asumiendo lo que proceda. O la culpa o someterse al cumplimiento de la ley.
Conocí hace ya bastantes años, cerca del final de su vida, a prisioneros que estuvieron en el campo de concentración de Albatera, que referían que, una vez terminada la guerra, cuando iban a tomar en el puerto de Alicante un barco inglés que los recogería para sacarlos de España, una mala pasada se atravesó en la carretera, terminando confinados.
Contaban y contaban las sentencias de muerte y cómo algunos escapaban de la muerte por el frío y por úlceras gástricas sangrantes gracias a alguna que otra chamarra de cuero que algún compañero que habían fusilado les había dejado.
No se enfundaron en la bandera de un socialismo aburguesado donde las penas de muerte se ejecutaban cada día, llegando más tarde al juicio sumarísimo donde se le confiscaba su título de medicina a cambio de perdonarle la vida.
Al recordar este triste episodio, estos socialistas están a años luz y poco tienen que ver con los que transitan por una ideología que, concretamente en Europa, solo tres gobiernos son socialdemócratas que han dejado en la cuneta de la historia actitudes coherentes, valientes que bordean la historia, y más concretamente la del socialismo español, donde el ostracismo produce pavor, refugiándose en las páginas de una historia pasada, trascendiendo el revisionismo que en su día promulgó Eduard Bernstein por su crítica al marxismo.
La izquierda, hoy por hoy, huye del “juicio moral”, y Zapatero como “faro”, enfatizando, como lo hacen, la superioridad que pretende la izquierda; ponen en el tablero político los valores que hizo suyos y que definían una ideología que en estos momentos soporta quiebros en la igualdad, fraternidad y libertad que parece que hay que encubrir, esconder y sobre todo, no reconocer.
Y sin olvidar que por encima de lo legal está la moral, ya que son normas de orden superior, que son éticas, y ahí ya intervienen los valores y, como ratifica Hume: “El deber ser no se sigue lógicamente del ser”. Simplemente consiste en dar la cara con claridad y al grano con toda la dignidad del mundo.
Son situaciones difíciles de solventar y soportar pero cuando abundan los quiebros y las agachadillas, los caminos divergen, y lo peor, las ideologías se tambalean, se empalidecen y permanecen hasta ser irreconocibles.








