Por Donacio Cejas Padrón.
Siempre con el único deseo de contar algunas estampas y circunstancias de nuestra isla en épocas pasadas, hoy me he de referir a aquellas bestias de carga: mulos, mulas, caballos, yeguas, burros y burras, que por muchísimos años fueron los elementos fundamentales para el transporte de cargas y personas por los difíciles caminos de nuestra isla. La historia de El Hierro no estaría completa sin hacer una referencia a aquellos esforzados animales que a diario nos acompañaban en labores de campo o desplazamiento entre los diferentes pueblos de la isla, incluso haciendo de taxis en algunas ocasiones, sobre todo cuando venían forasteros a tomar los baños y tomar las aguas de El Pozo de Sabinosa.
Recuerdo por mi casa de El Hoyo, entonces la principal comunicación de El Golfo hasta los pueblos de la cumbre por medio del Risco de Jinama, como en un flujo constante de subir y bajar, a todas horas del día, y todos los días del año, cruzaban las bestias cargadas con diferentes elementos, seguidas por sus arrieros con su zurriaga al hombro y su barrilote de vino en la alforja, en una actividad sin descanso que formaba parte de lo cotidiano de la vida entonces.
Entre tantos trabajos que las bestias realizaban, debo resaltar especialmente el transporte de vino desde Sabinosa y los otros pueblos de El Golfo hasta Jinama o San Andrés o Valverde, siendo recordados como arrieros por muchos años dedicados a esta labor, D. Esteban Padrón de Los Llanillos y D. Luis Barrera de Frontera, que con tres mulas cada uno, hacían a diario el recorrido de la subida de El Risco, y que de regreso también venían cargados con mercancías para los comercios del Valle. No podría tratar de nombrar a todos los que se dedicaron a este trabajo, por eso me he limitado a unos de los más conocidos.
También para las vendimias eran las bestias el elemento fundamental para transportar los serones de uvas desde las fincas hasta los lagares, desde mediados de Agosto que se empezaba a vendimiar por lo bajo hasta finales de septiembre, legiones de bestias recorrían a diario los caminos de nuestro valle en un constante ir y venir desde las viñas hasta los lagares, recuerdo muy especialmente las vendimias de las viñas del monte, zona donde estaban las fincas más importantes, como la de El Pino, Casa Blanca, D. Dimas, D. Cesar, D. Pedro Hernández, D. Luis Barrera, D. Virgilio Casañas, D. Liberato Barrera, D. Mauro León, D. Patricio Cabrera, D. Juan González, D. Benito González, D. Benigno Armas, D. Lazaro Armas, D. Eligio Gutierrez, D. Francisco Padrón y muchos más naturalmente, que hacían necesario la ayuda entre vecinos con sus bestias para poder culminar aquellas sacrificadas tareas.
Por el nomadismo entre los habitantes de los pueblos altos de la isla y El Golfo, se hacía también necesario el uso de las bestias para el traslado de enseres del hogar y alimentos entre una y otra zona, y a diario subían y bajaban El Risco de Jinama o el de La Peña, es decir, que la historia de nuestra isla no sería la misma sin el concurso de las bestias de carga, que también llevaba a sus propietarios a las fiestas y luchas en los distintos pueblos de la isla, La Bajada de La Virgen, La Fiesta de Los Reyes, etc.
En determinados momentos, en San Andrés, Valverde y El Golfo, se llegaron a usar carros tirados por bestias para transportar principalmente vino, y por iniciativa de los hermanos Villarreal, llegaron a traer dos o tres camellos que igualmente hicieron un excelente trabajo en su finca de Aguanueva, animales estos que también usaron para arar sus terrenos, y los vecinos de nuestra isla, igualmente, enseñaron a arar a sus bestias de carga y las emplearon en estos menesteres, especialmente en los Llanos de Nisdafe.
Quienes tenían caballos, los días de fiesta les ponían silla de paseo y acudían a ellas a lomos de sus bellos ejemplares; recuerdo especialmente un caballo negro que tenía tío Mauro León, el caballo amarillo de D. Martin de Isora y otro negro de D. Florencio Benítez.
Las bestias de carga, llegaban a conocer a sus propietarios, normalmente eran animales mansos y se dejaban guiar con nobleza por sus jinetes, y eran considerados como algo de la familia, yo recuerdo aun siendo muy niño, el cariño que tanto mi hermano como yo le teníamos a, nuestro burrito negro al que le habíamos puesto de nombre Maceo, y cuanto sufrimos, en nuestra sensibilidad infantil cuando mi abuelo lo vendió y se lo llevaron y lo vi caminar rumbo a Tigaday para no regresar más nunca a casa, todavía sufro al revivir aquel recuerdo que nos marcó seriamente como niños, y naturalmente que a lo largo de mi vida de emigrante, de idas y venidas, habiendo tenido varias veces que dejar atrás algunas cosas muy estimadas, con sensaciones, entre ellas nunca he podido olvidar aquella primera que experimenté siendo muy niño cuando se llevaron nuestro querido burro Maceo.
De las bestias se hablaba mucho entonces, en mi niñez; le oíamos a los mayores como D. Luis Barrera y otros en La Plaza, en la tertulia de D. Onofre, contar sus hazañas, sus proezas, su fuerza y resistencia, cargadas con varios barriles de vino por El Risco arriba y en otros escenarios y recorridos.
Por su tamaño destacaría El Mulo Negro de D. Lorenzo León, seguramente el más grande que ha habido en nuestra isla; lo recuerdo pasar majestuoso por el camino de El Hoyo llevando a lomos a su dueño. También otro ejemplar, de color amarillo, hermano de este, propiedad de D. Santiago Castañeda de Los Llanillos y casi igual en tamaño, pasaba con frecuencia por nuestra casa en ruta hacia San Andrés, destacándose notablemente entre otras bestias.
Hoy, ya las bestias de carga casi nada significan en las ocupaciones domésticas de nuestra isla, pero es bueno dedicarles algún recuerdo a aquellos animales que por muchas decenas de años fueron compañeros inseparables en las tareas diarias de nuestra vida rural.








