El alarde otoñal de iramas y verodes

Foto: Verode (Kleinia neriifolia) - Rubén Barone.

Por Juan Manuel Martínez Carmona. Biólogo.

Arrancando el otoño, cuando la reseca costa añora las primeras lluvias, iramas y verodes alardean de floraciones irradiando vida. Asombra este despliegue en un periodo de acentuado estrés hídrico, con la mayoría de plantas en reposo vegetativo. Pero así, irama y verode, acaparan la atención exclusiva de los insectos polinizadores; detalle percibido por nuestros expertos apicultores, que mudan sus colmenas a la costa. Ambas especies pertenecen a la familia de las compuestas, la más numerosa de la flora canaria, entre otras razones por la capacidad de dispersión a larga distancia de sus “semillas voladoras”. No obstante, a pesar de tolerar la aridez, iramas y verodes sufren con las sequías ligadas al cambio climático, marchitándose en distintos enclaves del litoral herreño (La Restinga, Tecorón, etc.), dato revelador sobre la virulencia del fenómeno.  

La irama (Schizogyne sericea) impera en el matorral costero, alcanzando casi el límite de la pleamar, en donde “agarra” sin problemas la sal rociada por la maresía. Protege estos suelos pobres de la erosión e insolación, aportando materia orgánica. La planta, a su vez, se defiende del sol y retiene agua gracias al revestimiento piloso de tonos plateados. Los pastores apreciaban esta textura aterciopelada para improvisar confortables lechos cuando dormían en la costa, aprovechando además el leñoso ramaje como ardiente combustible. De hecho, con cargas de iramas prendían los hornos de cal en el litoral herreño. Amarga (las cabras hambrientas apenas la mordisquean), la irama aportaba remedios medicinales, empleándose su infusión tanto en el tratamiento de heridas, por sus propiedades analgésicas, antiinflamatorias y desinfectantes, o como tónico digestivo. Irama es una preciosa palabra herreña (en las otras islas la planta se denomina salado o dama) heredada de los bimbapes. Por su abundancia, la irama cedió su nombre a un llano y volcán próximos a La Restinga, pero también, tal como recogió Abreu Galindo a principios del siglo XVII, al puerto de Iramase, en el mar de Las Calmas, luego denominado Puerto Naos. Este enclave histórico acogió el desembarco de los primeros europeos, de origen normando, en 1403. 

El aspecto del verode (Kleinia neriifolia) difiere por completo de la irama y lo podríamos describir, en su calidad de planta compuesta, como una margarita disfrazada de tabaiba (sin látex, eso sí). Adaptado a vivir en ambientes áridos, el verode afronta “la seca” con las reservas de agua acumuladas en tronco y tallos suculentos. Además, durante el estío pierde las hojas, evitando de este modo las fugas de vapor de agua. En estas condiciones los tallos asumen la fotosíntesis. A decir verdad, el verode no entusiasma al ganado y solo los conejos roen la corteza buscando hidratarse. En cambio, el humano descubrió interesantes propiedades terapéuticas en la savia atesorada por la planta, eficiente cauterizadora de verrugas (“verode, verodal, quítame ese verrugal”). Por otro lado, frotando un trozo de tallo en una herida disminuye la inflamación, estimulando la cicatrización. Otro aprovechamiento peculiar resulta del vaciado de los troncos más gruesos, que aportan livianos corchos empleados por los cazadores para acarrear sus hurones. Atendiendo a su historia evolutiva, el verode forma parte de una antigua estirpe botánica, integrada por unas cincuenta especies, extendidas por Canarias, norte, este y sur de África, Arabia y sur de Asia.       

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