¿Qué nos está pasando?

Alfredo González Hernández, Arquitecto Técnico jubilado.

Por Alfredo González Hernández.

Hay coincidencias que deberían estremecernos como sociedad. En pocos días hemos conocido la muerte de un centenar de jóvenes que intentaban llegar a Ceuta buscando algo mejor, han aparecido en La Restinga pintadas que califican de «basura» a quienes llegan huyendo del hambre, la guerra o la desesperación, y ha fallecido un tercer tripulante de un cayuco tras arribar a El Hierro.

¿Qué está pasando? ¿Cómo hemos llegado a que el sufrimiento humano conviva con el desprecio y la deshumanización?

Es legítimo debatir sobre la inmigración irregular, exigir una gestión más eficaz de las fronteras o reclamar que Europa y el Estado asuman sus responsabilidades. Lo que no es legítimo es convertir a las personas en enemigos por el simple hecho de emigrar, ni alimentar el odio con insultos o deshumanización.

También resulta preocupante escuchar a quienes aseguran tener soluciones fáciles para un fenómeno extraordinariamente complejo y que aqueja a media Europa. Muchos lanzan consignas, pero no explican cómo aplicarlas respetando la legalidad nacional e internacional y los derechos humanos. Y otros, directamente, proponen actuaciones que serían ilegales e incompatibles con un Estado de derecho. No se sabe si por ignorancia o con la mala fe de confundir. Los problemas complejos no se resuelven con eslóganes, sino con políticas eficaces, cooperación internacional y respeto a la ley.

Las palabras importan. Cuando se llama «basura» a un ser humano, se está dando un paso hacia la normalización del odio. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia y una historia.

Resulta especialmente doloroso que, para algunos, parezca más preocupante la visibilidad de los contenedores que sirven para prestar los primeros auxilios a quienes llegan al borde de la muerte que el drama humano que representan, que por ello deben estar lo más a mano posible para darle esa urgente atención, a veces la última. Que se considere que esos recursos afean el paisaje o perjudican al turismo revela una preocupante inversión de valores. Lo que realmente deteriora la imagen de un pueblo no es un contenedor de ayuda humanitaria, sino la indiferencia ante el sufrimiento de quienes lo necesitan para seguir con vida.

El Hierro ha demostrado muchas veces que la solidaridad puede convivir con la exigencia de soluciones. Defender la dignidad humana no significa renunciar al control de las fronteras ni a una inmigración ordenada. Significa recordar que ninguna política será justa si pierde de vista el valor de la vida humana.

La pregunta no es solo qué está pasando con la inmigración. La pregunta también es qué está pasando con nosotros cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver amenazas.

Cuando dejamos de ver personas y solo vemos un problema, el problema ya no es la inmigración: somos nosotros.

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