(Tercera parte).
Por Roque del Pozo.
El sonido estridente de la alarma despertó a Vladimiro Santorrojo. Sale disgustado del sueño y con un embrionario dolor de cabeza. Bosteza mientras orina en el maloliente urinario de acero inoxidable y se enfunda una deslucida camiseta de Locoplaya. La cándida cabeza del pollino —con gafas verdes y malvas orejotas—cae sobre su espalda enjuta, como si fuera a despeñarse de un acantilado. Se viste el pantalón vaquero, algo apergaminado, y se calza las sandalias de goma. Parece un náufrago arrumbado en un paraje hostil y desconocido. Cuando se abre la puerta, sale y se coloca contra el muro del pasillo. Mira de soslayo la cara de primate del preso contiguo y un arco de contrariedad se le perfila en las cejas agrestes. Terminado el recuento, el funcionario, que le mira con ojos de fría represalia, hace un gesto y Vladimiro regresa a la celda. Tiene unos veinte minutos para asearse antes de que le llamen para el desayuno. Luego, después de algo más de una hora en el gimnasio, pasará la mañana —y parte de la tarde— en uno de los obradores de carpintería. Hace sillas; sillas variadas en forma, tamaño y complejidad. Son cuatro los reclusos, desmotivados y pachorrudos, adscritos a su taller. Habitualmente, faenan en silencio. Solo hablan de asuntos del oficio; para no desmoronarse ni airear los trapos sucios. Son cuatro compañeros de partido y de gobierno que han sido condenados por corrupción, malversación, erosión institucional y colonización política, entre otros delitos. Están asignados a talleres productivos coincidentes con sus aptitudes y deseos manifestados. A Vladimiro siempre le ha gustado la madera. Ensamblar piezas—aunque se le resiste la Cola de milano y el Rayo de Júpiter, y casi siempre utiliza mortaja y espiga—; hacer acoples —únicamente machihembrados— y a veces, empalmes a media madera. Mientras está en el taller se olvida de la condena y de los desastres cometidos. Además, le permite ganar algo de dinero para sus gastos, sin detraerlos de la economía familiar. La condena le ha privado de la retribución que por ley tenía derecho como presidente de la nación. Es un preso como los demás, sin distinciones ni privilegios de ningún tipo. Esa circunstancia, según solía repetir Buenaventura, jamás pasaría, ya que estaban blindados por ley. Sin embargo, pasó. El nuevo gobierno de la derechona reaccionaria acabó con los privilegios y cada palo aguanta su vela.
—¿Qué esperabas de esos fachas, Miro? —le espetó el abogado después de conocerse la sentencia y oír el comentario de un famoso cronista de tribunales, quien manifestó alborozado que el veredicto era un inapelable triunfo de la democracia.
Tras perder las últimas elecciones, investigaciones exhaustivas derivaron en acusaciones incontestables que acabaron condenando a una treintena de altos cargos del partido y del gobierno. Un acontecimiento sin precedentes. Los culpables han sido encerrados en la misma prisión, aunque en módulos distintos. Y las convictas, en prisiones distintas, como era preceptivo. La justicia, inflexible y espoleada por el nuevo gobierno —así lo piensa convencido Vladimiro— ha revisado algunos casos ya juzgados y ha variado las condenas. Los amnistiados dejaron de estarlo, reingresando en prisión; y otras penas se incrementaron considerablemente, corrigiendo las connivencias observadas. Hasta el hijo del pastelero de Amer —que había eludido la justicia y fugado del país— se pasea cabizbajo por el Centre Penitenciari Lledoners.
—No hi ha dret, un geroní de soca-rel a la presó —rezonga malhumorado cada vez que alguien le pregunta con retintín por qué está enchironado.
Esos hechos fueron muy criticados por la oposición que los calificó de indecente revanchismo fascista. Pero como su papel en el nuevo parlamento era irrelevante enseguida se eclipsaron.
—Esos hijos de puta fascistas han hecho mesa limpia y no dejaron títere con cabeza —masculla a ratos Anatolio Esgueva, un tipo rudo y deslenguado a quien Vladimiro hizo ministro y ariete de la oposición. Lleva mal el encierro y su cerebro romo sueña con evadirse y fugarse a un país americano donde tiene algunos amigos y unos cuantos millones esperándole. Algunas noches le da por golpear en la pared, como si quisiera transmitir algún tipo de cuita a Vladimiro. Pero, por fortuna, los ronquidos enmudecen rápidamente tras los muros y un tenso silencio le envuelve como neblina del Tiétar en el frío amanecer invernal.
