En el camino de la historia: Un  paisaje no tan imaginario

Juan Jesús Ayala (Filósofo).

Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).

El paisaje, el que regresa a la memoria, se aposenta tal cual lo hemos vivido; pudiera  ser que el despilfarro al  que  ha sometido  la naturaleza lo haya cambiado. Donde había picachos de lava, ahora hay construcciones que chocan con su mundo, y donde el ruido del mar que sonaba lejano, ahora  toca a la puerta con sus espumas saladas residuales. El mar se ha escapado de su lejanía y lo tenemos a los pies.

Por eso volvemos la vista atrás con  el deseo de encontrarlo limpio, con sus olas batiendo en los rompientes de aquellas playas que festoneaban el litoral, a veces descubriendo sus callaos llenos de lapas y burgados y otras donde la sal de las olas descubría los charquitos llenos de fulas y de pejes verdes.

 Lo descubrimos de mayorcito y nos extasiaba  llegar a él y  contemplarlo  en toda su extensión, ya que con la mirada podíamos darnos cuenta de  cualquier detalle, por muy escondido que estuviera, donde su enigma se traducía en deseo de estar con la magia que  se enclavaba a su lado, rebosante de palabras, como si abordaran el mejor marco  que se pudiera poner desde una alegría también rebosante.

Lo que motivaba el deseo de volver y  regresar para confundirse  con él, no solo con la imaginación, como lo hacemos hoy, sino acompañado de las vivencias que desde allí se transportaban más allá.

El paisaje aquel no solo aportaba serenidad, sino que era capaz de incitar la proyección de mirar hacia adelante, con nuevas ganas, con nuevas ansias de nunca tener que olvidarlo.

Eran los picachos de lava los que estructuraban su suelo; eran las montañas cercanas las que engrandecían el paisaje, pero  sin olvidar el mar, siempre el mar, el que lo acunaba y le producía más embeleso que otra cosa, ya que era acariciador que, cuando se quería transportarlo hacia la realidad, a veces, como hoy, se nos escurría dejando tras de sí cierto malestar y dolor.

El paisaje aquel  era unas veces  cercano y otras lejano; se escabullía entre los ojos, se camuflaba en la memoria y desde ella se escapaba para hacerse virtual, donde se esforzaba por ser otro y vivirlo en la mente como si fuera real.

Y en ese trueque  de  virtualidad y  realidad, entre lo que se desea, entre lo que se persigue y lo que se encuentra, se podrá decir que en esa tangente espacial se entremezcla una vida descaradamente aventurera donde lo importante no solo es estar en la búsqueda de lo que se imagina, sino encontrarlo en unos trazos impregnados de una casi realidad  donde se decide el contacto siempre grato y definido.

Y no es que  embosquemos el pensamiento que se nos va, pero que diseña el paisaje y que lo engrandece cuando se llega y comprobamos que está registrado en  nuestra imaginación como meta apetecible, y descubrir  lo que de niño soñaba, lo que  de mayorcito se encuentra y, pasado un espacio biológico determinado, se proyecta, pero ya dentro de uno, de cualquiera, porque ha sido asimilado y asumido.

Y ahí el triunfo de la búsqueda, ahí la victoria de sentir que en efecto no es un paisaje tan imaginario. Persisten las revolturas de su paisaje volcánico, no como antes, cuando su limpieza nos proyectaba a un horizonte casi eterno; ahora está lejos del mar, su retumbo suena  lastimero, como mensaje de la depredación a la que ha sido sometido. Persisten las alegrías de las jiras que allí tuvieron, hasta los encuentros no solo con La Caleta, con Echedo y los amigos del Norte,  que se acercaban  por sus veredas de siglos para  construir encuentros inolvidables. Persisten, aun ante la machacadora de cemento, la violencia más que telúrica que ha influido en la muerte de la lava de años, pero al menos nos queda la limpieza de una generación que lo respetó, caminó y que, en momentos que se rompe el cerco de la historia, se nos planta en la memoria buscando también el viejo recuerdo de un imaginario que pugna por una añorada realidad.

DÉJANOS TU COMENTARIO

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *