Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Darle vueltas a otras cuestiones y motivaciones, como que hay que implantar la democracia en Irán, que se respeten los derechos humanos y que el siglo XXI estrangule a la Edad de Piedra, o que este país sea un reducto de terroristas que hay que normalizar, es puro disimulo, o un pretexto más que escandaloso.
Lo acaecido anteriormente en El Golfo, que supuso el derrocamiento de Saddam Hussein con la invasión de marzo de 2003, y ahora con el régimen de los ayatolás, hay que decir sin ambages que existen personajes paralelos de los que la historia nos da noticias: como determinados presidentes estadounidenses se creen emperadores y funcionan como tales; con la guerra de Irak, Bush, y con la actual en Irán, Trump.
Alguien llegó a decir que el petróleo, por su alto valor comercial y por su color, es el oro negro del mundo moderno, y así lo entendieron los ingleses cuando Churchill persuadió al Alto Almirantazgo Británico para que constituyera la formación de la compañía anglo-iraní en la que el gobierno británico se quedaba prácticamente como único propietario para explotar las reservas de la zona que se extendían hasta Irak.
Situación suplantada por EEUU al finalizar la Segunda Guerra Mundial, lo que fue bienvenido por la compañía Standard Oil de Nueva Jersey, que durante décadas había visto obstaculizados sus negocios petroleros internacionales por los británicos.
Pero sabemos que el gobierno iraní fue derrocado por la revolución fundamentalista de los ayatolás, por lo que se estableció un nuevo embargo que dificultó el engrase de la maquinaria capitalista de EEUU, y más aún cuando Francia logra romper el monopolio estadounidense en Arabia Saudí, donde con anterioridad se habían refugiado los intereses de las compañías petroleras americanas.
EEUU posee grandes riquezas de petróleo que hacen que sea el primer país productor del mismo, pero son insuficientes y, dados los intereses en las zonas de Rusia y China, no le queda otra alternativa que controlar las reservas de Irán como tercer país productor de petróleo.
Así lo hizo cuando la guerra de Irak, con aquello de portador de armas de destrucción masiva, cuando detrás de todo estaba el negocio del petróleo. Ahora le ha tocado poner el punto de mira en Irán, como así lo hizo con Venezuela. Y es que por un barril que extrae, es insuficiente para su desarrollo supercapitalista, haciéndole falta dos.
De ahí el pretexto y todas las cuestiones de índole cultural y política que se han puesto en el tablero de su estrategia; para obtener sus exigencias de producción, es necesaria una guerra sobre la que no se dicen las cosas claras, sino que se juega con patrañas y mentiras.
Por tal motivo es vital para los norteamericanos su presencia militar y manejar la destrucción de la zona petrolífera de El Golfo, que, por más que digan que la paz se firmará dentro de dos semanas o algo más, suena a lo de siempre, a las contradicciones como teoría de su estrategia política.
Dejar de su mano el espacio de la zona de El Golfo, según los especialistas, lo dejaría abierto a Francia, China y Rusia, que podrían usurpar su preponderancia y controlar el negocio del petróleo en detrimento de sus intereses.
Por lo que no escatimen destrucciones, guerras territoriales y amenazas constantes que intentan desestabilizar la opinión pública que condiciona que la guerra por la tenencia del petróleo cobre una intensidad de consecuencias imprevistas.
Lo que sí está claro es que el maremágnum de amenazas, de posicionamientos y subterfugios varios tiene a la economía mundial sometida a unos vaivenes que ponen en riesgo la viabilidad de países, de millones de personas, incluidas muchas que en su país viven.
Pero no dejan de jugar con palabras que componen una misma cantinela y se someten a la propaganda pública, creerse los gendarmes del mundo y que su actuación en Oriente Próximo se haya debido a conducir la moralidad de un país, Irán, hacia una democracia, hoy ausente, cuando, por lo que se ve y se oye, lo que impera en el sistema de gobierno estadounidense es una dictadurocracia y el poder del más fuerte es el que se esgrime, sin contar con un Congreso que no opina, operando con decisiones gubernamentales contradictorias donde Maquiavelo y Montesquieu se funden en íntimo maridaje.