—Palmaremos en la trena —le desanima su compañero, ensamblando y encolando la última pata de la silla. Es este un individuo cobarde, de piel cetrina y ojos deslavazados; de lo más ambiguo y torpe. Vladimiro lo mantuvo en el cargo durante todas las legislaturas, pero sabe que no tiene madera de político; no supo ocultar sus intenciones y tampoco fue capaz de revertir y orientar el departamento a las políticas progresistas. Este tipo insípido creó un ambiente de descontento e inoperatividad crecientes. Durante el tiempo que lleva recluido, Imanol Handi ha sufrido varios intentos de violación, que Anatolio consiguió detener a puñetazos. Y no se descarta que se produzcan más incidentes pues los ánimos contra él están muy enconados. Tiene una buena legión de enemigos que no dudarán en humillarlo, putearlo o incluso liquidarlo. No se separa de Anatolio y respira acompasado a su estable pisada. Algunos compañeros de funcionarios asesinados por sus nefastas políticas y acreditadas negligencias, han sido traslados de módulo. Pero la seguridad no la tiene garantizada.
Vladimiro ha comido apenas un plato de judías verdes y dos bocados fríos de pechuga de pollo. No tiene apetito. Ha adelgazado y los pómulos amenazan con quebrarle la piel macilenta. Su apuesta figura se ha resentido y ninguna de sus admiradoras daría un euro por pasar un rato a solas con él. «Saldrían corriendo», se dice con patética sinceridad.
No solo no supo dirigir el partido centenario de los obreros que heredó sino que lo ha dejado hecho añicos; y le costará tiempo reconducirse, si no desaparece. El daño ha sido letal. Pero eso a él no le importa. Lo que le quita el sueño es pasar a la historia sin acabar con la monarquía y no ser el fundador y presidente vitalicio de la III República. Aunque en puridad, le dice Handi, sería como prorrogar la II, asaltada tras el golpe de los bélicos. Pero Vladimiro no está de acuerdo.
Tumbado en la cama no consigue pegar ojo. La cabeza le da vueltas y teme caer en una depresión. Menos mal que Ordoñita ha eludido la cárcel y puede atender a las niñas. Eso le reconforta. «Colmenero lo ha tenido peor», rumia, sin que esto le alivie lo más mínimo. Nunca debió fiarse de él y menos taparle los apaños. Buenaventura siempre fue algo místico y soñador; esquivo y falsario. Le enredó. El tiempo destapó sus mentiras. Le han dicho que está destinado en la biblioteca. Mejor; así, no tiene que verle la jeta. Parece que escribe sus memorias. Patrañas. Nadie le va a creer. «¡Bah!, no quiero ni oír hablar de él», medita tratando de apartarlo de la mente, sin conseguirlo. «No quiero verlo ni en pintura. Odio esa risa sardónica y babosa; me enerva y con ganas le hundiría un garrote en las costillas. ¿Pero qué ganaría a cambio?». Anatolio y el Indartsu se han ofrecido para hacer el trabajo sucio. ¡Bravatas de espaldas plateadas! Son dos tipos correosos y muy impulsivos, a los que tuvo que poner bocado. Pero ya no se fía de ellos. Trabajaron con la lealtad acreditada en los buenos tiempos. Supo sacarles el jugo. Ahora es un don nadie, sin autoridad. Sus fidelidades perrunas y sus poses simiescas, lo confiesa, le irritan. Por fortuna, son gestos esporádicos.
El Indartsu se ha hecho el amo del módulo y teme que se vaya de la lengua. Es un cuerpo de rinoceronte con cerebro de mosquito que se encorajina si no le hacen el gusto. A estas alturas, ya le ha perdido el respeto y le mira sin agachar la cabeza.
—Y aún te queda pendiente el juicio por facilitar la entrada de enemigos en territorio nacional —le descerrajó una mañana después de una fuerte discusión por unas armas que se almacenaban en la sede del partido y que tuvo que destruir—. Tenías que besar por donde piso, que me he jugado el culo por tus delirios. ¡Payaso!
Debe manejarlo con habilidad. Por suerte, es bastante amañado en la carpintería, y Vladimiro se muestra sumiso y buen receptor de sus instrucciones y habilidades. De momento, las ruedas no chirrían destempladas y el Indartsu cacarea como gallo de pelea, sin mostrar los espolones. Aunque le duele, no deja de reconocer que se mueve bien en la trena.
¡Cuánto daría por no oler la mierda que le rodea y olvidar el pasado! Aunque el máximo responsable es él, imputa a sus aduladores no ser capaces de pararle los pies. Preferiría estar en el recinto con presos ajenos a su azaroso avatar. Ha pedido cambio de módulo y de compañeros de taller. Se lo han negado. Le han convertido en un descamisado, en un vulgar delincuente condenado a sobrevivir entre compañeros de fechorías, como si estuviera en el infierno de Dante. Sabe, está convencido, que morirá en prisión. No cree que llegue a cumplir siquiera un tercio de la condena. Incluso los diez años le parecen una eternidad. ¿Quién ha mensurado el hilo de su existencia? ¿Por qué es tan largo? «Si puedes, hazle una hecatombe a la parca de la dorada diadema», le dijo un día Imanol, con ojos distraídos. ¿De dónde sacaría esa estupidez? «Cualquier día lo encuentran tirado en un rincón. Va a tener suerte». A veces, piensa en tantear al Indartsu y… Pero Vladimiro sabe que es absurdo e imposible algo así. Nunca le pediría que cargara con un crimen de esa naturaleza. Sería como ponerle la soga al cuello. Y aunque es un zote, el Indartsu no se prestaría. Además, huele las trampas con olfato de hurón. Sería una torpeza sugerirlo tan solo. Es imposible revertir las dimensiones del hilo de la vida. Nadie puede. “No es como la política, que haces y deshaces según conveniencia. Pero quizá pueda partirse el hilo y…».
