Por Donacio Cejas Padrón.
Después de unos años de pocas lluvias y malos tiempos, este pasado invierno llovió notablemente en la isla y, como consecuencia, los frutales tradicionales han mejorado su aspecto y, en particular, las higueras han vuelto a reverdecer y ofrecer una cosecha bastante buena. Se ha logrado pasar casi toda ella y ya están en el mercado y los comercios las bandejitas de higos pasados, que son una delicia, y aunque muchas higueras se habían casi secado por los calores acumulados de estos últimos años y por la falta de lluvias, aparentemente el ciclo ha cambiado y hay esperanzas de la recuperación del cultivo de las higueras, especialmente en la zona sur de la isla, donde ya hay algunas parcelas con riego disponible, y sus propietarios se están animando a prestarle toda la atención posible a este cultivo, que fue determinante en otros tiempos para la economía de los herreños
La zona de más cantidad de higueras era El Sur, y muchas familias de El Pinar tenían en los higos pasados el sustento básico de su alimentación, y también hubo exportadores que le compraban a los vecinos los excedentes de sus cosechas y los vendían para las islas mayores. También desde Isora hubo buena exportación de higos, y en El Golfo había algunas familias como mi abuelo Francisco, que vendía para la exportación cierta cantidad de higos, en su caso, preferiblemente cotios procedentes de La Costa de Los Aralejos, entre Los Llanillos y Sabinosa. Recuerdo oírle decir que su finca llegaba desde el mar hasta la cumbre, y normalmente los daba a gente de Sabinosa para recolectarlos al tercio o de medias, como se decía entonces. Los que no servían para la exportación ni para el consumo doméstico eran usados para alimento de las bestias de carga, para las gallinas y para el cochino que se criaba en todas las casas.
Había varias clases de higos; entre los que recuerdo, los nogales, blancos, negros, vicariños, cotios, brevas de diferentes características, pero todas las variedades de excelente calidad, si bien para la exportación los más indicados eran los nogales, luego más tarde llamados morados, y los cotios, pero a mí me gustaban en particular los higos negros, de los cuales había no muchas higueras.
Así como de la viña hay mucha documentación acerca de los inicios de su cultivo en la isla, de las higueras no hay tanta información, pero sí se sabe que sus cultivos fueron bastante antiguos, inmediatamente después de la viña, y que los primeros vecinos dedicados a este cultivo sabían bien, en función de la altura de los terrenos y de la experiencia que ya traían de sus lugares de origen, dónde plantaban las diferentes variedades, que hasta muy pocos años atrás estaban localizadas por zonas.
Era habitual que en todas las casas hubiera en la mesa de la cocina o comedor un plato con higos pasados, una botella de vino y, algunas veces también un trozo de queso. Así lo recuerdo en casa de mis abuelos y familiares, y muy especialmente en casa del tío Lucas en Los Corchos, cuya casa estaba a la vera del camino de Jinama, y los transeúntes, al subir o bajar para Jinama, tenían permiso para entrar y servirse, y también recuerdo que muchos, al pasar, les dejaban una calabaza, un cestito de papas, cebollas, etc.; así era la vida entonces.
Sin duda alguna, los higos pasados fueron elemento principal en la alimentación de muchas generaciones de nuestros antepasados; habiendo higos pasados en casa, no se pasaba hambre. Recuerdo que el desayuno mío y de mi hermano durante toda nuestra niñez era una gran taza de leche de cabra caliente, dos cucharadas de gofio y unos pocos higos pasados picados dentro de la taza; con ese suculento desayuno marchábamos para la escuela que estaba en Las Lapas. Después, en el almuerzo, también este se acompañaba con higos pasados, y por las tardes la merienda era una pelota de gofio amasado con un poquito de vino y de azúcar; esa era la dieta habitual y exquisita porque de todas maneras no había otra, salvo cuando en el invierno el gofio se amasaba con arrope, que era una mermelada que se hacía con el mosto de la uva y trozos de frutas regadas, pero que nuestras madres nos decían que el arrope no se podía comer hasta que no corrieran los barrancos, es decir, en el invierno. En todas las casas había un enorme recipiente, que bien podía ser alguna barrica en desuso o algún bidón metálico, lleno de higos pasados calcados con los pies; en mi casa lo hacía mi abuelo. Además, entre los alimentos que se llevaba al campo cuando las labores de la época requerían la jornada completa, no podía faltar el taleguito con los higos pasados, el barrilote con el vino y algún complemento, casi cuando lo había, como chorizos, morcillas, etc.
Bueno sería que en nuestra isla se revitalizara el cultivo de las higueras, ahora que ya se dispone de agua para mantenerlas en régimen de riego periódico, y seguro que sin duda alguna los resultados serán muy positivos para las economías de sus propietarios. Recuerdo que hace ya muchos años, cuando yo trabajaba en temas relacionados con la agricultura, tuve la oportunidad de ir a la península buscando formarme mejor en la materia en que me ocupaba, y en Alicante, en unas jornadas sobre la mosca de la fruta, conocí a un ingeniero que años atrás había estado en El Hierro trabajando, y conocía bien los cultivos que en ella se mantenían. Era la época en que empezaba a promocionar el cultivo de los olivos, y él me dijo: «Las gentes de El Pinar lo que tienen que hacer es cuidar sus higueras y sus almendros; ningún otro cultivo les será más provechoso», una opinión que seguramente tendrá su fundamento.
Hay opiniones para todo, pero siempre podremos seguir diciendo que bonito es vivir en La Frontera.








