Por Alfredo González Hernández.
Hoy el corazón del socialismo que compartimos late un poco más despacio. Escribir estas líneas es difícil, porque cuando se marcha un compañero de ideas, se va también una parte de nuestra propia biografía política y personal.
Te recordaré siempre por esas conversaciones que nos dábamos, que no rehusábamos y que tanto me gratificaban. No eran simples debates de siglas o de gestión; eran conversaciones ideológicas de las de verdad, de las que buscan entender el mundo para intentar arreglarlo. Contigo, el intercambio de opiniones nunca fue un monólogo, sino un ejercicio de escucha y de esa comprensión mutua que hoy tanto escasea.
Compartimos muchos momentos:
Las alegrías, cuando sentíamos que el progreso ganaba terreno.
Las tristezas, ante las derrotas o las injusticias que nos dolían como propias.
La lealtad, esa que se forja en la constancia de los ideales compartidos.
Me queda grabada a fuego nuestra última charla. Seguías tan lúcido y comprometido como el primer día, preocupado por el horror en Gaza y la inquietante sombra de una guerra con Irán. Me reconforta saber que hasta el final mantuviste esa mirada internacionalista y humana, esa rebeldía contra la injusticia que ocurre a miles de kilómetros pero que sentías en la puerta de casa.
Te vas, Inocencio, pero nos dejas tu ejemplo. El PSOE pierde a un militante ejemplar, y yo pierdo a un amigo con el que el mundo siempre parecía un poco más comprensible.
Que la tierra te sea leve, compañero. Tu lucha, tus reflexiones y tus opiniones se quedan con nosotros







