Por Jorge Fonte.
Hay noticias que nunca deberían producirse. Noticias que no deberían existir. Hechos que nunca deberían ocurrir. Uno de ellos es la muerte de un amigo. E Inocencio Hernández González fue un buen amigo. Uno de los buenos. De los mejores. La noticia de su repentina muerte me ha cogido por sorpresa, me ha dejado helado, casi muerto, como él. Sin palabras, dolorido, apenado, roto. En deuda con la vida, con su vida, con él. En deuda eterna con él.
Fue un hombre enormemente generoso, un amigo fiel, cariñoso, un herreño de pro. Su sonrisa llegaba antes que él, y con ella su amabilidad, sus buenas palabras, su aprecio, su interés por ti, por lo tuyo que inmediatamente él hacía suyo. Inocencio Hernández fue un buen hombre. Un hombre bueno. La sonrisa llegaba antes que él. La alegría también.
Murió donde mejor podía hacerlo, en el mar, en su mar, en el mar de El Tamaduste, en su Tamaduste, que siempre fue nuestro, y que ahora es suyo. Mucho más suyo. Se es de donde se nace, sí, pero también de donde se muere.
Ahora es tiempo de recuerdos, de llevarlo dentro, de añorarlo, de sentirlo, de llorarlo. Es tiempo de penarlo.
Esperaba de la vida que me hubiera dado otro rato con él. Al menos uno más, para oír su risa, escuchar su voz, disfrutar de su alegría. Pero la vida, egoísta a veces, no quiso. Se lo llevó.
Hay noticias que uno no quiere oír, que no deberían existir.
Hay noticias que te entierran, que se llevan un poco de tu vida.
Hay hechos que, sencillamente, no deberían ocurrir.







