Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).
Amaneceres y crepúsculos en muchos rincones de El Hierro vibran amenizados por el sentido canto del alcaraván (Burhinus oedicnemus), audible a distancia. La aflautada melodía inspiró su onomatopéyica denominación de “pedro luis”, arraigada en otras islas del archipiélago. Suscita controversia entre nuestros paisanos la interpretación del canto. Para unos, emitido cerca de una casa es señal de “mal agüero”, anunciando la muerte inminente de una persona; otros, en cambio, sostienen que en realidad delata embarazos recientes. En fin, lo esencial es disfrutar de la misteriosa llamada nacida durante el esplendor de la incertidumbre.
Alguno de nuestros mayores, desconcertado ante su desgarbada figura, calificaba al alcaraván de ave “primitiva”. Y la verdad no pasa desapercibida, a pesar de todo su celo por disimular, exhibiendo cuerpo mediano, robustas patas largas y cabeza grande adornada con saltones ojos amarillos. En síntesis, la fisonomía de un rastreador de las penumbras, cuya verdadera actividad comienza al atardecer y culmina con la salida del sol. Durante el día deambula con parsimonia, consciente que la movilidad lo delataría y, si no es molestado, no suele levantar vuelo. Cuando lo hace, otra sorpresa, porque su notable envergadura y diseño alar delatan a una buena voladora, a fin de cuentas es un limícola, grupo de aves repleto de hazañas migratorias en los desplazamientos a largas distancias. Pero nuestro alcaraván se siente mucho más cómodo marchando, incluso corriendo, sobre el terreno, a veces con el cuerpo estirado en horizontal, disimulando su figura. Así, sin apenas competencia en la noche, explota el abundante recurso que representan los pequeños animales (insectos, arañas, caracoles, perenquenes, ratones, etc.). Aliado formidable del agricultor, el alcaraván limpia el terreno de fétidos milpiés (“bichos negros”) y devora sin problemas las temibles arañas mamonas.
Como muchas aves que anidan en el suelo, el alcaraván recurre al camuflaje de nido, huevos y pollos para evitar su detección por los depredadores. Para empezar, disimula el nido, habilitado en una sutil depresión, todo lo que puede utilizando palitos, piedritas e, incluso, excrementos de conejo. Luego, los huevos, en general dos, mostrarán más o menos pigmentación en función del sustrato. Durante la incubación la pareja extrema la prudencia, evitando merodear cerca del nido y respetando amplios turnos a la hora de empollar los huevos. Confían tanto en su camuflaje que, en ocasiones, el adulto yaciente se deja casi coger con la mano. Por otro lado, los pollos, que eclosionan a los 24-26 días de la puesta, abandonan muy pronto el nidal. Eso sí, ante la menor señal de peligro desaparecen tendidos en el suelo, absolutamente inmóviles. Los adultos, valientes, defienden a su prole, alejando al ganado y atosigando a los gatos que merodean cerca. Frente al humano, procuran desorientarlo simulando que están heridos y no pueden volar. A pesar de todas estas estrategias, huevos y pollos sufren bajas por cuervos, gatos y perros, que el alcaraván mitiga mediante segundas puestas y el rápido reemplazo de las fracasadas (en menos de un mes). Respecto al vínculo con la zona de cría, las parejas suelen ser fieles todos los años al mismo territorio. Culminada la reproducción, los alcaravanes forman agrupaciones de docenas de ejemplares que acuden regularmente a los mismos enclaves de concentración y reposo. Calificar a El Hierro como la “isla de los alcaravanes” no es ninguna exageración si atendemos a los últimos estudios realizados, que constatan la presencia de un mínimo de 250 parejas y alrededor de 700 ejemplares. Además, está bien distribuido por todo el territorio: desde los llanos costeros de Frontera y hoya de Tecorón hasta el corazón mismo del pinar en las laderas de Taubenta, llegando a vivir a 1.350 metros de altitud alrededor de la Cruz de Los Reyes. No obstante, el hábitat preferido de la especie son las planicies herbáceas de Nisdafe, Aitemés y La Dehesa, así como los campos abiertos, entremezclados con cultivos, alrededor del pueblo de El Pinar y Tancajote. Nuestros campesinos y ganaderos coinciden en que la población de alcaravanes se ha recuperado, después de haber sido cazado para comer (empleando burros que despistaban al ave) y padecido las secuelas de los venenos utilizados frente a langostas y saltamontes. Hoy día, la notable población de alcaravanes herreños, síntoma de naturaleza saludable, representa el baluarte de una raza endémica con serios problemas en La Gomera, La Palma y Tenerife. La especie padece también un acusado declive en Europa, superior al 30% en los últimos cincuenta años, afectada por la pérdida de hábitats, menoscabo de la ganadería extensiva, fumigaciones con fitosanitarios y agricultura intensiva.






