Crónicas pretéritas: Recuerdos de la Nochebuena en los años de mi niñez

Donacio Cejas Padrón. GMº.

Por Donacio Cejas Padrón.

Al llegar estas fechas próximas a La Navidad, fiestas para el regocijo familiar, para el reencuentro con nuestros familiares, para las cenas en familia con hijos, padres y nietos alrededor de la mesa, me vienen a la memoria los recuerdos del bullicio que se originaba en nuestro Valle de El Golfo cuando se acercaban estas fechas, bullicio éste que giraba en torno a nuestra Iglesia de Candelaria y los párrocos del momento, quienes en buena sintonía con sus vecinos y fieles eran realmente, junto a los maestros y maestras los que programaban y ejecutaban los actos, cierto es que la vida ha cambiado, y que ahora esas mismas circunstancias lamentablemente ya no se dan en mi caso, las que primero se me grabaron fueron las de 1953 y 1954, la primera con el párroco D. Fidel Henríquez, y la segunda con D. José Segura.

Conservo fotos preciosas de los Portales de aquellos años, que, aun con las limitaciones del momento, todavía causan admiración. Desde semanas antes comenzaba haciendo plantaciones de trigo y otros cereales en pequeños recipientes que después adornaban y decoraban el portal. Los niños, siempre con nuestros párrocos, subíamos al camino de El Risco a recoger musgos y plantitas silvestres, como helechos, sanjoras, etc., y poco a poco se componían aquellas verdaderas obras de arte. Con muchas figuras, caminitos, incluso unos riachuelitos de agua corriendo que le daban un esplendor ilusionante para niños y mayores.

Las Misas de Luz, previas al día 24, y que se celebraban a las cinco de la mañana, congregaban bastantes fieles, incluso algunos bailarines como D. Lucas Fleytas y otros, casi siempre de Tigaday, acompañados por D. Benito y por D. Gregorio al pito y tambor; eran aquellas Misas de Luz como un adelanto de lo que sería la Nochebuena. En la Casa Parroquial se ensayaban por las noches con instrumentos de cuerdas los villancicos; entre los tocadores recuerdo a D. Luis Febles. Guillermo Febles, Lalo Casañas, mi padre, Mariano Cejas y Adolfo Betancor (un canario que llegó para quedarse, pues allí se casó con una elegante señorita Guina, hoy regentando los Apartamentos Frontera), y que desde La Casa Parroquial salían por los barrios del pueblo junto a jóvenes y mayores en alegre parranda, visitando a muchos vecinos, que gustosos se levantaban a brindarles algunas copitas de mistela vino y algunos dulces.

Llegado el día 24, recuerdo de manera muy especial el esforzado recorrido que hacía desde Merese hasta la iglesia Juanito El Herrero, que, impedido de poder caminar por una cruel enfermedad, venía arrastrándose por la carretera, ocupando en su viaje algunas horas para estar presente en la Nochebuena.

Desde las últimas horas de la tarde, la Plaza se llenaba de gentes venidas de todos los pagos del Valle, los de Las Puntas y Los Mocanes —gente siempre muy alegre— cantando isas, folías y malagueñas, y canciones mexicanas. Me acuerdo de D. Feliciano Pérez y su hermano Domingo, excelentes tocadores de guitarra, D. Mauro Mesa, D. Luis Febles, Porfidio, un joven de Las Puntas que emigró a La Argentina y que no he vuelto a ver más. La plaza se llenaba de ventorrillos donde se vendían naranjas del Pie del Risco, magdalenas, rosquetes, mantecados, carne de cabra y de carnero, vinos nuevos y los únicos licores conocidos, anís y coñac, y algunas otras chucherías; y churros de Bernarda y su esposo Eugenio, que eran nuestra delicia.

Después del acto central en la iglesia con El Nacimiento del Niño Jesús, a las doce de la noche, precedido de un tiro de escopeta, se abría el telón, apareciendo el Niño Jesús en el pesebre con sus padres, José y María, con el buey y la mula a su lado, y los bailarines que entraban con sus melodías tan sentidas para los herreños.

La vida, en mi peregrinar por ella, me ha privado desde 1959 de estar presente en esa fecha tan dueña de mis hermosos recuerdos junto a mi madre, siempre dejándolo para el siguiente año; vamos a ver si alguna vez se cumplen mis deseos. 

Con esta breve crónica, quiero rendir tributo en especial a nuestros mayores, y también a aquellos sacerdotes que estuvieron siempre muy identificados con sus vecinos y fieles, que se consideraban uno más de cada familia de nuestro pueblo, que estaban siempre acompañándolos en sus muertes de cochino y fiestas familiares, que lograron sin gran esfuerzo que los vecinos acudieran gozosos a prestar su trabajo voluntario para hacer el aljibe de la Casa Parroquial, subir bloques y materiales con sus bestias para construir el campanario, ayudando a poner el nuevo pavimento del Templo, las aceras que lo rodean, etc. Hoy, cuando observo con gran pena que nuestro joven y estimado párroco pide ayuda a sus vecinos para arreglar el salón parroquial, y no la obtiene, siento que algo se habrá hecho mal por alguien en fechas recientes para que esta realidad se muestre así. Mucho camino habrá que andar para recomponer lo que nunca debió romperse, el vínculo armonioso entre los vecinos, sus asociaciones y su parroquia, que los llevaban a estar siempre prestos a la colaboración con la misma, cada vez que su párroco lo requería. Hay instituciones que siempre han sido el referente de paz, cariño, comprensión y armonía, y no es fácil entender cómo ha podido convertirse en elemento represor y acusador a personas de bien.

Que Dios no permita pasar unas fiestas en familia, y que esos centenares de inmigrantes que han elegido nuestra pequeña isla para vivir se sientan acompañados por sus vecinos y conocidos, ya que su condición de emigrantes —como lo fuimos mi familia y yo en tierras lejanas— no les permite la compañía de sus seres más queridos. Dejando para el final el recuerdo emocionado para dos amigos queridos, de una misma familia que Dios se llevó recientemente, Mary Espinel y Luis Barrera; Dios los tendrá sin duda junto a su regazo.

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