Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Los recuerdos, aquellas conversaciones y cuentos; las escapadas dentro de uno mismo cuando el alborozo de la vida trepaba por los sentimientos, continúan aún dando noticias como señales, que nada tienen que ver con los que nos suministra la actualidad, cargados de zozobras territoriales, de drones repletos de metralla que revientan en cualquier sitio. Eso sí, manejados por los instintos malévolos de la mala gente que, confusas y llenas de rabia, aniquilan los horizontes donde la paz aparece bajo las deshilachadas alas de una eterna paloma fugitiva.
Aquella tarde, hace mucho tiempo, estábamos corriendo por la Plaza del Cabildo y sus alrededores, sudando como condenados, ya que uno de nosotros, con sus manos entrelazadas, corría tras de los otros en el difícil juego de la “viga” porque se había quedado cautivo, entraba en la “candonga” y tenía que salir, tocar a otro por la espalda que, como nuevo “cautivo”, reiniciaba el juego .
Una vez que habíamos terminado, quedábamos para la tarde siguiente, donde la primavera había agrandado los días para “idear” a qué íbamos a jugar.
Estábamos Manolo Padilla, Tito el de Tesine y su primo Antonio “Pita”, que ayudaba en las tareas de mantenimiento del motor del cine Álamo; mis primos Teófilo, Amadeo y Ramón. Miguelo y su hermano Anacleto: Luis y Pedro, conocidos como los gemelos de los Villareales; su hermano Celestino; Antonio y Domingo Chinea, Manolo el de San Andrés: Silvestre, el de don Pastor Fonte; Ramón García, el de don Eliseo; Emiliano Cejas, Raúl Febles, Tero, Antonio Tomás, Lalo Elviro, Celio y Pepe Reboso, Raúl Álamo, Vicente Plasencia y Fernando Ribera.
Estos eran los protagonistas que jugarían al juego que consistía en un grupo de 4, teniendo a uno de ellos como almohada, mientras el resto permanecía agachado, agarrándose por las costuras del pantalón, formando una pequeña marea humana a la que no se permitía movimiento alguno.
Y una vez que se había decidido quién tenía que soportar los impactos de los que, corriendo, procuraban avanzar para dejar espacio al resto, y ya concluida esta carrera, el asunto consistía en preguntar “¿arriba o abajo?”, mientras los de abajo no se rindieran; esperaban a que los de arriba tuvieran una mala posición que les hiciera dar con un pie en el suelo o se propinaran un buen talegazo.
Otras veces el juego era diferente, como el de los carros de madera que, bajando por las aceras de calles empinadas, nos exponíamos alguna que otra vez a recibir un jarro de agua fría que salía de las ventanas debido al ruido que se hacía con las ruedas, a pesar de forrarlas con tiras de goma de los camiones.
Más tarde crecimos, nos bajaron los pantalones (las velas), nos peinamos para atrás y sujetamos los pelos rebeldes con fijador Lucky. Aparecieron los bailes, las serenatas, la armónica de Juan Pedro y Nemesio junto a las guitarras de los que comenzaban a pulsar trastes y cuerdas que tenían como referencia el estilo y la cadencia de los hermanos Abreu.
Época también de contratiempos que comprometían la estabilidad de los pueblos, como comentaban los mayores cuando se reunían los domingos por la tarde en el Gabinete Instructivo en lo bajo del Casino, y que nosotros veíamos muy lejanos, taponados por la alegría sana de una juventud deseosa de novedades. Hasta de leer una y otra vez para aprender ciertos poemas (teníamos como referentes, cuya declamación nos ponía los pelos de punta, a don Valentín Padrón, a don Pedro León y a don Patricio Pérez Moreno) o tararear hasta llegar a entonar canciones en los cancioneros que alquilábamos o comprábamos en el Estanco de doña Marusa Armas.
Circunstancias que quedan en la memoria, y surgen por pura inercia ante tanta enjundia hueca y fanfarria donde se habla más de guerra, de destrucción que de la vida, de lo que supuso una infancia y comienzo de una juventud que soñaba con jugar, con leer, con el estreno de las películas en el cine y con coleccionar las estampitas que venían en las cajas de cigarros 46 con los futbolistas que formaban la liga en la Primera División en aquel año de 1953.
Tiempo en que los colorines de Zarpa de León, o los de Roberto Alcázar y Pedrín, los leíamos en casa de Óscar, el sobrino de doña Otilia y de don Juan Sánchez, como los Hazañas bélicas y el Guerrero del Antifaz que nos facilitaba Jorge Melenchón. O las novelas Bisonte que prestaba para su lectura Inocencio Padrón, iniciaron el comienzo de lecturas que nos predisponían también a seguir jugando, donde uno era “el muchacho” y los otros “los bandidos”, y los gajos secos de las higueras se convertían en los colt del 45, como las cañas que a veces cogíamos del barranco de don Pedro Padrón, que eran los caballos que nos ponían en disposición de no descansar. Eso sí, la escuela no se dejaba, aunque el juego era nuestro mejor aliado.
Se leía, se reía, se hablaba, se comentaba y, sobre todo, se fantaseaba… Cuando fuéramos mayores, seríamos… No cesamos de perseguir nuestro futuro dentro de un espacio limitado, en una isla que agrandamos cuando comenzó el acercamiento entre los pueblos que hizo posibles nuevas amistades, y también nuevos noviazgos.
Eran otros tiempos, no cabe duda, pero traerlos, recordar nombres y mantener una conversación en lugares de la isla, aunque sea en el imaginario, siempre reconforta, y más ahora cuando el futuro, por mucho que se desee satisfactorio, no deja de ser un protagonista sin voz donde el interrogante no nos abandona.







