Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Muchas veces, los caminos de los que gestionan políticas, siempre en beneficio de la isla, se separan con visión distinta, camino de una actuación que no es común. En otras ocasiones, la discusión abre nuevos espacios que a veces son de concordia y entendimiento.
El malestar que sobreviene se refleja en gestos y actitudes, y los conflictos requieren paciencia, darles las suficientes vueltas para determinar una posición que, contrastada con la oponente, genera un discurso admisible y aplaudido por la mayoría.
Hubo, sin embargo, retazos y capítulos de la historia de la isla donde no circuló un conformismo generalizado. Y fue con motivo de la contratación de un médico municipal que pudiera desarrollar las tareas de la beneficencia y la dirección del hospital, que en aquellos momentos más bien funcionaba como asilo o casa de acogida. En cuya contratación era determinante la influencia de la clase dominante en su momento, bien los Cejas, los Fuentes y, cuando no, los Quinteros.
Hasta que llegó don Pancho “el médico”, que había terminado en Barcelona la carrera de Medicina; y no solo asumió la máxima autoridad sanitaria, sino que a su vez ejerció el mandato de Delegado del gobierno y la presidencia del Cabildo.
Don Pancho se establece en la isla como médico libre, aunque un poco más tarde fue nombrado forense, coincidiendo con el médico titular, don Guillermo de La Paz Cabrera.
Y ahí acontece lo anterior referido, sobre el poder de las familias políticas. Don Pancho y don Guillermo, por ese motivo, no se llevaban bien; tan es así que don Guillermo tuvo que ausentarse a la isla de La Palma, de donde era natural; y como no había solicitado permiso para el mencionado viaje, el ayuntamiento, aprovechándose de esta cuestión, acuerda destituirlo.
De esa manera, don Pancho queda como único médico titular en la isla. Y más tarde, una vez constituido el Cabildo por la ley de Cabildos de 1912, se funda aquel pequeño hospital, antes mencionado, al que se le nombra director.
Don Pancho puede considerarse el primer médico herreño que desarrolló íntegramente su vida profesional hasta que se jubiló, aunque continuó unos años más dirigiendo el hospital, que, una vez que cesó, el Cabildo de El Hierro le distinguió como médico director honorario de dicha institución.
Don Pancho, sin discusión, fue el médico de nuestra infancia. Nos atendió de las enfermedades infantiles, como el sarampión, varicela y tos ferina, sin olvidar los recurrentes catarros bronquiales a los que nos sometía con aquellos inyectables dolorosos de “pulmomade balsámico”, que cuando oíamos llegar a casa a Paulino y alguna vez a doña Rosario, el cuerpo se nos echaba a temblar.
A partir de ahí tuvimos la suerte, quizás como futuros colegas de otros profesionales de la salud, de que no hubo desencuentros; la amabilidad y la dedicación de “nuestros médicos” fue exquisita y de alto calado profesional aun contando con los pocos dispositivos para diagnóstico que la época reportaba.
¡Juan Ramón! ¡Qué vamos a decir de él! Las palabras se agotan; Juan Ramón es ilimitado. Juan Ramón no descansaba; sus enfermos, cuando lo solicitaban a cualquier hora, allí estaba. Y, además, amigo intelectual de charlas interminables, de una sabiduría acrisolada, y cuando tuve la opción de hacerle una consulta, sus desvelos y cariño no tuvieron límites.
José Padrón Fernández, la cordialidad ambulante, dispuesto a lo que fuera y en los momentos que se le requiriera. Siempre en el recuerdo de los momentos difíciles.
Jaime González, titular a Frontera, al que se le conocía como “El médico del Pinar”. Venía los días de correo a pasar alguna que otra consulta en lo alto de la venta de Felipe Benítez.
Médicos de la infancia, aunque Juan Ramón, por cronología, se escapa de ellos, y coincidí con ganas de oírlo, ya médico, en su casa del Tamaduste, donde las horas arrastradas por sus palabras sí hicieron infinitas, gratamente interminables, donde sus ansias de ser médico en su isla fueron cumplidas, y los herreños se sintieron satisfechos a lo largo de la historia y, por mi parte, con una gran y reconfortante alegría que haya sido así.