En menos de un año ha envejecido física y síquicamente. No tiene ganas de nada. Solo le evade fugazmente el tiempo que pasa en el taller. La barba blanca y desarreglada y el arqueo de la espalda le dan un aire de viejo tendero. Los fados que suenan en los altavoces le evocan momentos de calma, como los que vivió antes de meterse en política. Son fados de Carlos do Carmo, aterciopelados y sugestivos. Es la única concesión que le han permitido.
Apenas ha cenado. En la oscuridad escucha las pisadas del funcionario de vigilancia interior realizando la ronda por el módulo; y los habituales ronquidos de Anatolio.
La imagen de aquella chica de Cascais —cuya mirada clara, sonrisa leonada y cabellos dorados— le cautivó y se le aparece repentinamente. La conoció en las calles de Alpedrete, y luego en la facultad, en su misma aula… Enseguida congeniaron. Pero ¿por qué surge ahora ese recuerdo? Su cintura angosta, las nalgas esplendorosas, como dos callaos de rosado granito, y…
¡Qué verano tan maravilloso! Tumbados en la cama, relajados después de frenesíes que asustaban a los gorriones de los aleros, charlaban durante horas y escuchaban fados. Fados lánguidos y evocadores que se deslizaban como bailarines por los tablaos salinos de la ribera. Y ellos dos, embelesados bajo la luna que peinaba el puente, a la vera de los traviesos duendes brincando en las olas…
“Canoa de vela erguida,
que vienes del muelle de la Ribera.
Gaviota que andas perdida
sin encontrar compañera…”
El tiempo pasaba veloz y ella se reía en la proa. Melancólicos fados los saludaban desde la orilla encantada, desde las tabernas sombrías donde los parroquianos venteaban la brisa igual que pachones desganados. El humo de los cigarrillos se arremolinaba indolente como una sonatina…
“El viento sopla en los bosques,
el sol parece una fresa,
y el Tajo baila con las olas
ensayando un fandango…”
Aún se acuerda de aquellos fados. Y de tantas otras cosas… Branca se los tradujo, aunque no era necesario. Se acuerda de eso; y de muchas cosas más. Aquel largo verano en Lisboa cogidos de la mano. Lisboa, menina e moça… Baixa, Belém, Chiado, Mouraria… O mosteiro dos xerónimos, símbolo del poder real y de la época de los descubrimientos. Y sobre todo Alfama, la cuna del fado. Y aquel hotelito tan limpio y asomado al océano de Praia do Albatroz, igual que la gaviota perdida del fado. ¿Cómo olvidarlo?
Pero, ¿por qué estos recuerdos ahora? ¿Qué sentido tienen? ¿Acaso el círculo se cierra? Cuando se despidieron no sabía que iba ser para siempre.
“Partir es extender los brazos
hacia los sueños que no se alcanzan…”
Pero él pudo quedarse y tratar de alcanzarlos. Ella, en cambio, se fue para no volver. Si no hubiera ido por aquella sinuosa carretera; si aquel tráiler no hubiera aparecido de repente; si hubiera salido a otra hora; si la lluvia intempestiva, si el viento desbocado…; si…; si… Era inútil buscar excusas, motivos coherentes. No había nada. El destino jugaba con el ser humano.
¿Qué hubiera pasado si hubieran tejido juntos las hebras de su destino? ¿Si los avatares hubieran simultaneado sus ritmos y vaivenes? Todo habría sido diferente. Pero los dioses jugaban de otra manera; con reglas inexplicables. Por fortuna, Ordoñita consiguió que se olvidara de su embrujador perfume ribereño. Así fue hasta esta noche; porque su recuerdo le envuelve como la bruma del estuario. Va y viene: nítida y difusa; dulce y esquiva. Y siempre estuosa, como bayas de mucílago al calor de la chimenea.
Que se duerma la noche,
que el alba no despierte;
que no decline el sueño
y que tus blancos senos
en mis brazos aniden.
Oh, dulce gavïota,
gaviota costanera.
¿Quién era el autor de aquellos versos que ahora recuerda? Nunca lo sabrá. Solo sabe que estaban escritos en la áspera y muscínea roca que ensombrecía las olas de la palpitante bahía.
(Continuará)








