Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Nunca como ahora se ha alegado tanto; todo el mundo opina de lo divino y de lo humano con un desparpajo y desfachatez que da temor; nunca como ahora se ha hecho tanto ruido donde las palabras altisonantes, pero vacías de contenido, se apelotonan unas contra otras en el sonido del retumbo que se hace extensible a lo largo y ancho del planeta.
Sin embargo, a pesar de la escandalera producida por infinitas e irremplazables ristras de voces por cualquier rincón del mundo que llamamos civilizado, paradójicamente aparecen sus sonidos huecos construyendo con andamiajes carcomidos el imperio del silencio.
Imperio donde la espera del argumento contundente y la solución adecuada a los miles de problemas que acucian a la sociedad se eternizan, no llegan en una frustración inacabable. Solamente dan la cara los rastrojos de una palabrería insulsa y hasta desafiante que define desde una posición lastimera a los que, alegando como nadie, son tan estúpidos y viceanalfabetos como el que más.
. Se entiende de todo, desde la física cuántica hasta la teoría del juego, sin dejar de mencionar a este o aquel pensador del que solo han leído la carátula de algunos de sus libros perdidos en los anaqueles de sus bibliotecas rancias y llenas de polvo.
Y mientras se continúe transitando por el imperio del silencio y este se confunda con el ruido, las expectativas para el ser humano son poco alentadoras, porque si fuera el nihilismo lo que primara, si fuera la crítica acerada la que se dejara oír, seguramente el espacio para una mejor convivencia se agrandaría y desde donde se propiciaría ordenadamente un mejor proyecto de futuro.
Pero el rumbo no se dirige hacia ese escenario; el atropello, el engolamiento de los poderosos es lo que marca la zona operativa, y por eso o se embarcan en esa derrota o, de lo contrario, perderían comba, lo que supone sumisión, adulamiento, mezquindad y, sobre todo, mediocridad que hace del silencio el mejor protagonista de una historia atona, sin contenido, a salto de mata, carente de enjundia y sin pujanza decidida a llegar.
Muchas veces, cuando esto ha sucedido, el silencio ha sido capaz de poner palabras, de disponer de discursos que alumbren la oscuridad del momento, puesto que entre ese silencio imperante siempre había una voz capaz de dejarse oír, que se copiaba, que se escuchaba hasta con cierta admiración, a la vez que servía de referente; y las cosas cambiaron.
No sucede ahora igual. Todos se creen referentes; la gran mayoría son los que saben de todo, los que se permiten emitir juicios y les importa un pimiento que sea la cancaburrada lo que tome presencia. Por eso, si la espera se eterniza, si el discurso se hace de rogar, seguramente se llegará a la indigencia intelectual más atroz, donde la comparación y el regreso al antropoide no dejan de estar muy lejos.
Se llegó a pensar, cuando el pensamiento era libre, que este se traducía en propuestas razonadas, auxiliadas por aquellos que se atrevían a asesorar, a encaminar qué hacer, porque tenían la suficiente autoridad intelectual y moral para hacerlo.
Pero ahora, en ese imperio protagonizado por el silencio, todo se confunde, se mezcla en una amalgama de proyectos imaginados por la inteligencia artificial y la ramplonería imperante que da origen al paso balbuceante, al tropezón que, ni siquiera haciéndose sangre, se percatan de ello.
Como si el dolor no existiera, como si el atropello se aplaude con la insistencia del tirano que aun quemando al mundo, tal como Nerón quemó y destruyo Roma aplaudiendo con toda la euforia a la vez que cantaba con todo el entusiasmo de un depredador ciego y cruel del que solo le interesa el fuego, la destrucción y nada el ser humano, por el cual no se cansan, a lo largo de la historia, unos y otros, decir que defenderían con toda la fuerza de un enamorado de si mismo que se disuelve en las cenizas de su propio ensueño narcisista.
Con lo cual, la banalidad, la insurrección de un discurso simplón, no ha dejado de sonar en el diapasón de una falsa historia. Por supuesto repetible, una vez más, en la dinámica de la civilización occidental asentada hoy en el imperio del silencio, aunque la algarabía mundial aturde, y lo peor, sea una amenaza que va a más de una manera acelerada.








