Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Siempre ha sido motivo no solo de curiosidad, sino de la originalidad que entraña el carácter del herreño. Como diría un intelectual herreño, la condición de “herreñear” ha abierto puertas porque porta un salvoconducto de honradez allí donde ha ido y donde su palabra es su mejor firma.
Así fue y así intenta abrirse paso en las cuestiones que tiene que dejar constancia de esa peculiaridad isleña que desde su isla asume un gran universo que trasciende el canario.
Hay rasgos característicos desde el ámbito de la psicología que lo lleva implícito desde tiempos lejanos, donde las dificultades, hasta de sobrevivir, eran verdaderamente peliagudas. Lo que le conducía a la resignación ante vivencias imposibles que le dotó de una nobleza imperecedera en el tiempo y asumir con seriedad cualquier acto que tuviera que desarrollar día a día.
Además, puede contribuir esta actitud, la geografía del territorio, lejos del resto de las islas, donde en su momento la comunicación, además de arriesgada, se contaba los días que se podía verificar. Y cara a América, se encontró desprotegida durante años, lo que hizo que se viviera en la desesperanza, lo que originaba que se dieran acontecimientos tales como un simple parto en épocas que no había hospital o enfermos que requerían una cirugía urgente como una simple apendicetomía o reparar una úlcera gástrica sangrante, donde el riesgo motivó que todo esto se pagara con una muerte que podía tener solución, pero los recursos adecuados estaban en la más lamentable de las ausencias.
Lo mismo que la emigración fue un atisbo de resignación y que asumieron sus riesgos muchísimos herreños que, haciendo alarde de un verdadero aventurismo, emprendieron la ruta de lo inesperado; pero Venezuela, Cuba, Argentina, Uruguay y otras repúblicas americanas estaban dispuestas a acoger a los que se adentraban en la mar océana. Inmensidad que se hacía infinita desde Orchillas hasta llegar a América, donde recomponían con el esfuerzo de su trabajo las carencias que su patria chica les había hurtado.
El herreño, desde su nobleza y honradez, supo zafarse de extraños y embaucadores personajes que llegaban a la isla con la pretensión de creerse más que nadie, pero que al final se quedaban atrapados en el gesto y la honestidad de unos habitantes que no andaban con tapujos, que eran claros como el agua y que, al fin, arrimando todos el hombro, han conseguido poner a la isla en un sitio hoy envidiable ante tanta vorágine y prisas por llegar a ninguna parte.
El herreño siempre espera, no tiene prisas, sabe gestionar la espera. No precipita acontecimientos, los moldea, les da las vueltas necesarias desde la herencia de años de un comportamiento siempre dispuesto a poner el listón alto, tanto en la isla como allí donde quiera que vaya. Y es que es así.







