Cuarta parte.
Por Roque del Pozo.
Vladimiro siente nostalgia de la capital portuguesa. Le gustaría regresar y perderse río abajo, desnudo bajo las estrellas del mar lisboeta y salir al océano; como Ulises en busca de la patria lejana y añorada. Dejarse engullir por el Atlántico y entregar sus delirios al olvido. Disgregarse como el rey Arturo y nutrir las verdes praderas de la esperanza. Disipar los momentos aciagos en memoria noble y duradera. Y posarse en los cielos impolutos abrazado a su alma mielga; a su Morgana costanera. Quizá le esté esperando en los almizcleños y sosegados jardines, bajo los purpúreos murmullos de las jacarandas. «Era tan bella, tan sutil… ¡Que las vientos me lleven hasta su delicada esencia y olvide lo que no pudo ser…»
—Nunca amamos a nadie: amamos, solo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos. Eso lo dijo Pessoa; pero tú ignoras quién fue ese escritor del país vecino que tanto añoras.
Vladimiro no lo sabe ni le importa. Y apenas repara en la voz intempestiva, insidiosa y punzante que le ha sobresaltado. ¿Por qué no le dejan vivir en calma? Su vida fue una guerra perdida. Combatió duro, sin darse tregua. Y no venció. Pero ahora, retirado del palenque, necesita sosiego para su espíritu.
Admite que quiso ser un héroe legendario, aclamado y venerado como el mesías de la hermandad de los pueblos, el apóstol de la educación y del lenguaje no exclusivo y razonable; el redentor de los oprimidos y empoderador de mujeres y niñas y el Triptólemo de la agricultura sostenible, y el sepulturero de los odiosos fasces. Y también, el creador de los espacios ecosostenibles y el zahorí del cambio climático; el panteonero de los detritus contaminantes y el muñidor de las ciudades incluyentes, seguras, resilientes y sostenibles. Y por si no fuera bastante, el promotor del crecimiento económico inclusivo y del empleo digno, y el modisto de los insondables constructos de la perspectiva de género.
¡Extenso y noble programa! Pero el pueblo no entendió su afán; no captó su mensaje de igualdad fraternal. Ni entendió la suerte de habitar algún día en un paraíso bajo cálidas nubes de sosiego. Él les abrió la mente, los iluminó y les advirtió de los peligros y consecuencias de las políticas retrógradas y totalitarias. Todo lo tergiversaron. Se cerraron, como se cerró el pueblo errante al Dios que lo sacó de Egipto, de la esclavitud.
—Al menos, lo intentaste —le susurran, de nuevo, con un hilo de voz; tal vez para aquietar el gorgoteante volcán que late insurgente.
—¿Quién eres? ¿Un perro?
—Soy tu conciencia.
—¿Desde cuándo hablan los perros? Me ofendes.
—La conciencia adopta formas según la mente y acciones del receptor. Y para ti me pareció conveniente ser un Jack Russell Terrier. Mi tarea es incomodarte y hurgar, sin descanso. Soy la pesadilla de tu fatuo jardín mental.
—Eres un cuadrupedante torbellino y no pienso dejarte entrar.
—Eso te define; pero es irrelevante, porque ya estoy dentro.
—Haré lo posible para que salgas, entonces.
—No podrás. En puridad, sí; porque la intención es lo que cuenta, lo que tú puedes controlar. Pero los hechos juegan aparte, en otra liga. Los comienzos están en tu mano, el resultado lo decide la fortuna; no depende de ti. Eso decía Séneca, ¿recuerdas? Te gustaba leer sus consejos. Pero eso fue hace mucho tiempo.
Sí, eso fue hace mucho tiempo. Ahora, afortunadamente, ya no le queda; tampoco apetencia. Vladimiro está convencido de que no supo elegir a los compañeros de viaje. Se rodeó de malas compañías, de pésimos asesores, de cobistas descarados. Una tropa de lameculos colisionando entre sí, como haces de endemoniados protones.
—¿Y quién te obligó a nombrar ministros incapaces? Los elegiste, perpetuaste y premiaste su incompetencia. Te alzaron sobre el pavés y te creíste un ser superior. Por no hablar de la multitud de asesores de pacotilla. Los ciudadanos tenían el bolsillo vacío y tú dilapidabas sin freno. Les robabas para perpetuar tus nefastas políticas. Fuiste títere de la vanidad. No solo has destrozado a tu partido, que ya es de sobresaliente cum laude, sino que has dividido y roto las esperanzas de un pueblo.
—¡Bah!, ya sabes que me hicieron daño. Me obnubilaron. Yo no soy responsable de nada, ¿me oyes? Me limité a seguir los postulados de George. ¿Conoces a George? ¿Sí? ¡Bah!, seguro que lo odias. Pero es un tipo genial, un visionario con ojo de halcón y corazón de elefante. Queríamos hacer el bien, cambiar el mundo, enmendar los desajustes, alcanzar la igualdad, acabar con las injusticias. Yo luché, sobre todo, para exonerar al ser humano de la lacra del pensamiento. Pensar es tedioso y lleva a la infidelidad. ¿Para qué condenarlos a sufrir? Con algunas personas que se sacrifiquen es suficiente. Y ahí estaba yo. Yo, inmolándome por el pueblo. Esa era mi misión en el mundo. Destrozar el yugo del pensamiento.
—Engañaste a la gente, abusaste del poder y pactaste con indeseables. Cambiaste las reglas del juego. Fuiste un ególatra embustero y pernicioso.
—¡Qué son esas bagatelas que me imputas si el fin es noble y magnánimo!
—¿El propósito justifica los medios, entonces?
