Por Juan Jesús Ayala (Filósofo).
Estoy sentado en el borde del camino; el conductor cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo, no me gusta el lugar a donde voy.
¿Por qué será que miro con impaciencia el cambio de la rueda?”
Es parte de los poemas de Bertolt Brecht, que publicó en 1931, con los que se puede hacer un parangón con la desesperanza de no saber dónde se encuentran los brujos, a pesar de que sus sonidos se oyen en las puertas que tocan, que llegan al encuentro por caminos diferentes, y una vez que los tenemos delante, se conocen por sus ademanes, por sus apetencias destructivas y por las talegas vacías que llevan a sus espaldas con la pretensión de terminar de llenarlas con la miseria y las ruinas de los pueblos que han arrasado.
Los brujos no han cesado desde su concepción de tocarnos en la puerta para decirnos que queda pendiente la llegada del gran día, no como ahora, en que sí hemos cesado en la destrucción de pueblos, en sepultar niños y personas inocentes; solo esto se puede considerar un leve avance, como si fuera un aperitivo de lo que nos espera.
Esto no ha dejado de sonar en las puertas de los brujos. Nos encontramos con más de lo mismo: ¿después de la guerra, la paz?
Sí, pero una paz atiborrada de una inseguridad patente donde la esperanza nostálgica se refleja, una vez más, en los que nos ponemos al borde del camino mirando el cambio de rueda con una desconfianza ya dominante; por si hubiera suerte, puesto que el futuro no lo controlamos porque somos siervos de la tribu y el presente se nos escapa de las manos y aparece un nuevo estigma, como un pensamiento enmarcado en un destino imprevisto.
Los que han podido irse son heraldos de los viejos dioses ocultos que pretenden traducir en sus mojiretas esquizoides y en sus ademanes despóticos su poder ilimitado, haciéndonos al resto creer que somos víctimas de fuerzas sobrehumanas y sobrenaturales y, no como ellos, elegidos por Dios.
Cuando los brujos tocan a la puerta y salimos a recibirlos pensando que nos traen la buena nueva, lo primero que vemos es un ser sin rostro marcado por las arrugas del tiempo y de la tragedia, que no dice, que gesticula, que gime, que se escabulle, y si continuamos considerándolo nuestro mejor amigo, estaremos entonces en el inicio de la llegada al reino de Babia.
Y si el lenguaje que nos define como humanos se ausenta y el aullido se emparenta con la autodestrucción, donde la insignificancia de unos les hace creer que son poderosos, mientras otros que pretenden ser los amos del mundo se han quedado sin palabras, solo con rituales inconexos. En este momento, entonces sí que podemos tocar a retirada, que aunque la rueda del coche se esté arreglando, seguimos ignorando hacia dónde nos quieren dirigir.
Apareciendo el estrangulamiento del deseo, el adocenamiento y el desgaste de las ideas y el plagio de unos por otros. Así como la indignidad de cada cual que ofrece solo resabios, llegando la mayoría a opinar que no merece esfuerzo mental alguno elucubrar hacia dónde nos dirigimos, ni elaborar otras aventuras que no sean las de hoy para mañana.







