Por Roque del Pozo.
No parecería desatinado que, si un famélico cuervo afrijola un baifito recién nacido para alimentar a su prole, salga en los noticieros de la isla.
—Apareció al canto el letime, le sacó los ojos y tuló hasta la tunera. Esconchadito. Todavía se ve el estropicio. ¡Isús, Isús! ¿Y que no pueda uno retorcerle el pescuezo? ¿Onde sa visto?»— se lamenta el atribulado ganadero con mirada envenenada.
Tampoco lo parecería si una maestra arrocera elabora una gigantesca y suculenta paella para festejar la derrota electoral de un ominoso político, que ni a tres cochinos sabía gobernar.
—¡Qué manitas, Virgen de los Reyes! Lo que no haga esa Piluca… —Chismorrea Conchi, la de Rodolfito Pejines, remetiendo los entresijos mientras escucha el noticiero vespertino.
Incluso, si un parapentista logra posarse en la cruceta del campanario de Joapira desafiando a un enloquecido viendo de ladera, en la primera tentativa, a la pata coja y tomándose una autofoto durante la arriesgada maniobra.
—Es cosa del diablo, Rafaelito —dice Juanín, el Flaco, largando un gargajo mal atravesado—. ¡Yo sí digo! —apostilla el aludido, rascándose el pelado totiso.
Y si un pelotón de lagartos ocelados abandona su morada al pie del Risco y da en palanquinear por las rúas costeras, y después de bailar animadas berlinas acompañando a los chicos de la Tejeguatito, se echa unos golpitos de vino de la última cosecha antes de regresar al refugio, no sería extraño que los reporteros ambulantes destacaran el hecho. Aunque —y no se debe omitir— se rumoreó que hubo discrepancias en cuanto al avalúo del relato. Unos se asombraron de que los lagartos bailaran con semejante viveza y arte; y otros, que los músicos tocaran y bailaran con unos saurios holgazanes.
—No sé quién está más deschavetado. ¡Fuerte desgracia! —masculló un goledor que se acercó, soplando la colilla y aplastándola con la bota empolvada.
Lo que no parece noticiable es que durante el mes de abril —mes dedicado tradicionalmente al libro y a quienes lo hacen posible— los medios de comunicación difundan los resultados de los esfuerzos creativos y divulgadores de la cultura literaria vernácula (o foránea). Y eso parece, cuando menos, extraño; y a la vez, revelador de las afecciones cerebrales de quienes lo obvian.
He asistido durante el citado mes a unas cuantas presentaciones de libros sin que los medios se hicieran eco, ni siquiera asistidos. ¿Es que acaso no valoran estos actos? ¿O se atorran, aguardando noticias más campanudas?
El día 26 de abril se celebró el Día del Libro en el mercadillo municipal de la calle Benito Padrón, organizado por el Ayuntamiento de La Frontera, donde hubo un encuentro de escritores herreños, firmando libros y leyendo fragmentos de sus obras al público asistente. La asociación cultural El Letime participó activamente en el acto recitando poemas y leyendo pasajes de sus creaciones literarias. Y constatamos los allí presentes que ningún periodista o reportero fuera capaz de orillar siquiera unos minutos su labor pesquisidora para dar constancia y difusión del acto, ni entrevistar a escritores, lectores o público asistente.
Pero así sucedió, si no estoy equivocado.
Al terminar, supimos que un sargo breado, tras zafarse del lacerante anzuelo y antes de regresar a sus ansiedades marinas, derribó de un coletazo al malvado pescador que lo había violentado. Y se dijo que algunas cámaras y varios móviles armaron una trifulca para grabar la escena. Y que una avispada reportera trató de arrancarle unas palabras al atónito pescador.
—Vete pal carajo —le espetó airado desde el suelo.
Luego, ansiosa, se dirigió al sargo, quien la mandó a freír espárragos. Y reparando en el frustrado pescador, que le miraba como un tolete, le advirtió con rajoyesca sorna:
—Con la mujer y el pescado, mucho cuidado, ¡mire usted!
Y su risa se alejó margullando en las espumas mientras los maguados reposteros se dispersaban mohínos.







