Carta abierta en defensa de Tacorón

Por Azur Marianne.

No puedo permanecer en silencio ante lo que está ocurriendo en la Isla con Alma, el lugar donde vivo y donde estoy criando a mis hijos.

Hablo desde el corazón, pero también desde el criterio técnico y científico que me aporta mi formación como arquitecta especializada en la gestión del patrimonio cultural. Y precisamente por eso me preocupa profundamente la instalación de tumbonas de hormigón y nuevo mobiliario en Tacorón.

No se trata simplemente de colocar unas hamacas. Se trata de aumentar la capacidad de carga de un espacio natural especialmente frágil y protegido.

Tacorón alberga numerosas especies protegidas, entre ellas la pardela chica (Puffinus baroli), el petrel de Bulwer (Bulweria bulwerii), la pardela cenicienta (Calonectris borealis) y el halcón tagarote (Falco peregrinus pelegrinoides), catalogado en peligro de extinción. Además, se encuentra dentro de una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y forma parte de las Áreas Prioritarias de Reproducción, Alimentación, Dispersión y Concentración de la Avifauna Amenazada de Canarias, reconocidas oficialmente por el Gobierno de Canarias.

El problema no son las tumbonas en sí, sino lo que representan. Más zonas de solárium significan más visitantes, más vehículos, más presión sobre los aparcamientos, más tránsito y, en consecuencia, un mayor impacto sobre los hábitats naturales. La capacidad de acogida de Tacorón no puede crecer indefinidamente. La gestión responsable de un espacio protegido exige precisamente lo contrario: establecer límites y gestionar adecuadamente el acceso para garantizar su conservación.

También resulta difícil entender la introducción de grandes elementos de hormigón en un malpaís volcánico cuyo principal valor es, precisamente, su estado natural. Tacorón no es La Estaca. Está situado en el sur de la isla, en una zona mucho más árida, con una mayor exposición al sol y a los procesos erosivos. Cualquier intervención tiene aquí un impacto ambiental y paisajístico mucho mayor.

Además, la legislación vigente obliga a actuar con prudencia. La Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, la Directiva Europea de Aves y la Ley 4/2010 del Catálogo Canario de Especies Protegidas exigen que las administraciones velen por la conservación de los hábitats y las especies protegidas, aplicando el principio de precaución cuando existan dudas razonables sobre los posibles efectos de una actuación en espacios de alto valor ecológico.

Por eso mismo preocupa mucho que la principal justificación ofrecida por el Ayuntamiento sea la necesidad de ejecutar fondos europeos para no perder financiación. Ninguna subvención puede justificar actuaciones que aumenten la presión sobre un espacio protegido. Gastar dinero europeo únicamente para no perder una ayuda nunca puede convertirse en una excusa para sacrificar territorio, biodiversidad y paisaje. Los fondos deben adaptarse a las necesidades del territorio, y no el territorio a la necesidad de gastar fondos.

Me pregunto: ¿de verdad no era posible plantear otra actuación que permitiera justificar esos fondos sin poner en riesgo los valores que precisamente pretendemos conservar? Por ejemplo, la instalación de paneles interpretativos sobre la riqueza geológica de la zona, la avifauna protegida, la reserva marina, los caminos tradicionales de herradura o el propio patrimonio natural y cultural de Tacorón. Iniciativas que, además de contribuir a la educación ambiental, reforzarían el conocimiento y el respeto por este espacio singular.

El Hierro presume, con razón, de ser Reserva de la Biosfera, Geoparque Mundial de la UNESCO y la Isla con Alma. Pero estos reconocimientos no son solo un eslogan o una herramienta de promoción turística. Son un compromiso con un modelo de desarrollo basado en la conservación, el respeto al paisaje y la sostenibilidad.

Y precisamente aquí debemos hacernos una pregunta importante: ¿qué turismo queremos para El Hierro?

No necesitamos más visitantes a cualquier precio. Necesitamos visitantes que valoren lo que hace única a esta isla. Necesitamos calidad, no cantidad. Un turismo que respete nuestros paisajes, nuestra biodiversidad, nuestros productores, nuestra agricultura, nuestra pesca, nuestra cultura y nuestra forma de vida.

La riqueza de El Hierro nunca ha estado en la masificación. Está en su autenticidad. Está en sus paisajes volcánicos intactos, en sus especies únicas, en sus productos excepcionales, en la calidad de su gente y en la relación respetuosa que siempre ha existido entre la población y el territorio.

Como madre, me preocupa profundamente el futuro que les estamos dejando a nuestros hijos. No se trata de oponerse a todo ni de impedir cualquier actuación. Se trata de hacer las cosas con criterio, planificación y respeto. De pensar en el largo plazo y no únicamente en la próxima subvención o en la próxima fotografía.

La mejor forma de proteger el futuro de la Isla con Alma es no convertirla en un destino más. Debemos seguir siendo un lugar único e irrepetible, donde el desarrollo no se construya a costa del territorio, sino precisamente gracias a su conservación.

Y concluyo con este alegato, que nace tanto de la razón como del amor profundo por esta tierra:

No es frenar el buen progreso

ni vivir de espaldas hoy;

es guardar Tacorón vivo

como lo quiso el Creador.

Que Tacorón siga siendo

vida, volcán y mar azul,

y que hallen nuestros hijos

lo que nosotros vivimos.

Y no hay futuro más digno,

ni más firme voluntad,

que crecer sin destruir

lo que nos da identidad.

Porque pierde su riqueza

quien la vende por pasar,

y no hay progreso más noble

que saber conservar.

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