Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Está en la vieja memoria. Aparece como una ráfaga en el pensamiento que, cuando quiero atraparlo, se escabulle. Pero lo mejor, lo gratificante, es que puedo disponer del acontecimiento cuando menos lo espero.
Y ha sido hoy. Hoy se ha descorrido la cortina que lo tenía escondido, como si tuviera un cierto temor de quedarse con las ganas de dar la cara.
Pero aquí está.
Tenía que ser el mar que más conocí, donde me empapé de salitre, nadé entre fulas, viejas y cabrillas mientras veía un lejano horizonte que, entre más se me ofrecía con todo su esplendor, cada vez se me alejaba desafiante. Por eso, al principio nadé con todo el entusiasmo del mundo, pero al ver que se me escondía entre la lejanía y la nube clandestina, opté por centrarme en el día aquel, que había nacido con todo el esplendor del mundo y que poseía todas las posibilidades de convertirse, efectivamente, en un gran día.
Habíamos bajado por el Jorado tras hacer las consiguientes piruetas por dentro de su agujero para situarnos en la rodadera y llegar abajo, llenos del polvo que las carreras propiciadas por la pendiente nos obligaban.
Cogimos todo el sol del mundo, y cerca de mediodía hicimos la comida, la preparamos y la llevamos a la playa del Picacho para saborearla junto al vino de las vetas que nos acompañaba; sonó una guitarra alternando con la armónica; y volvimos al mar.
Ahora con la memoria de nuestra juventud, de encuentros pasados y de historias que se proyectaban hacia el futuro. Con el ímpetu del retumbo de las olas era más que suficiente para envalentonarnos y deslizarnos con la prisa de un imprevisto Pegaso sobre las aguas para llegar al destino soñado.
Los cantiles, tanto el “grande” como el “chico”, estaban remansados como si fuera mar de septiembre y se destacaban a unos cuantos metros de nosotros como referentes de conversaciones y como asiento de grandes atletas que asombran con sus piruetas y saltos desde sus altos morros.
Un barco se cimbreaba cerca de la “cueva de los barcos”, como si estuviera pendiente de alguna faena de pesca, mientras la proa de otros, con los remos sin montar, se percibía a la entrada de la cueva como si fueran a someterse a un proceso para calafatearlos.
El barco que se cimbreaba era el de Julio, que estaba dispuesto a salir a pescar, pero no tuvo inconveniente alguno en acercarnos hasta la “raya azul” para contemplar una vez su fondo más bien verde, donde su profundidad amenazaba nuestra curiosidad, y le dijimos al bueno de Julio que no siguiera avante, que nos conformábamos con contemplar lo insondable y enigmático de su fondo.
“La puntilla”: cuando regresamos estaba plena con sus charcos de siempre, donde los pejes verdes y los meros saltaban en sus movimientos escurridizos que nos quitaban el empeño de “pescarlos” con las manos dado sus aletas fuertes y rápidas.
Ya en el “rio” podemos decir que fue el culmen del día. No nos cansamos de impulsarnos en la palanca que hacía de trampolín, bien sujeta a la plancha, sin olvidarnos de mirar hacia el malpaís como si estuviéramos buscando en la lejanía el Roque de las Gaviotas que daba su nombre, donde se posaban descansando de sus alocados vuelos salpicados por el salitre de las olas que llegaban desde Guarisancho en Echedo..
Fue un día que, además de esperas y encuentro con el paisaje que engrandeció el día, nos trajo el recuerdo de infancia y juventud, lo cual deslizó el tiempo de mar hacia el recinto gratificado de la memoria para abultarla, con las buenas maneras y con la alegría de la gente que estaba igualmente disfrutando del mar, de nuestro mar.
Fue un buen día, esperado, encontrado y perfectamente ensamblado en la historia de cada cual. De la mía, también, por supuesto.
Llevamos para hacer la comida, al menos una tortilla, un par de latas de sardinas y pan fresco de la panadería de Adrian. Yo, por mi parte, tenía en el bolsillo las llaves de la cocina donde encontraríamos cubiertos y lo necesario para poder gestionar las papas que se insinuaban en las talegas que cada uno llevaba al hombro.
Pero seguimos. No paramos hasta llegar a divisar en toda su amplitud el río; nos apetecía el baño y así lo hicimos, nadamos y nadamos entre fulas, viejas y cabrillas y la musicalidad de la risa y del jolgorio fue nuestro acompañante, y durante el día siguió siéndolo.








