“Lo peor del sueño es despertar”

(Última parte).

Por Roque del Pozo.

Lejos de la celda, en la noche procelosa, también llueve. Y lo hace con redoblado ímpetu; como si los dioses tramaran venganza o hubieran enloquecido. El agua revienta en las desconchadas amuras de la barca. Vladimiro, desnudo, se tiende bajo el manto negro de un cielo misterioso y vengador que le golpea sin piedad. Desciende río abajo, camino del olvido. Es un pellejo rodeado de agua a la deriva, buscando la antesala del juicio final. Quizá esté ya en el inframundo y el azaroso viaje sea la severa penitencia.

—Los dioses te han puesto a prueba. Si la superas, quedarás libre de culpa. 

El odioso perrillo no se callaba ni a tiros. Su afilada lengua era tan despiadada como un monzón.

—Yo soy de su estirpe, ¿qué pueden hacerme? ¿Te burlas de mí?

—Eres ateo, pero te consideras un dios. ¿Cómo quieres que te entienda?

—Son formas de hablar. La masa cree en la divinidad; es corta de mente. No pidas milagros. Para que me idolatre, debe verme como un ser superior. Me adapto y triunfo. Y si es preciso, camino sobre aguas hirvientes.

—Eres un cínico depravado. Has mentido tanto que te has creído tus patrañas. Cuando el pánico te pise los talones, te hincarás y pedirás ayuda. Recuerda que no hay ateos en las trincheras. Te aconsejo que sigas soñando; siempre será más llevadero.

—Yo vivo en mis sueños, esa es la verdad. Los sueños me representan, me entienden, me impulsan. Gracias a mis sueños, el mundo avanza.

—Eres un iluso. El delirio te ha engañado como los sastres engañaron al rey. Estabas desnudo y nadie osó decírtelo. 

—Demasiados lameculos, lo sé. Pero participaban de mis razonamientos inversos. Yo proponía las metas, ellos los recursos.

—Has sido peor que una plaga bíblica para la patria que te alumbró y cobijó. Has destrozado la casa que construyeron los antepasados. Creaste maleantes y te aliñaste con hampones y canallas.

—No insistas. Ya te dije que no soy culpable de nada. Era mi destino y no pude escapar de él. 

—¿Y tu libertad? Podrías haber tomado otras decisiones.

—Tonterías. La libertad es un espejismo; un nubarrón que te impide ver más allá de tus pasos. Ningún ser superior se la concedería a los entes creados. Te lo aseguro. De lo contrario, sería un acto suicida; un error de cálculo.

—¿Afirmas que la libertad no existe?

—Ni la libertad, ni el talento. ¡Nada! Todo está determinado. Unos nacemos para guiar y otros para ser guiados. No existe ni el pecado ni la culpa. Todo es un invento de alquimistas consumados. Un consuelo para idiotas.

—Lo dices por experiencia, supongo. 

—¡Cállate!, no estoy de humor para aguantar tus impertinencias.

—¿Eres invencible y no puedes librarte de mí? 

—¡Déjame!

—Cautivo de los sueños se vive mejor. Dormir, morir; tal vez soñar.  ¿Recuerdas? Eso es la muerte: un sueño eterno.

Realmente, no sabe si vive un sueño o sueña que lo vive. La barca —tal vez el catre— va dando tumbos. El estrépito es ensordecedor. Pero Vladimiro no quiere cerrar los ojos ni los oídos. Está solo frente al tribunal insobornable que le mira con ojos asépticos. «Soy un héroe frío e impasible. Saldré victorioso de este trance. Cumpliré mi destino, igual que Odiseo frente a las sirenas». 

—¡Habla, Russel! Necesito que hables; no quiero que llegue el alba. El sueño me libera; la realidad me tortura. Me tacharon de inculto; incluso de vulgar. Pero fue al revés; ellos no captaron mi intelecto superior. Fui un bocado demasiado exquisito para su paladar. Russel, ¿por qué callas? ¿Dónde te has metido? No quiero que llegue el alba. Tampoco quiero hundirme en la corriente. Quiero llegar a puerto y que me juzgue un tribunal de honor. Soñaré y destruiré la cordura, la historia, el legado que ha roto mis blasones. Destruiré a los dioses si me conducen al abismo. ¡Resurgiré de sus cenizas!

La barca golpea en las rocas y Vladimiro sale despedido. 

Frío acero es la espuma,

Bullente lava, las olas.

Muerte viva, 

Tormento insondable.

Preludio del eterno sosiego.

De repente, suena la alarma. Se despierta exhausto y sudoriento en la estrecha cama de la mísera celda. Se ha despertado, pero permanece tendido, como un botarate. Relajado y ausente. Fuera de lugar; fuera del tiempo. Como si hubiese alcanzado la ataraxia. Como si hubiera entrado en un jardín de armoniosa calma. 

Pero la alarma zumba desabrida. Vuelve a la odiada realidad. Se incorpora y consigue pegarse al maloliente urinario. El flujo sale con cierta dificultad, sin velocidad y algo intermitente. La alarma sigue sonando hiriente, como la voz de la conciencia. Se moja la cara y se enfunda el pantalón vaquero. Sale atolondrado y se arrima a la pared para el recuento. Ha tardado más de lo que marca el régimen interno. El funcionario le mira con ojos vindicativos y entreabre los labios adiposos. Parecen un túnel abrasador, la oscura recámara de un fusil a punto de soltar la bala redentora. Vladimiro los elude y atrapa el aire como si se agotara; temeroso y vigilante. Sabe que le tiene enfilado. Camina desganado y cabizbajo, sin objetivo. Las desteñidas orejas del pollino se distorsionan en la camiseta y forman arrugas indescriptibles que se desploman por su espalda enjuta; mustias y exangües. 

