Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Cuando las sociedades, sobre todo las de nuestro entorno, están confusas, perdidas, sin referentes, a no ser los instigadores de la violencia que tienen claro que su principal objetivo es la irracionalidad, el futuro que pueda diseñarse desde ese escenario será cada vez más agobiante e incierto.
En nuestro tiempo de universitario, donde la discusión y el debate fuera de lo establecido por un régimen dictatorial estaba vigilante en los círculos, que, aun no llegando a una clandestinidad establecida, surgía la pregunta que llenaba espacios no solo de incertidumbre, sino de decisiones: ¿Después de Franco qué pasará?
La universidad contribuyó de manera decidida a abrir espacios para que esa pregunta fuera dinámica, nos situara en el escenario de la interrogación y de la preocupación.
Y en ella la Universidad actuó con decisión desde los tiempos de Tierno Galván, García Calvo y José Luis López Aranguren, que, castigados por el régimen, comenzaron a incitar a los universitarios, donde muchos policías que estaban infiltrados como estudiantes se pasaban soterradamente al bando de los díscolos.
Recuerdo que en una redada hecha en Salamanca, tras acudir en el paraninfo de la universidad a una conferencia dada por Tierno Galván, se provocara una carga policial por los recordados “Grises”, cuyo informe trascendió para que muchos de nosotros no disfrutáramos para hacer las milicias universitarias en sus tres tramos correspondientes a dos veranos de tres meses más seis como alférez de complemento.
Los que estábamos “señalados” nos esperaban pasar tres meses en el campamento de reclutas de Hoya Fría para luego dirigirnos al batallón de Lanzarote como soldado médico durante 13 meses.
La universidad en aquel tiempo preguntaba; más tarde continuó la pregunta por el papel determinante de la universidad como fragua del pensamiento filosófico, pregunta que se ha escabullido en el tiempo, donde aparecía con cierto furor, llegando más al academicismo personal de determinadas tribunas que a ir dirigidas al pensamiento colectivo, quizás no tan hambriento de preguntas y soluciones paralelas, al menos no como anteriormente.
Y también hay que considerar que el poder ha contribuido a romper ese interrogante que se ha escabullido una y otra vez, constituyendo un enigma, uno más de la elucubración y del mundo del pensamiento.
La filosofía en los últimos treinta años ha estado inmersa en el diletantismo, en las conferencias específicas, como si hubiera desertado de su fundamento, de su misión de proponer un relato poliédrico de la sociedad de su tiempo, haciéndole caso a todos sus vértices.
La orfandad teórica ha llegado hasta la misma universidad, que no ha tomado parte ni iniciativa alguna para aparecer en el espacio de la gran filosofía, lo que ha constituido un escándalo para la inteligencia que elabora conceptos, y se ha ido por los caminos de la historia o de la crítica de la modernidad. La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido la propuesta de un ideal: “La gran filosofía es ciencia del ideal: del ideal del conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, del individuo”.
Y hay que insistir: la institución que durante décadas ha sido la casa de la gran filosofía, la universidad, ha dado muestras alarmantes de ausencia de creatividad; hay una filosofía menor, encorsetada, donde el pensamiento no es capaz de romper los moldes de un quietismo pasmoso que se hace necesario, de ir más allá del porqué, de llegar a construir un modelo que sea ejemplarizante y que se tenga en cuenta y no se destruya desde la base por la ramplonería y por debates plenos de estolideces que no llegan a ninguna parte.
Hay una ausencia de un marco general, lo que hace que la filosofía haga acopio de socorridos análisis de las tendencias culturales, que en definitiva se parecen mucho a juegos florales, a discusiones o charlas de café, carentes de profundidad debido a la timoratez de los intelectuales y a la deconstrucción de lo esencial, recurriendo a libros de autoayuda, holísticos o a la inteligencia artificial, donde se ve la mano del negocio sustentado en la soledad del individuo, de la masa desorientada que, en la búsqueda de un reconocimiento teórico capaz de enderezar conductas, contribuye en la tozudez y en el empecinamiento de creerse poseedores de todas las verdades del mundo, aunque se tenga la desnudez total.
La defunción de la gran filosofía ha sido diagnosticada por los forenses del pensamiento débil y de la narrativa pseudofilosófica que han taponado caminos dirigidos a otros espacios que, dentro del nihilismo y del conductismo imperante, den luz, al menos de la profundidad necesaria para entender lo que pasa ahora, lo que acontecerá mañana y más tarde aún.








