Por David Cabrera.
El protocolo de las llamadas Zonas de Aceleración de Renovables (ZAR) ya ha sido firmado en El Hierro. Y conviene decirlo claramente desde el principio: no estamos ante un simple trámite administrativo ni ante un acuerdo técnico sin consecuencias. Estamos ante una decisión política de enorme trascendencia territorial que puede marcar el futuro de la isla durante décadas.
Además, el acuerdo fue aprobado en el Consejo de Gobierno del Cabildo por unanimidad de todas las fuerzas políticas excepto de quien advertimos públicamente de las implicaciones territoriales y políticas de este proceso.
Y precisamente ahí está el verdadero debate.
Porque aquí no se discute si estamos a favor o en contra de las energías renovables. Ese argumento simplista solo sirve para intentar desacreditar cualquier crítica. El Hierro ha sido pionera en sostenibilidad mucho antes de que muchos descubrieran el discurso de la transición ecológica. Con Gorona del Viento, esta isla demostró al mundo que era posible avanzar hacia un modelo energético más limpio sin destruir el territorio.
Pero lo que hoy se plantea es otra cosa muy distinta.
Las ZAR nacen para acelerar la implantación de parques eólicos y fotovoltaicos mediante procedimientos simplificados y excepcionales. Y cuando las administraciones hablan de “acelerar”, normalmente lo que quieren decir es reducir obstáculos, minimizar controles y facilitar la entrada de proyectos privados sobre el territorio.
El problema es que esa aceleración empieza a entrar directamente en conflicto con el propio modelo territorial que El Hierro se dio a sí misma a través de su Plan Insular de Ordenación.
Porque el PIOH no existe por casualidad. El planeamiento insular fue creado precisamente para proteger una isla limitada, frágil y ambientalmente excepcional. Fue diseñado para evitar que el crecimiento desordenado, la presión económica o las decisiones externas acabaran transformando irreversiblemente el paisaje herreño vinculado al sector primario.
Sin embargo, las nuevas normativas vinculadas a las ZAR permiten flexibilizar limitaciones territoriales y urbanísticas que hasta ahora actuaban como mecanismos de protección.
Y entonces surge una pregunta incómoda pero inevitable:
¿De qué sirve el planeamiento insular si después puede imponerse desde fuera una planificación energética superior que vacía de contenido las decisiones tomadas por la propia isla?
Ese es el fondo del conflicto.
Porque aquí no solo está en juego un modelo energético. Está en juego quién decide sobre El Hierro.
Si lo harán los herreños y herreñas a través de sus instituciones y de su modelo territorial… o si acabarán decidiendo despachos alejados de la realidad insular, condicionados por intereses económicos y objetivos políticos ajenos a la sensibilidad territorial de esta isla.
Y hay que decirlo sin complejos: muchos herreños tienen la sensación de que se está abriendo la puerta a un nuevo modelo de colonialismo energético.
Un modelo donde las islas son vistas como espacios disponibles para producir energía, ocupar suelo rústico e instalar infraestructuras industriales en nombre de una transición ecológica diseñada desde arriba.
Pero El Hierro no es un solar vacío.
Nuestros paisajes no son simples coordenadas técnicas sobre un mapa. Las medianías, los llanos agrícolas, los pastos, las zonas rurales y los espacios abiertos forman parte de nuestra identidad colectiva. Son territorio vivido, trabajado y heredado generación tras generación.
Por eso preocupa tanto que el discurso de la sostenibilidad pueda terminar utilizándose para justificar procesos de ocupación territorial incompatibles con el propio modelo de isla que históricamente ha defendido El Hierro.
Porque proteger el territorio no es estar contra el progreso.
Al contrario.
La verdadera sostenibilidad consiste precisamente en compatibilizar transición energética y conservación territorial. Consiste en priorizar autoconsumo, cubiertas, zonas degradadas e integración paisajística antes de convertir espacios rurales en polígonos energéticos.
Y sobre todo consiste en respetar la voluntad de la población local.
Lo preocupante es que este debate apenas ha existido públicamente. Mientras se firman protocolos y se abren nuevas vías para grandes proyectos energéticos, gran parte de la ciudadanía desconoce todavía el alcance real de las ZAR y sus posibles consecuencias territoriales.
Y eso es profundamente preocupante en una isla donde el territorio es probablemente el recurso más valioso y más frágil que existe.
El Hierro no puede aceptar convertirse en un territorio de sacrificio en nombre de una transición energética mal planificada.
Porque cuando una isla pierde el control sobre su territorio, empieza también a perder su capacidad de decidir su futuro.
Y una isla que renuncia a defender su tierra acaba renunciando, poco a poco, a sí misma.
Luchemos juntos por la isla que queremos.







