Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Fue su inventor. Cuando en la isla era el silencio y la ausencia lo que deambulaba por sus caminos y veredas, supo romper esa quietud haciendo que la isla eclosionara en el universo de las Canarias. Cuando sus leyendas se iban quedando orilladas y no había palabras para contarlas, él arrancó la mudez del tiempo y consiguió plasmarlas en las crónicas que, desde su “Séptima Isla”, fueron dando a conocer el pasado y presente de una isla chica que se empeñó en crecer. Por lo menos, que su nombre sonara, que fuera más allá del Puerto de la Estaca, única puerta en aquellos momentos de desidias y de olvidos. Fue, además, un pateador incansable. Pocos rincones habrán quedado que no fueran conocidos por sus pasos; en un tiempo ágiles y hasta escurridizos, ya que tuvo que asumir la categoría de “huido” y permanecer escondido, y en otros más pausados y placenteros, a veces en lomos de un borrico al que llamaba “Platero”, que lo llevaba desde El Pinar hasta su refugio situado sobre el esplendente mirador de Las Calmas. Y un romántico. Enamorado de la naturaleza de su isla, sobre la que se deleitaba contando cosas a la gente curiosa que por ella aparecía; siendo el sempiterno acompañante de todo aquel viajero ávido de recorrer El Hierro y que tenía en José. P. Machín, su más válido cicerone.
Era una verdadera gozada estar a su lado y dejar que hablara de sus tiempos argentinos, de las circunstancias republicanas vividas en una isla intrigante al estar atrapado en una política ciertamente resabiada. Cuando llegaba de las vacaciones de la Facultad de Medicina de Salamanca, no me perdía por nada del mundo los días del encuentro en El Pinar, en el bar de su yerno Gabino situado en El Mentidero para que me contara sobre personajes de la historia de la isla de los que uno apenas sí sabía algo, y que con su fluidez de ensoñador los dejaba plasmado en el ánimo de los herreños de otras generaciones que también, como él, tenían inquietudes y les preocupaba las esperanzas y las incertidumbres de la isla. Y fue, además, el que descubrió El Hierro a muchos. A muchos que solo conocíamos el perímetro de Valverde y un poco más; y al dar con él, al encontrarlo como un desconocido, nos arrimamos a su sabiduría introduciéndonos en la geografía y en los recodos, los pasajes originados por la fuerza telúrica de sus mil cráteres.
El Hierro y su historia reciente no se podrá completar sin tomar a José P. Machín como referente. Y es que fue capaz de crear alrededor de la isla un halo mágico pleno de fabulación al que, en el tiempo, fue reconvirtiendo en una cuestión viva y palpitante. La isla comenzó a crecer a la vez que él escribía sobre ella; se estiró desentumeciéndose de su silencio de años porque su palabra la despertó e impulsó hacia adelante. También hay herreños a los que les debemos el entusiasmo por escribir porque en él teníamos, no solo un maestro, sino el amigo que animaba y estimulaba. Por eso, ahora, cuando hace tiempo que notamos su ausencia, es obligado mantener nuestro reconocimiento sobre un hombre de la isla herreña que se convirtió en canario universal y que, envuelto en las fantasmagóricas brumas de San Borondón, hizo posible que una mejor realidad se asentara en sus caminos silenciosos que él abordó desde la inquietud de su pluma incansable.
Allá por el año 1965, me confesó que estaba cansado de escribir, que tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo y que no serviría de nada todo el trabajo que hacía. Perdone, don José —le dije—, sí que ha servido y de mucho, y eso lo tenemos perfectamente claro, no solo los herreños, sino un montón de gente de las islas que notarán el hueco que, con su ausencia, ha dejado en las filas de la dignidad humana y que recordarán como una persona que estuvo comprometida por una idea noble y honesta por la que luchó durante toda su vida. Y sin perder de vista a El Hierro.
Fue un referente para la juventud rebelde que miraba desde la distancia cómo contribuir a engrandecer la isla.
Fue un político y un intelectual que dio todo por una idea consecuente que le costó estar recluido en el penal de Gando y posteriormente trasladado a los talleres del empaquetado de Fyffes en Tenerife, conocido más bien como Faiffes, con una pena de 30 años de reclusión.
No perdió nunca, a pesar de tanta calamidad y concedida la libertad provisional, la esperanza en sus crónicas y libros de continuar con brillantez y empeño por las que se vio gratificado por la isla y por el gobierno de Canarias,El Cabildo herreño lo nombró” cronista oficial de la isla”, nombrándolo, además, Hijo Predilecto de EL Hierro, el 18 de Junio de 1989,Y en 1993 el gobierno de Canarias le concedió el Premio canario de comunicación..Asi mismo fue aceptado como miembro de honor de la Asociación de Prensa de Tenerife por su continua colaboración en periódicos del archipiélago destacando El Día y La Tarde.: y como corresponsal de Radio Nacional y de Televisión canaria ;no dejó, asimismo. de publicar interesantes libros sin dejar de hacer referencia a la isla herreña. Y cuando decidió demostrar sus valores de erudición literaria, lo hizo con toda entereza intelectual en aquella magnífica conferencia pronunciada en el Ateneo Lagunero sobre la obra de Benito Pérez Galdós.
Siempre tiene que estar en los buenos recuerdos como un personaje imperecedero. Suele pasar el olvido para muchos. Sobre todo, por parte de la juventud estén más pendientes de la actualidad, desconociendo que esta actualidad ha sido fabricada con el esfuerzo y empeño de personas entrañables como don José, que bien merece se le tenga en la memoria.








