En el camino de la historia: O revolucionamos la ética o nos robotizan

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

El mundo no está para bromas, pero parece que sí. Las amenazas de los poderosos hacia aquellos que se encogen ante tanta fuerza descomunal no tienen fronteras de control en los comportamientos. Se hace lo que se proponga; el desvalido será presa fácil. Destruir un país supone, desde que lo deciden con amenazas hasta su exterminio, unos pocos días.

Si dan tiempo a recibir el mensaje de la destrucción, cambian el discurso; hasta los protagonistas, que siendo los mismos, la robotización les pone cara amable y  modifican sus ropajes de guerrero feroz por gestos camuflados en el espacio movible de la digitalización, que atrapa y hasta confunde nuestro entusiasmo.

Y todo esto viene a cuento porque las plataformas digitales no solo han cambiado nuestra imagen del mundo, sino también nuestro uso de los sentidos, en especial el tacto y el de la mirada. Ya no nos tocamos y miramos como en el mundo agrario ni en el industrial que nos ha precedido. De ahí que la revolución de la ética que se establece hoy en día estribe en que está modificándose en toda su substancia el marco más profundo de las percepciones, hábitos y creencias que nos servían hasta hoy para hablar de todo “como debe ser”.

Y es el mundo digital, el mundo de la imagen y el de la informatización, el que está dejando atrás como un miserable desposeído de todas sus facultades a los sentidos; la mirada y el tacto mediatizados carecen de sustancialidad y valor propio.

La revolución de la ética no debe consistir en dar un giro copernicano a los valores que se venían asimilando desde la revolución industrial, herederos de la revolución francesa. La revolución debe estar enmarcada en una visión del mundo propia, sin estar intervenida por avances tecnológicos que nos permitan, a través del mínimo esfuerzo, asomar nuestra curiosidad aquí o allí. Y como característica fundamental, influir sin apenas crítica, sin apenas reconsideración de textos e imágenes, dejándonos zambullir en un espacio que no es el nuestro, sino el que nos propongan, cambiando comportamientos que nos alejen de nosotros mismos como seres que piensan, que reflexionan; puesto que el camino a seguir se madura por uno mismo y no se copia de  otros cuyas intenciones siempre estarán ocultas.

La ética necesita una revisión no solo desde la academia de la filosofía moral y política, sino desde el convencimiento propio de una mejor composición de la sociedad que nos rodea. Sin embargo, para llegar a ese convencimiento social, se necesita una mejor idea que el mundo de los algoritmos y de la digitalización, que, por supuesto, son necesarios, pero hay que evitar que nuestros sentidos, por la falta de  rodaje, se atrofien. Deben alongarse a la curiosidad y que sea un complemento formativo de la persona y de una sociedad que necesita alejarse a marchas forzadas de la ramplonería y de la uniformidad establecida.

Y debe ser así, porque de lo contrario estaríamos en los albores de una ética desposeída de humanismo, por lo que la revolución ética debe evitar la atrofia de los sentidos por falta de práctica y que nos encontremos el día menos pensado, que puede ser ya, sumergidos en una robotización humanoide.

Robotización que, paradójicamente, fue inventada y propiciada no solo para avanzar en ciertos aspectos, sino que pudiera darse que fuéramos inconscientemente en busca del último eslabón perdido. Y lo hayamos encontrado enmarcado en una imagen lastimera, derrotista, donde la ética de los principios y la de la responsabilidad se han diluido en el marasmo de un mundo que va en derrota fabricado por el mismo hombre como su más fiel colaborador.

Lo que no deja de ser  más que lamentable, preocupante.

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