Por Donacio Cejas Padrón.
Año 2010.
Fui invitado por La Casa Herreña de Las Palmas, dentro de los actos culturales programados con motivo de su aniversario núm. XXV, a dictar una charla, y al invitarme no se me fijó tema alguno, pero todos pensamos en que hablaría sobre mis ya numerosas “Crónicas pretéritas” que durante quince años he ido plasmando en La Voz de El Hierro, medio que se edita en nuestro Valle de El Golfo.
Pero se me ocurrió dedicar la charla al fenómeno humano de la emigración en nuestra isla de El Hierro, que tanto ha marcado su historia, que nos ha afectado a muchos de nosotros, y quePrecisamente en épocas pasadas tuvo a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria como destino, y como quiera que yo mismo con apenas catorce años fui emigrante allí, es decir conozco en mi propia persona las consecuencias de ese fenómeno que toca a nuestra isla tan de cerca, tuve a bien confeccionar la charla sobre el asunto y titularla ISLA DE EL HIERRO, TIERRA DE EMIGRANTES, haciendo referencia muy específica a dos destinos, Las Palmas y Venezuela, aportando algunos datos muy curiosos de personas y actividades, y tratando de reflejar el drama humano que supone para un joven el alejamiento de su hogar, de su entorno, de su isla, de su familiares y amigos, las sensaciones que le acompañan y que le marcaran para toda la vida, así como las alegrías que experimenta al regresar su solarpatrio. Trataré de resumir lo más posible el contenido de mi charla.
Así comienza:
Curiosos destinos de la vida, quién hubiese imaginado allá por los años sesenta del pasado siglo, cuando a diario transitaba estas calles subido a aquellas desvencijadas guaguas de la línea dos, para ir al Instituto en el Paseo Tomás Morales, y cuyo trayecto costaba ocho perras, que cincuenta años más tarde vendría aquí a esta entrañable Casa Herreña a hablar un poco sobre cosas de nuestra isla y su relación con esta querida ciudad de Las Palmas. Curiosos destinos de la vida, naturalmente. Y a hablar un poco también sobre el fenómeno humano de la emigración, según mis experiencias y mi criterio.
La emigración es muy dolorosa, sobre todo para los jóvenes; es el desgarramiento, la fractura del hogar, el final de una etapa, seguramente la más hermosa de la vida. Se debe recordar que en nuestra isla, cuando alguien emigraba, las hijas, hermanas, novia, etc., dejaban de ir al baile en señal de pena hasta que se recibieran las primeras cartas del emigrante. Mi niñez transcurrió en el barrio de El Hoyo, junto al Ayuntamiento, y mi ansiosa observación de niño me permitió grabar y guardar para el recuerdo las constantes imágenes de los jóvenes que a diario acudían al Ayuntamiento a tramitar sus papeles para emigrar. Se decía entonces que a veces les bajaban el pantalón a los jóvenes, para que una vez ya vestidos de hombres emprendieran el camino sin retorno de la emigración, pero la verdad es que realmente eran —éramos— unos niños.
La emigración a Las Palmas fue muy numerosa en aquellas décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, una serie de factores se conjugaron para que ello fuera así, entre ellos, la presencia tanto en El Hierro como en Las Palmas de la potente empresa de los hermanos Villarreal, que daba trabajo a decenas de personas tanto en su finca de Aguanueva, como en sus negocios de Las Palmas, casi todos relacionados con la exportación a aquella isla y la distribución de productos herreños como vino, queso, duraznos, higos pasados, etc. la preferencia de los habitantes de Gran Canaria por esos productos, parece que sus mejores condiciones de fiscalidad para la entrada aquella isla de tales productos etc.. Refleje con cierta crudeza las sensaciones que me acompañaron, cuando siendo un niño con apenas catorce años, acompañado de una maletita de cartón y doscientas pesetas en el bolsillo llegué al muelle de Las Palmas fregando platos y vasos, y cerniendo harina, y las impresiones tan singulares que asaltan al ser humano cuando se siente solo y desamparado, y se da cuenta de pronto que la niñez se le ha terminado, que no tiene a quien recurrir, y que ha de soportar el rigor, las exigencias que conlleva una vida en solitario. En mi caso, con la ayuda de algunas personas que nunca he olvidado, como mis padrinos Benito y Florinda, y no sin gran dolor, pude superar aquel amargo trance, y pronto me repuse, inicié por mi cuenta los estudios nocturnos de bachillerato y después Magisterio, y poco a poco y con la siempre invaluable ayuda de Dios, puse mi pie en la escalera de la vida, y escalón a escalón, primero en Las Palmas y después en Venezuela, y acompañado de mi joven y querida esposa, poco a poco hemos construido el edificio de nuestra familia, hoy coronada con la feliz aparición de nuestros adorados nietos.