La alarma enmudece y escucha sus pasos que se arrastran sinuosamente grises por el frío corredor, bajo la lluvia que se desploma con furia de los impasibles tejados. Un rictus oblicuo y mohíno cuelga de sus labios desvaídos. 

El alba lo devolvió a la realidad carcelaria. Aún resiste; los dioses lo hallaron culpable y le han condenado a vivir. No ha vencido. Es la primera vez que le doblegan. Pero nadie lo sabe; para el vulgo seguirá siendo un dios en la sombra. 

Se deja caer en la esquina de la mesa y bebe el café a sorbos desganados. Apenas se da cuenta de que Imanol no está. Fue en medio de los truenos, masculla Anatolio sin emoción, rumiando como un búfalo resentido. Le han roto la mejilla; un ojo mira la lluvia; el otro flota en las aguas ensangrentadas. Fue de amanecida, añade Anatolio sin mirarle, cuando la alarma zumbaba incesante.

Bajo la lluvia que silenciaba la iniquidad, razona Vladimiro. Y un escalofrío le varea las costillas. Nadie indagará. Nadie será culpado. Nadie, condenado. Los cobardes blanden ahora las espadas. Las centurias fascistas planean como necrófagos.

Vladimiro sale con el estómago encogido. No se fía de nadie. Hay mucha hoguera encendida. La grasa del sacrificio chisporrotea en los altares. La lealtad se desvaneció. El tiempo se la llevó, piensa camino de la celda, entre acelerados retortijones. ¿Quién será el próximo? Quiere la muerte, pero no quiere sentir el hedor de su aliento.

Se sienta en el retrete y espera. Oye la respiración de la Parca y el filo de la espada brillando en la penumbra. ¿Qué será de los malvados? ¿Adónde irán? ¿Quién hará justicia si los buenos se van? 

Mientras se enjuaga y enfunda el raído chándal gris, piensa que los dioses son cabales y ecuánimes. Y clementes. Eso le calma. Se acuerda del Jack Russell cuando le dijo que en las trincheras no hay ateos. Y él, el poderoso y envilecido presidente, ha caído a la trinchera.  Se tumba en el catre, molesto por los dolores abdominales. Y un espasmo ventral, intenso y repentino, lo devuelve al retrete. Y es incapaz de vaciar la porquería que le hiere como un puñal mellado. Regresa al catre y se echa de costado, hacia la pared. El silencio es atronador. Anatolio ha debido ir a la enfermería. Tenía mala cara. La cárcel no afloja; muerde silenciosa y tenaz.

Los dioses tienen fundamento, mantienen la palabra; no se parecen a los humanos, medita Vladimiro. Se arruga sobre el colchón, convencido de que también son egoístas. Se reservaron las virtudes y le dieron al hombre las vilezas. Por eso no es culpable. Pero debe purgar el tiempo que ha estipulado el tribunal. Luego, ascenderá y ocupará su lugar; allá arriba, en las celestes nubes del olvido. Pero no quiere por compañero al sufrimiento. No lo merece. «Llevé al país a la cima del progreso, a la igualdad, a la tolerancia. Con mis méritos, la condena será breve».

Sale encogido y ladeado; aturdido, igual que un viajero desorientado al borde del acantilado. Es un ser ruinoso, acabado. Mira de soslayo a través de la puerta entreabierta, y ve a Anatolio colgado, desnudo y yerto. 

Regresa al inodoro. Siente que se desmorona, que se hunde por las tuberías hediondas. Nadie se atreverá a ponerle una mano encima. Los dioses le protegerán. Pero no está seguro. Cualquier ruido le parece sospechoso. Se arrebuja en la manta, tiritando. 

—Al Indartsu lo estrangularon en los aseos del gimnasio. Los fascios han regresado. Nadie te salvará. 

El Jack Russell escupe la frase como si fuera una ráfaga de ametralladora. 

—Será el fin de todo lo que he creado —balbucea.

—Tú eres el único responsable; tú y tus secuaces. Vuestras políticas nefastas y alevosas han resucitado al fascismo. Así pasó en Italia después de la Gran Guerra. Sin los abusos de los bolcheviques no habría sucedido. Tú has repetido los errores. Has pervertido la democracia; mereces vivir para sufrir.

—Fui un juguete en manos del destino, no tuve elección.

—Nadie puede escapar a la justicia del destino. La soberbia y la mentira nunca prescriben; son mariposas que revolotean, igual que la conciencia de la memoria.

Verás descender la hoz sanguinaria

a las cañas que se aliaron sumisas,

a los viles cuellos de los traidores

que truncaron las ancestrales dichas.

Suficiente espera será tu condena:

Lágrimas negras de amanecida,

Dentelladas biliosas al ocaso.

Así lo quiso tu suerte maldita.

—¿Y Buenaventura? ¿Qué sabes? ¿Ha caído ya? 

—No, iréis juntos al patíbulo, de presidio en presido.

—Si tenerlo a mi lado es insoportable, peor será ver caer a mis devotos compañeros y compañeras. No es propio de dioses.

—De humanos, que es mucho más refinado. La historia de la humanidad es una sucesión de cruentas vendettas. 

Y un cáustico sabor amargo se expande por el sangriento corredor de la patria desgarrada.

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