Por Juan Manuel Martínez Carmona (Biólogo).
Expuestas al calor del verano maduran las cosechas de creses, mocanes y madroños en el monte herreño. Las mocaneras fructifican en pleno verano, mientras creseras y madroñeros ensalzan las primeras, y apacibles, semanas del otoño. Estos frutos silvestres alegraron la dieta de los antiguos herreños en tiempos de penurias, cuando se recolectaba supervivencia en la naturaleza. En el caso de creses y mocanes incluso se secaban al sol, postergando su consumo. Y no solo las personas, también cabras, ovejas y cochinos aprovechaban, engolosinados, la súbita abundancia de comida.
La cresera, árbol hembra del haya o faya (Morella faya), aparece evocada en la toponimia de El Hierro: El Cres, El Cresal o La Hoya del Creal. Las creses, con aspecto de moras, se pueden consumir frescas, comprobando que no están nada mal a pesar del regusto seco que dejan en el paladar. Ligeramente tostadas y molidas, mezcladas con cereales, sustanciaban un gofio dulzón y oscuro. Su recolección, tronchando en ocasiones ramas, acontecía entre agosto y octubre, cosechándose en una jornada hasta 30 kilos de creses, recogidas en foles (zurrones) elaborados con piel de cabra. El haya canaria forma parte de una pequeña familia distribuida en regiones templadas, subtropicales y tropicales del planeta. Entre otros atributos, fija nitrógeno atmosférico en las raíces, facilitando su crecimiento en suelos pobres que acabarán fertilizados con la hojarasca. Esta especie tolera mejor sequías y fríos que otros árboles del monteverde, ocupando la franja superior del bosque y vertientes orientadas al sur. Por otro lado, los palos de haya, livianos pero firmes, resultaban imbatibles cuando se trataba de preparar astas, arados y techar viviendas. Además, con el brezo, era la leña preferida para elaborar carbón. Menos conocidas son las propiedades tintóreas de la rugosa corteza, que hervida con madejas de lino les cedía color anaranjado.
La naturaleza herreña atesora rincones extraordinarios, únicos en el mundo. El sabinar de La Dehesa quizás sea el más reconocido, pero existen otros enclaves tutelados por monumentales mocaneras (Visnea mocanera) en Jinama y lomo de El Cargadero. Árboles centenarios con nombre propio (Mocanera de La Sombra, Los Cochinos, Las Helecheras, El Cargadero) arropan nuestros pasos por antiguos caminos, rememorando parajes de las Canarias ancestrales. El habla herreña distingue entre mocanera, con frutos (mocanes) grandes y jugosos, de mocanero, que los produce más cumpliditos. A lo largo del camino de Jinama destacan en la arboleda por su fronda de hojas pequeñas con bordes dentados. Afrontando insolación y restricciones de humedad, la especie define el límite inferior del monteverde. La toponimia evoca mocaneras en diferentes puntos de la isla, aunque quizás el nombre más distintivo sea “El Mocanal”, localidad norteña. No es casualidad, en esta banda, entre Aresaje y Erese, imperó un monte de mocaneras que aportaba desde antiguo valiosos recursos a los vecinos: sólida madera y leña, follaje destinado al ganado y, en particular, cosechas de frutos. En un documento de 1585, localizado por el investigador Jonay Acosta, las ordenanzas del Concejo prohibieron, con severas multas, las talas en esta arboleda “por el provecho que daba al pueblo y a que muchos pobres se mantenían con el fruto”.
Entre septiembre y octubre avistaremos madroñeros (Arbutus canariensis) cargados de vistosos frutos anaranjados en las fugas de Jinama. El topónimo Lomo de los Medroñeros refrenda su presencia en la zona. Este árbol hermoso, de tronco y ramas rojizas, reluce los días lluviosos. El madroñero ama la luz, por eso crece en riscos donde nada le puede hacer sombra. Los suculentos frutos, de pulpa dulce y ricos en vitamina C, fueron empleados tradicionalmente en la elaboración de mermeladas, licores y dulces. También gustan a los mirlos, que si abusan de los madroños fermentados acaban “borrachitos”, sin poder alzar el vuelo entre piruetas y caídas. Pero no sólo los frutos, el humano también aprovecho su madera, fácil de trabajar, el follaje como pienso de ganado y las propiedades medicinales de las hojas en infusión (tratamiento de infecciones de las vías urinarias). Endemismo canario, el madroñero tiene poblaciones muy restringidas en El Hierro, La Gomera, La Palma y Gran Canaria, abundando sólo en Tenerife. La especie atesora un indudable valor ornamental por la belleza de su tronco, frutos y floraciones melíferas. Además, no es muy exigente, resultando ideal para jardines y repoblaciones en medianías de la isla.












