En el camino de la historia: A veces, retrocediendo se avanza

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Suena a contradicción, pero es una más de la cara oculta, y no precisamente de la luna, sino del ser humano en íntima pelea consigo mismo.

Desde el momento del nacimiento, y con todas las limitaciones propias de esa etapa evolutiva, el sujeto dotado de los reflejos de prender y succionar divide los objetos de la realidad en dos conjuntos: los que puede poseer y los que no puede poseer. Posteriormente, selecciona entre los objetos que desea retener y los que desea rechazar. Los  que no desea “no existen como componentes de su mundo simbólico”.

Durante  el trascurso de la vida, se establece una selección inconsciente, por lo que considera que aquella situación perdida en el marasmo de  la existencia, por muy desagradable que fuera, le pertenece, ya que está dentro del contexto de su evolución. Le  sorprende ante lo difícil, pero no la rechaza, porque forma parte de su actividad como protagonista  inexcusable de su  vida. Lo retiene porque le ha supuesto una lucha, hasta denodada, para incorporarla a su personalidad.

Sin embargo,  existen en su entorno  circunstancias que no desea; le desesperan ante las  dificultades que le rodean, pero las  minimiza de tal manera, pone fronteras, barreras, y ya puede ser una situación límite. En ciertas cosas que no le interesan, las rechaza; si existen, no le preocupan y no piensa dedicar minutos a averiguarlo, dado que  han influido tan negativamente en su personalidad que no caben en ella.

Toda esta conformación o rasgos que se van implantando en la experiencia y vivencias de una vida cualquiera se definen,  transformándose en alabanzas a la alegría como fastidios a la melancolía.

Y si  aterrizamos en el  espacio angosto de la política, la cuestión es  clarificante, y más si  nos preguntamos: ¿qué nos cuentan de la agria situación mundial, de los diversos y complicados conflictos que generan los  amigos de la guerra, que lo que les importa es la tierra, el territorio, aunque  se  le destroce a bombazos  y las muertes se cuenten por  miles y miles? Nos dirán lo de siempre. Pero no hablarán del negocio de la guerra, lo que  envuelven bajo los pretextos de proteger a los pueblos, cuando lo que hacen es todo lo  contrario: intentar con todos los artefactos de la guerra, bien engrasados,  liquidarlos y que queden en el mapa como un reducto de un mal y trágico recuerdo donde solo se levanta el humo de la codicia humana.

Si  nos diera por repensar las consecuencias que dicen que se van a obtener con unas  guerras  que parecen inacabables, entonces el rechazo es más evidente  desde la  posición  del que no interviene, sino que sabe lo que sabe por lo que ve, que se lo cuentan los periódicos y los  telediarios. Entonces la náusea aparece como un gran eructo  que desde el fondo de su intimidad no se lo cree  porque es un  discurso repetitivo, que empalaga y remueve las tripas hacia la repugnancia.

Y  si, además, en un esfuerzo de consentir esos discursos que prometen esplendor para el mundo, para las naciones, es imposible retenerlos, como que va a suceder lo que nunca ha sucedido o lo que  acarrea la duda a los  que dirán. ¡Pero otra vez! Porque es una repetición, no de los que  oímos, esos están ya alejados, sino de los paralelos, como si fueran los que rechazan, pero, como es costumbre, pasándose la pelota de unos a otros sin terminar la jugada. Los que vienen detrás que arreen, dirán.

Mientras tanto, los que mandan son incansables, no dejan de caminar  acompañados de sus comparsas en acciones fallidas donde las deserciones ni existen ni se les espera.

Y a los que, que son mayoría, a los que  se  intenta convencer, el rechazo es patente, la sonrisa irónica se marca en la cara. De ahí  que retroceder, meciéndonos en los deseos que pudimos cumplir, en las satisfacciones que pudimos sentir, aunque estén envueltos en los recuerdos de la infancia, de las  esperanzas de juventud y de los impulsos de la madurez, nos sitúe en un espacio de rebeldía para no avanzar por los caminos que nos indican los conductores de  voluntades que son ingentes;  rechazando  espacios donde  se  crea una propaganda falaz que, acompañada con una música casi celestial entonada por los acordes del adulamiento  y la sumisión, recuerda a lo que Antonio Machado enfatiza: que en este país a veces suena más la charanga y la pandereta que otra cosa.

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