Víctimas del Cambio Climático: el ocaso de las sabinas centenarias en El Hierro

Juan Manuel Martínez Carmona - Sabina de Tecorón.

Por Juan Manuel Martínez Carmona. (Biólogo).

Entre la vorágine de noticias que deparó el pasado mes de junio (mundial de fútbol, conflictos, catástrofes naturales…) pasó desapercibida la muerte de uno de los árboles más grandes (tronco de once metros de perímetro) y viejos (mil doscientos años) de Europa: el legendario roble de Nottinghamshire. Bosque popular, entre otros motivos, por haber acogido las andanzas del intrépido Robin Hood. El veterano roble sucumbió víctima del estrés fisiológico provocado por las recientes olas de calor y sequías en el Reino Unido. Pero no se trata de un hecho casual, durante los últimos años y en diferentes lugares del planeta los bosques y árboles centenarios padecen los efectos combinados del Cambio Climático y los incendios: California (el 17% de las gigantescas sequoias se han perdido desde 1984), Australia (los incendios de 2019 calcinaron varios de los mayores árboles del país), Argelia (ocaso de los cedros en El Atlas), Suiza y España (desecación de rodales de pino silvestre), etc.

También en Canarias, el impacto combinado de sequías, olas de calor e incendios ha ocasionado severos daños en nuestra naturaleza y agricultura. Entre otras secuelas, en lo que llevamos de siglo XXI el fuego arrasó con valiosos reductos forestales y árboles monumentales, tanto en Tenerife (pinos centenarios de Tágara y Santa Úrsula, cedros en La Fortaleza) como en Gran Canaria (pino de Pilancones). Prueba de que los pinos canarios, a pesar de su fortaleza, sufren con los incendios, en particular los grandes ejemplares que presentan cataduras (abiertas para extraer astillas de tea y resina) en la base del tronco, que queda desguarnecido del armazón defensivo proporcionado por la gruesa corteza. Idéntico quebranto aconteció en El Hierro, donde perdimos, durante devastadores incendios acaecidos en los últimos cuarenta años, varios de nuestros árboles emblemáticos: pino Ijanica, pino del Abra, pino Verde y pino del Guársamo.

Pero el impacto más relevante vinculado con el Cambio Climático del que somos testigos en El Hierro es el ocaso y muerte de las sabinas que viven a menor altitud en La Dehesa, Las Playas, Julan y El Pinar. Icono perfecto de este devastador fenómeno fue la agonía de la monumental “Sabina de Tecorón” (la más grande y una de las más viejas de la isla, con más de quinientos años de edad) hace apenas seis años, coincidiendo con episodios reiterados de sequías y altas temperaturas que secaron asimismo docenas de ejemplares, jóvenes y adultos, en toda esta ladera sur hasta la altura de El Cascajo (El Pinar). En otro enclave, alrededor del mirador de “Lomo Negro”, sobre El Verodal, yacen todavía en pie troncos marchitos de sabinas que vecinos de Sabinosa recuerdan vivas. Por debajo de la carretera, hacia Garañones, los despojos de las sabinas (algunas de grandes dimensiones) evocan que en su momento la arboleda llegaba hasta casi el borde del acantilado. En la actualidad, numerosas sabinas distribuidas por zonas bajas de la isla muestran síntomas de estar pasándolo mal. El primer aviso es un cambio en el color del follaje, adquiriendo tonos marrones cuando el árbol cierra sus estomas (los poros de las hojas) para ahorrar agua y, en consecuencia, reduce su capacidad de fotosíntesis. Luego llega la pérdida de hojas y si se agrava la situación, puede producirse la muerte por colapso fisiológico. Desenlace insólito para una especie durísima, curtida en afrontar sequías, calor, frío y suelos pobres. A diferencia de las frondosas, como el haya o el brezo, que rebrotan con las lluvias, las sabinas cuando sufren este proceso de decoloración y defoliación no generan nuevos brotes y están, por tanto, sentenciadas. Asistimos, con este ocaso de las sabinas, a otra evidencia de lo rápido y contundentes que pueden ser los efectos del Cambio Climático en la naturaleza.

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