Por Roque del Pozo.
«Un porcentaje escasamente significativo de los residentes en la isla del Meridiano se ha reunido, el pasado mes, para conmemorar los cincuenta años del Manifiesto de El Hierro —leído públicamente el 5 de septiembre de 1976—. Suscrito por artistas, poetas e intelectuales canarios, reivindica, en su punto cuarto, “nuestra universalidad se fundamenta en nuestro primitivismo».
Y esto es así, sin necesidad de retorcer el hilo de los acontecimientos. El devenir de la isla de El Hierro ha sido como el de una lapa solitaria y marginada en el océano y aferrada a las seculares carencias del roquedo que la sustenta. Resistió las penurias con reciedumbre, y luchó sin desfallecer —dentro y fuera— buscando soluciones ante el indolente olvido de una patria lejana que, si no la ignoró, sí la postergó y subestimó…»
—¡Cuánta razón! —afirma Severo Verdugo, y levanta la vista del periódico que está leyendo—. La mayoría de los peninsulares no supieron de su existencia durante siglos. En las escuelas se leía el nombre de la isla de El Hierro, de pasada, al mencionar las que forman el archipiélago canario.
El ambiente en La Garrafa es bullanguero y apenas se puede concentrar en la lectura del artículo. Ha estado bebiendo un expreso y, aunque todavía no ha almorzado, un Duque de Alba. Le acompaña Charito, masticando sin parar. En lo que él leyó la noticia, se zampó un par de empanadillas y una jarra de cerveza.
El incidente ocurrido semanas atrás, cuando se fue sin pagar y llevándose el dinero del doctor, se terminó aclarando, antes de que este se marchara de la isla y reabriera la consulta en la calle Nicolás Estévanez de Las Palmas. Charito devolvió el dinero a Laredo e incluso se disculpó, a regañadientes, porque estaba pasando una mala racha.
—Chacho, doctor, que yo no soy ninguna rata, a ver si te enteras. Los dos talegos solitos en el mostrador… ¿Qué quieres? Me dejé llevar —reconoció la mujer sorbiéndose los mocos.
—No es mala, solo hay que pulirla —reconoció el doctor Guadarrama, la víspera, al despedirse de Severo mientras tomaban sendos daiquiris de plátano.
—¡Agüita! Esos peninsulares no conocen una mierda de la isla. Vienen con su acento de allá, alongaditos como quíqueres que no rompen un plato. ¡Casi na! —responde Charito al comentario de Severo.
—Atiende, Charito —exclama Severo, y prosigue leyendo—. «…Fue a finales de los setenta cuando un peninsular joven y curioso quiso saber algo de la isla; para ello, hojeó varios libros de una biblioteca pública. Apenas encontró respuesta. Cuatro o cinco páginas, con escasas fotografías en blanco y negro, que de forma escueta relataban aspectos globales y que no despertaban curiosidad ni interés por visitarla. En realidad, la información era parca e irrelevante. Se trataba de una isla perdida en el Atlántico, paupérrima, inhóspita, apenas habitada y vapuleada por vientos que retorcían el tronco de los árboles y el alma de sus habitantes. Pero eso no le arredró y se hizo a la mar. Y en la isla herreña se quedó. Y desde entonces, es testigo de sus vicisitudes…».
—Y si la cosa pinta mal, se mandan a mudar, como los retornados. Sí, tío, que me los conozco.
—¡Coño, Charito, no se me opile, que la veo venir! ¿Acaso prefiere esa partida de negros que vienen, sabe Dios de dónde? ¡Cállese: no me sea culichiche! —y continúa leyendo.
«Y en el resto del archipiélago sabían de su presencia, pero ignoraba su singularidad y vida estrecha bajo los vientos brumosos y enigmáticos. Escasos eran los canarios que sentían curiosidad por conocerla, y menos los que la pisaban. Por eso, y ya fallecido el dictador Franco, se reúnen los manifestantes antes reseñados, para reivindicar su existencia y carencias. Y sobre todo, para asumir el timón y definir el futuro. Y es de agradecer que lo hicieran, al margen de las instituciones políticas, y expuestos aún a los resabios de un régimen que, si bien agónicamente, aún coleaba…».
—¡Fuerte solajero! ¡Güey, otra servesita!
«En yuxtaposición con el Manifiesto, el denominado Monumento al Campesino, del escultor y activista grancanario Tony Gallardo —Antonio Gallardo Navarro (1929-1996)— se alza en la divisoria que se asoma al Golfo y a las laderas del Tomillar. Este monumento —un arado romano de dieciséis metros de longitud, seis de altura y unas tres toneladas de peso— viene a simbolizar las atávicas penurias del agricultor herreño. Esta iniciativa partió del marxista herreño Aurelio Ayala Fonte, quien habló y convenció a los vecinos de la necesidad de levantar un símbolo en plena naturaleza que sirviera como homenaje a los campesinos. (En realidad, a la población herreña, pues la mayoría era gente del agro inmersa en una economía de subsistencia)…».
—¡Chacho!, y unas aceitunitas, que te rascas menos que un gato y eso —reclama Charito a Laredo cuando le trae la jarra de cerveza.
«…Aurelio Ayala, a la sazón, joven inquieto, comprometido con las desigualdades del entorno social y ávido de adquirir conocimientos y compartirlos, supo aprovechar los incipientes vientos cambiantes para dar a conocer la precaria existencia de la isla. Puede decirse que esta iniciativa formó parte del embrión del que surgieron las genuinas formaciones insulares, empuñando la esteva de ese arado carmesí para roturar la tierra y la mar de esperanza y futuro.
Se debería ponderar si esa iniciativa finisecular es conocida y, en su caso, valorada por la actual sociedad herreña. O, por el contrario, se trata de algo que no despierta interés».
—Vete pal carajo, colega. Un arado en la cumbre, ¿a quién se le ocurre?
—Veo que no te interesa esta bonita efeméride
—No seas rata y apoquina; si no, vete a freír chuchangas.
—¡No tienes cara ni nada!
—¡Chos, Severo, pareces peludo!








