En el camino de la historia: La paz en  una constante ausencia

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Nos había dicho el filósofo universal de Konigsberg en sus escritos sobre la Paz Kantiana, que el mundo llegaría, al fin, a comprender que la guerra aunque era inherente al ser humano, y que muchas veces los conflictos aparecían por la avidez de conquista, estos se  orillarían para que prevaleciera la paz con todo el despliegue alado de su blanca paloma.

Pero el mundo empujado por los poderes de siempre se desempolva de sus miserias y una vez más deja atrás las propuestas de paz del filósofo alemán,  haciéndole caso a ese genio maligno oculto que permanece dormido dentro de sí. Genio maligno que cuando se encabrita, sin saber porque, seguramente por mandato de ese mismo mal, mira con desprecio a los que desvalidos de poder están en la cuneta de la historia; a los que el desasosiego se acerca en turbulencia escondida y comandada por los secuaces de turno; se mitiga, la esperanza y los valores que se han apuntalado en el tiempo se derrumban por los cohetes supersónicos cargados de espoletas de muerte, donde los atónitos  ojos de los desvalidos no acaban de cobrar serenidad.

Bombas que caen sobre Irán a la vez que quien ordena muerte y destrucción, hace oídos sordos a sus hordas paramilitares que con sueldos millonarios ejecutan ciudadanos y separan niños de sus padres  por un simple papel que no está en regla. Amenazan a Cuba postrándola de rodillas por el hambre y la desolación, que si ya los cubanos lo pasaban mal, ahora no es que lo pasen peor, es que están al borde de la extinción como pueblo por las exigencias de un poderoso señor que funciona por las ocurrencias que tiene un día y por los mandatos de sus adláteres económicos, a los que poco les importa escribir paginas de la historia de los pueblos con trazos de negra tinta, donde las palabras llanas que rodeen acuerdos sensatos y universales se secuestran con la misma alegría que meter una pelota de golf en el hoyo más lejano.

Para unos, todo es  luminosidad pero para otros, la inmensa mayoría, aparecen tiempos de oscuridad que podrán conducir al mundo a un callejón sin salida y más aun cuando se invoca la razón por los irracionales y donde se habla de paz por aquellos que no se cansan de hacer la guerra.

La paz no llega, que es lo más deseable. Y nos desesperamos que cuando parece que al alba anuncia un nuevo camino marcado y alentador, comprobamos que solo es un sueño, porque aun no nos hemos despertado de una noche larga, eterna. Lo que motiva que en nuestro  pensamiento se  abra un hueco para Bertolt  Bresch que enfatiza con dos trazos literarios el valor del hombre cuando es protagonista de su propia destrucción.

¿“Sabes lo que es el arroz? ¡Conozco a quien lo sabe¡. No se lo que es el arroz, solo conozco su precio.

“¿Sabes lo que es un hombre?.¡Conozco a quien lo sabe¡. No se lo que es un hombre, pero conozco su precio”.

Con esto está dicho todo. En un simple enunciado, en unas cortas interrogaciones, las respuestas son las de siempre, las de ahora y las que ha sido una constante en el viejo caminar de la historia.

Y mientras se continúe así seguiremos inmersos en tiempos de oscuridad, de espaldas a la luz, donde los protagonistas de la historia son los atrevidos, los iluminados que brillan con la luz que ellos generan así mismos; pero que en los caminos del mundo lo que desprenden son fogonazos que comprometen la vida de los desposeídos por más que Enmauel Kant se haya empeñado en convencernos  de lo contrario. O al menos que se podía  lograr siquiera estar en un periodo de tregua donde se estableciera la paz. Pero, ni eso.

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