Por Donacio Cejas Padrón.
El Mirador y la vista de Jinama, asignaturas pendientes para las autoridades herreñas.
En los lejanos años de mi niñez, hablar de Jinama era referirse a la principal vía de comunicación entre El Golfo y los pueblos altos de la isla. Continuamente, a todas horas del día y parte de la noche, El Camino de Jinama era transitado por caminantes que en uno u otro sentido se desplazaban en la rutina diaria de su vida, para atender sus cultivos arriba y abajo, que reclamaban la presencia de sus dueños. Recuerdo oírles decir a mi abuelo Francisco y a las personas mayores en aquellos años que a toda hora del día el trozo de camino de El Hoyo hasta La Plaza de Candelaria estaba siendo transitado por alguien, bien en soledad, bien en grupos de vecinos o familiares.
Tengo evidencias de que ya para el año 1935 del siglo pasado la carretera llegaba hasta allí, y era entonces el lugar un sitio para almacenar las mercancías, tanto las que traían los camiones hasta allí como las que subían las bestias desde El Golfo para ser desde allí cargadas en camiones de la época y llevadas hasta el muelle.
Esa actividad tan intensa se mantuvo hasta los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando la carretera llegó en 1942 a Tigaday y en 1950 hasta La Plaza de Candelaria. Pero el camino siguió usándose para los desplazamientos familiares en épocas de las mudadas, y para ir a gestionar asuntos a Valverde. En unas décadas anteriores se había construido allí La Ermita de Jinama, en parte con el apoyo económico de un emigrante de San Andrés, D. Ignacio Padrón Hernández, residente en Cuba, razón por la que se dedicó esta ermita a la devoción de La Caridad, Patrona Religiosa de Cuba, que sigue venerándose allí, y que cada año se celebra su fiesta, con traslado de La Sagrada Imagen hasta San Andrés.
En el año 1,965, el Cabildo de El Hierro, regido entonces por D. Matias Castañeda Padrón, emigrante herreño retornado a su isla como victima de las expropiaciones forzosas impuestas por el Gobierno de La Revolución, que lo despojó de sus buenas propiedades alli, quiso regresar a su isla, y empezar de nuevo desde cero, cultivando las fincas de su padre D. Matias Castañeda Cabrera, pero que al poco tiempo fué nombrado Presidente de El Cabildo, y una de sus primeras obras fué impulsar El Mirador de Jinama, que de acuerdo a las posibilidades del momento se consideró una obra muy bonita, con estilo apropiado para el lugar , y que disponía de mesas y asientos para el disfrute de los visitantes o transeuntes que desde alli tenían la oportunidad de contemplar la imponente vista de El Golfo en toda su extensión, la obra de aquel mirador, era bastante sencilla, pero entonaba perfectamente con el entorno, y todos los herreños se sintieron regocijados por la inversion realizada, pues todos conocian la importancia del lugar tan emblematico. Al paso de los años, y habiendo mejorado considerablemente las condiciones económicas de nuestra isla, se empezaba a echar de menos una acción complementaria en el entorno de La Ermita, adecentando las paredes que la rodean y construyendo un estacionamiento de vehículos; eso era lo que los herreños pedían, y lo que, a juicio de la mayoría, era lo que se necesitaba para darle otro encanto al lugar. Pero no me explico por qué, ni de quién fue la idea; lo que se hizo fue derrumbar el bonito mirador y construir otro con un estilo y unos materiales inadecuados para el lugar, que aparentemente ya está deteriorado y casi inservible, pues presenta unas deficiencias difícilmente reparables. Yo no estoy seguro de ello, pero creo que no ha llegado ni a inaugurarse. Y tampoco se abordó la mejora de las paredes del lugar, que presentan un lamentable estado de abandono y dejadez.
Ignoro qué ha sucedido con El Mirador de Jinama y su fatal destino, que ya no se nombra para nada ni recibe la atención de las autoridades de nuestra isla, resultando que mucho mejor hubiese sido conservar el edificio anterior y hermosear convenientemente el entorno, que eso sí era muy necesario.
Con relativa frecuencia, las generaciones del presente piensan que se lo saben todo, que la vida empezó el otro día, que lo que hicieron otras personas en tiempos pasados no tiene valor alguno y hay que destruirlo y acometer nuevas obras distintas a su gusto y capricho.
Y ese es el resultado: la imposición de una obra que no tiene en cuenta para nada el lugar donde se ha construido y que más bien pareciera un atentado a la vistosidad y a las características paisajísticas de un sitio tan querido por los herreños.
Digo yo que llegará el día en que se tome conciencia de lo que en esta humilde crónica denuncio, y se enmienden los errores cometidos.







