Gurrupijos, polillas de fábula

Esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum).

Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).

Gurrupijos, así se denominan en El Hierro las robustas mariposas de la familia de los esfíngidos. Propulsadas en potente vuelo por alas estrechas y una diminuta musculatura que apenas ocupa un centímetro cúbico del tórax, varias especies emprenden migraciones de miles de kilómetros. Por otro lado, algunos esfíngidos pueden “flotar” suspendidos en el aire mientras sorben néctar de las flores, habilidad que sólo comparten con colibrís, murciélagos y, entre los insectos, los sírfidos. Grandes, exhibiendo colores y diseños extravagantes, las orugas de estas polillas tampoco pasan desapercibidas, enterrándose en el suelo para formar las crisálidas.    

El Hierro sigue deparando citas de especies nuevas para la isla. El pasado 30 de julio una vecina del Mocanal descubrió la enorme oruga (quince centímetros de longitud) de la esfinge de la calavera (Acherontia atropos) sobre la hierbaluisa de su finca. Esta polilla gigante, icono de la película El silencio de los corderos (1991), despliega doce centímetros de envergadura alar y exhibe la silueta de una calavera en el tórax. Distribuida por África y sur de Europa, algunos ejemplares alcanzan en migración el Círculo Polar Ártico (Islandia, Escandinavia). Las hembras optan por las solanáceas (papas, tabaco moro, etc.) para depositar los huevos, sustentando el desarrollo de gruesas orugas verdosas que acumulan, de paso, la tóxica solanina. Llegado el momento, la oruga penetra en el subsuelo a unos veinte centímetros de profundidad, formando crisálidas del tamaño de un huevo de gallina. En esta fase reposan el invierno, emergiendo como adultos en primavera, consagrados a la reproducción. Pero apenas disfrutan de unas semanas de vida como mariposas, alimentándose de néctar y… miel. Porque esta polilla asalta colmenas durante la noche, desorientando a las abejas con halos de feromonas y protegida de picadas por su recio tegumento.      

En diferentes lugares de la isla (La Dehesa, Iramas, Orchilla) detectaremos tabaibas amargas que parecen marchitas, deslucidas sin hojas. Observando con atención descubriremos al responsable del atropello: las coloridas orugas de la esfinge de las tabaibas (Hyles euphorbiae). Se exhiben sin pudor sobre las ramas, confiadas en las toxinas acumuladas con su singular dieta. De hecho, la llamativa librea es toda una advertencia. Si, a pesar de todo, perciben peligro, reciben al intruso regurgitando pompas verdosas de comida a medio digerir. Si vistosa es la oruga, la mariposa tampoco desmerece, ataviada de elegante estampado aunque, eso sí, libre de veneno. Las polillas revolotean activas durante la noche (acuden a las luces y se posan en paredes iluminadas), buscando los machos, desesperados, rastros de feromonas disipadas por las hembras. Depositados los huevos en hojas de las tabaibas, a las dos semanas eclosionarán pequeñas orugas negruzcas. En la actualidad, esta esfinge protagoniza un ambicioso plan de lucha biológica frente a la planta invasora Euphorbia virgata en Norteamérica. Especie muy parecida en su fase mariposa es la esfinge de la viña (Hippotion celerio), cuya oruga, de cuerpo rematado en apéndice agudo, resultará familiar a nuestros viticultores de El Golfo y El Pinar. Descubrir una de estas extraordinarias criaturas es casi un acontecimiento y suelen ser respetadas. Aunque subsiste con las hojas tiernas de las parras, apenas representa una amenaza por sus bajas densidades. En este caso, la oruga intenta “impresionar” al intruso hinchando la cabeza y exhibiendo dos grandes ocelos, como ojos monstruosos, dibujados en el primer segmento abdominal. 

A pleno sol irrumpe la esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum), suspendida sobre las flores mientras despliega una espiritrompa tan larga como su cuerpo (3-4 centímetros). Asombra su vuelo rápido, en ocasiones acrobático, desplazándose de un lado para otro despistando a los depredadores que acechan entre las inflorescencias. Un sutil zumbido acompaña el prodigioso batir de alas (80 veces por segundo). Y claro, semejante despliegue de energía precisa néctar, que la esfinge busca infatigable en una amplia variedad de plantas, incluidas las que tienen finas corolas tubulares (cardos). Creando un vacío en la base de la espiritrompa succiona el fluido azucarado, igual que nosotros sorbemos refrescos con una pajita. Pero la esfinge es capaz de aspirar néctares tan densos como la leche condensada (hasta un 60% de azúcar). ¿Seríamos nosotros capaces de hacer los mismo con una pajita tan larga como nuestro cuerpo y de un milímetro de diámetro? La esfinge no sólo hace algo así, sino que lo repite infinidad de veces por minuto. La hembra pone los huevos sobre hierba pajarera (Stellaria) y plantas de la familia rubiáceas (cachimbera, tadaigo, iguaje), cuyas hojas sustentarán a las orugas. A lo largo del año volarán de dos a tres generaciones de esfinges, emprendiendo en ocasiones desplazamientos migratorios. Algunos ejemplares, aletargados en refugios rocosos y vegetales, sobrevivirán al invierno. 

Fotos: Vicente Quilis, Carmelo Padrón, Dácil Ridolfi, Juan Marrero y Lily Alguacil.

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