En el camino de la historia: ¿Qué  podemos esperar?

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

En el párrafo inicial del “18 Brumario de Luis Bonaparte”, Marx observa que todos los acontecimientos y personajes importantes en la historia ocurren dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Sin excluir que las tragedias se repitan, una y mil veces hasta llegar a la farsa concluyente.

Cuando la caída del comunismo, la mayoría de los comentaristas, hasta los intelectuales occidentales, presagiaban con rotundidad que vendría la paz  y la libertad, pero visto lo visto, no cabe duda de que la ingenuidad se alió con la inteligencia, puesto que la paz está amenazada y la libertad ausente  y  en muchos universos que nos tocan de frente.

Y lo que  palpita es la inseguridad que se evidencia en diferentes escenarios, lo que ocasiona que se instale en la sociedad el temor, no solo el temor a una guerra de grandes dimensiones, sino al paro,  al terrorismo, a la depauperación  social donde las colectividades viven  atemorizadas a pesar de la conexión con redes y demás artilugios que distancian a unos de los otros más que los unen. Y el temor, ya colectivo, es la incapacidad al saber que no somos dueños de nuestras vidas, que ignoramos hacia dónde debemos dirigirlas  porque los objetivos que deben imperar, por los que mandan en las altísimas esferas de los gobiernos del mundo, solo piensan en especular, en rendir pleitesía a los poderes financieros, ladrones de guante blanco a los que se les reverencia como si fueran los verdugos de las plazas de la Edad Media antes de dar el hachazo mortal.

Los que entienden de  valores insisten en que la tarea para corregir lo que está desregulado y dentro de las posibilidades de cada uno es una tarea complicada porque, sin las ayudas, sin los amparos necesarios para apuntalar la personalidad  y ver mejor, el futuro se hace muy difícil.

Pero es una tarea que se tiene  por delante y, por lo menos, ante cualquier atisbo de cambio, estar preparados para corregir  a los que nos han engañado, a los que  navegan por las aguas de la mentira y a los que, creyéndose más listos que nadie, solo saben meter el pico bajo el ala. 

Y ante  la interrogación de ¿qué nos espera? La ciencia no es categórica a pesar de la inteligencia artificial; la filosofía se pierde en el  escenario del desánimo y no concluye, la poesía solo sirve para el desahogo personal, la literatura para transitar por el camino de la fabulación, y la política desaparecida del mapa de la inteligencia, instalada en la ramplonería, de ahí que romper el interrogante se hace difícil, muy difícil. Tal vez pudiera acontecer el nacimiento de un nuevo discurso que atraiga, que sea esperanzador. Tal vez.

Cualquier cosa podrá ocurrir. Cuando hay anuncios de unas elecciones  el 29 de noviembre, donde mucho antes los partidos políticos, ante los barruntos de que esto fuera así preparaban sus argumentarios repetitivos, pero abundando en la rutina del insulto de menospreciar ciertas instituciones, el jaleo que se ha presentado es de órdago, con lo cual todo el mundo piensa en la trampa, en el camuflaje de unas evidencias que comprometen, pero que se le eluden y, cuando no, dándole la vuelta, se engrandecen como grandes postulados de una política de la modernidad, ignorando ante la velocidad de los acontecimientos que estamos repitiendo esquemas y enunciados de viejos tiempos, que habíamos pensado estaban sepultados en la cuneta de la historia. Pues  no.

El enconamiento y malos modos aparecen en una política que, de momento, pudiera definirse como la del disparate.

Y cuando Ceuta fue protagonista, donde los desmanes favorecidos por la dejadez  gubernamental fueron incrementándose. Los nuevos acontecimientos  han dislocado todas sus continuas carencias y ya la novedad, la preocupación estriba en afilar las armas de la mala dialéctica componiendo un escenario de una nueva guerra híbrida en la que lo que importa es el poder a toda costa, caiga quien caiga.

Y mientras Ceuta se ha borrado del mapa, como si no existiera.

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