Repito la relación de negocios de herreños que había en Las Palmas en aquella época, en sentido Puerto Las Palmas, Bar Alaska, Bar Tokio, Bar Vikingos, Bar La Parada, Pensión y Bodega La Nave, Bar Benítez, Bar Nino, Bar La Piscina, Comercio de D. Fidel Morales, Bar Farreras, Hostal Anzoſe, Churreria Las Tres Puertas, Churrería Campos, Bar Tenerife, Bodegas Limiñana, Bar Rayo, Bar Los Tilos, Bar Cantábrico, Churreria La Madrileña, Bar Ripoche, Pensión Regina, Almacén Villarreal, Hostal Madrid, Bodega Juan Morales, Productos Nublo, Bar Los Pinos, Bar Nuevo Sol, Refrescos Alpa, Bar Hespérides, Bar Padrón, Bar Domingo, Bar Tamanaco, Bar Pujol, Pensión Fernández, Bar Guajiro, Bar Tauro, Bar Los Manices, Pensión Benitez, Bar Pedrito, Churreria La Madrileña en Bravo Murillo, Bar Villanueva, Sederías Triana, Pensión Colón, Tienda Villarreal en Trisana, Víveres, los González, Bazar La Pelota, Bazar Benítez Hermanos, y naturalmente algunos otros que escapan a mi memoria.
Como allí expuse y ahora repito, la presencia herreña en la ciudad de Las Palmas tuvo cierto peso en su estructura económica y social, pues de alguna manera era un referente a tener en cuenta. Al paso de los años, y como consecuencia de este curioso fenómeno de tan abultada colonia herreña con asiento allí, ha surgido La Casa Herreña, un Centro Social muy bien situado en el barrio de Ciudad Jardín, con unas magníficas instalaciones que dan cabida a muchas actividades culturales, que reciben a las instituciones herreñas para celebrar allí actos de promoción de nuestros productos, y en suma es un trozo de nuestra isla en la ciudad de Las Palmas.
Hube de referirme también a mi condición de emigrante en Venezuela como tantos y tantos canarios y herreños, país al que llegué el 29 de Agosto de 1966, iniciando mi vida laboral en la ciudad de Puerto Ordaz junto a los inmensos ríos Orinoco y Caroní, curiosamente llamada esa región de Venezuela, La Zona de El Hierro, por sus yacimientos de ese mineral, y la verdad es que esta casualidad hizo que siempre que se hablaba del nombre de la zona nuestra mente se trasladaba a nuestra pequeña y lejana isla desde donde partimos un día y al cual soñábamos regresar algún día, como gracias a Dios así sucedió.
Desde esta revista, agradezco a la Directiva de La Casa Herreña de Las Palmas el gesto que tuvieron conmigo, seguramente inmerecido, de invitarme a ocupar su tribuna por donde con frecuencia desfilan personas de más formación académica que yo, y si humildemente logré entretenerlos gratamente con mi charla me siento de todo corazón satisfecho. Todos estamos en el mimo camino, en el mismo empeño, tratando de hacer nuestra isla más grande, más conocida, y más acogedora.