—Siempre que beneficie a la mayoría. En la guerra y en la política es lícito sacrificar peones en provecho de un objetivo superior. Que mueran mil para que vivan diez mil no es cuestionable. Ha sido, es y será así. La política es el arte del engaño para imponer tus tesis. Reconozco que el destino no me ayudó. Sin embargo, el tiempo me exculpará. Yo seré inmortal, te lo aseguro. Seré un mártir venerado por los siglos de los siglos.
—Soñar no es lo peor; lo peor es despertar —le dice su conciencia perruna desde la oscilante hamaca.
—¡Cállate! Eres un puto fascista, una mosca cojonera.
—No mates al mensajero. Yo soy tu otro yo, el que te irrita. Te recuerdo que abriste las puertas al invasor, llenaste el país de inmigrantes y caraduras, y obligaste a tus conciudadanos a rascarse los bolsillos, afrontando unos gastos arbitrarios. Has roto todo lo que tejieron tus antepasados. Eres un traidor y lo sabes. Al húngaro le importan una mierda las entelequias que te metió en la cabeza. Él va a lo suyo. Fuiste un memo. En vez de ayudar a tu país, fuiste en su contra. La gente te odiará, como odia al conde don Julián.
—¡Qué sabrás tú de esas cosas!
—Despreciaste al parlamento, te burlaste con descaro. ¿Recuerdas aquella sesión en que subiste a la tribuna vestido de moro? ¡Tuviste valor! No sé cómo no te lapidaron. Djellaba de tweed, hecha a mano, y balghas de color azafranado. ¡Que Alá te maldiga! Hasta te cubriste en medio del discurso con el puntiagudo qob. No sé si por vergüenza, aunque tú careces de ella. Parecías el comendador de los creyentes o el embajador plenipotenciario del Magreb.
—Soy un ser camaleónico. Tuve que remar contra corriente, adaptarme para sobrevivir. ¡Qué poco me conoces!
—Y, en el receso del mediodía, pediste una bandeja de tarta hojaldrada, rellena de higaditos de pichón y cubierta de almendras tostadas.
—¿Qué sabes tú de almendras tostadas con azúcar, canela y azahar?
—¡Fuiste un caradura! Solo te faltó postrarte en el hemiciclo y hacer la oración ritual: Subhana Rabbiyal A’la.
—A punto estuve, es verdad, pero hubiera sido algo teatral. Y los socialistas amamos la sencillez.
—Nunca entendí cómo no se produjo una revolución o una desobediencia civil rechazando tus leyes inicuas, tus abusos. Ya sé que el pueblo es veleidoso, pero el ejemplo de Gandhi y Luther King debió estimularlo.
—¿Qué sabe el pueblo de eso? La gente quiere las cosas desmenuzadas, huir del esfuerzo. ¡Parece mentira!
—Por eso trataste de eliminar de la circulación el dinero fiduciario y tener a la gente esclavizada. Te cargaste los medios de comunicación que no te seguían el juego y fomentaste el caos llenando tu patria con parásitos nocivos.
—El mundo es un ente global, nadie es más que nadie.
—En teoría puede ser; pero la realidad es distinta. Te hinchaste de arrogancia y, si no derrocaste la monarquía, fue por error de cálculo. Tus predecesores —y estoy pensando en el ignorante y fanático escayolista que se decía discípulo de Lenin— llevaron la nación a la guerra civil. Podía extenderme y recordarte individuos nefastos como Durruti y Andrés Nin, pero no serviría de nada. Ellos ya tuvieron su merecido. Tú tendrás el tuyo. Nunca perdonasteis al caudillo que os puso en vuestro sitio. Le odias porque os venció, y no lo dejaste tranquilo hasta que perturbaste su descanso. En realidad, tú querías ser dictador como él, pero sin méritos. Eres un resentido, mentiroso y antidemocrático.
—Me hablas así porque he perdido el poder. En otro tiempo te hubiera fulminado. Ya sé que me faltó tiempo para terminar el nuevo edificio social. Sin embargo, supe allanar el camino. Otros vendrán y continuarán mi obra.
—Te equivocas: eres un embustero fatuo; un ser frío, sin empatía. Un tipo suertudo y sin escrúpulos. Hasta en eso te favoreció la fortuna. Pero la fortuna te ha dado la espalda. Finalmente, el pueblo abrió los ojos. Todo el mundo defiende su tribu, su territorio. Ahora, te espera un final de angustia y remordimiento. No podrás escapar de mí. Yo hablo bajo, pero mi voz se oye nítida en medio del trueno. Antes nunca me escuchaste, pero ahora te tengo a mi merced. No lo olvides. El resto de tu vida será un duro calvario, una larga tortura. No te dejaré dormir. Sabes que no tienes perdón porque tu maldad no conoció límites.
Aquellas palabras eran como balas envenenadas. Pero no podía escapar de ellas; el maldito Jack Russell daba en el clavo. En otro tiempo ni siquiera sabía que existía. Andaba tan ocupado que no tenía tiempo ni para rascarse. Pero la mirada —y sobre todo las palabras de aquel gozquecillo— le inquietaban. La venganza de los abusados aguardaba insidiosa e insomne en cualquier rincón.
Un inopinado ruido le despierta. Le parece oír voces que susurran entrecortadas, golpes, chirridos, gemidos y pasos que languidecen. Todo es muy confuso, pero enseguida se hace el silencio.
La lluvia golpea contra la penumbra del patio. El estallido, violento y monótono, le envuelve en un sopor incómodo y pegajoso. Y la celda le parece la antesala del patíbulo; una cueva lóbrega y austera.
(Continuará).








